El fotógrafo Julián Ochoa expone en el Torreón de Lozoya
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De Julián Ochoa se puede decir mucho, especialmente en relación con su labor docente y sus múltiples trabajos, todos de exquisita calidad y de largo recorrido, pero lo que destaca de él es su alma de aventurero, de fotógrafo apasionado, de buscador incansable de imágenes que nos cuentan algo más del mundo que habitamos y que compartimos con seres aparentemente distintos a nosotros. Pero la cámara de Ochoa los capta en esencia, en una esencia en la que todos los seres humanos nos reflejamos e identificamos, con independencia de la cultura o el hábitat que la vida nos haya asignado en su sorteo despiadado. Es la figura humana, presente en todas las imágenes, la que muta de dimensión y pasa de ser un elemento ínfimo pero esencial en el paisaje que le rodea, a ser protagonista absoluta de la escena. Una escena que va más allá del llamativo o anecdótico aspecto corpóreo, para identificarnos en sentimientos e historias que muestran la humanidad y la dignidad de los protagonistas. Cualidades que el instinto fotográfico de Ochoa ha sabido encontrar, capturar y reflejar.
Y eso es debido fundamentalmente a que Julián se plantea la fotografía, y también la vida, como una aventura, una apasionada aventura, que le lleva de cuando en vez a meter la cámara y los trastos en una mochila e irse a recorrer una parte del mundo, para luego regalarnos imágenes tan increíbles como estas. Pero la generosidad de Julián y su espíritu aventurero no terminan ahí; desde su pequeña sala, ‘La Polaroid’, en San Fernando, intenta ofrecernos, a todos cuantos sentimos esa misma pasión por la fotografía, un lugar de encuentro y de puesta en común de nuestros trabajos, con la generosidad del que da todo cuanto tiene por la fotografía.

