Castilla y León vuelve a latir en Villalar

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Cincuenta años después, la campa volvió a llenarse. Cerca de 20.000 personas caminaron hasta allí, entre el frío de la mañana y el calor de las horas centrales, como si el tiempo no hubiera pasado. Como si aquel espíritu de 1521 siguiera esperando, intacto, entre la tierra y las voces. Un encuentro que empezó ya el día anterior, con quienes quisieron llegar antes, ganar silencio, preparar el alma.

Villalar fue hoy mucho más que una celebración. Fue una forma de decir que hay historias que no se rinden. Que la lucha por los derechos, por las libertades y por la democracia sigue encontrando aquí su lugar. Que Castilla y León también es esto: una tierra que acoge, que recuerda y que se posiciona al lado de quienes más lo necesitan.

Las instituciones estuvieron presentes. El presidente en funciones de la Junta, Alfonso Fernández Mañueco, llegó acompañado por representantes autonómicos, en una jornada en la que reivindicó una fiesta “de todos”, celebrada en libertad y en cada rincón de la Comunidad. Mientras tanto, la cultura popular se abría paso como hilo conductor de la mañana, con la entrega de los primeros Premios de la Música Folk y Tradicional, un reconocimiento a quienes mantienen viva la raíz.

Pero el corazón de Villalar volvió a latir frente al monolito. Allí donde cada año se depositan flores y memoria. Allí donde nombres como Padilla, Bravo, Maldonado o María Pacheco dejan de ser historia para convertirse en presente. Precisamente ella, María Pacheco, volvió a ser reivindicada como símbolo de resistencia, mientras la música —con el sonido inconfundible de Nuevo Mester de Juglaría— elevaba un mensaje sencillo y profundo: paz en el mundo, unidad en esta tierra.

Después llegaron las palabras. Muchas, distintas, a veces enfrentadas. Partidos políticos, colectivos, sindicatos… todos encontraron su espacio para expresar lo que duele, lo que preocupa, lo que se sueña. Desde la defensa de la inmigración como esperanza hasta el rechazo a determinadas políticas, desde reivindicaciones laborales hasta demandas sociales o internacionales. Villalar, una vez más, como altavoz plural.

También estuvieron quienes, año tras año, sostienen este día desde lo colectivo. UGT y CCOO alzaron la voz para recordar que los derechos no son permanentes si no se defienden. Que siempre hay algo en juego.

Y en medio de todo, la vida. La música, la danza, el Canto de Esperanza sonando una y otra vez. Las colas para una paella compartida, el sol cayendo sobre la campa, la gente buscando sombra bajo una carpa que se quedó pequeña. Una escultura nueva que ya forma parte del paisaje. Y miles de historias cruzándose sin conocerse, pero sintiendo lo mismo.

Porque Villalar es eso. Un lugar donde la historia se convierte en presente. Donde cada gesto, cada palabra y cada silencio recuerdan que hay cosas que merecen seguir siendo defendidas.

Y que, cincuenta años después, siguen encontrando aquí su voz.

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