Las cenizas del olvido
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Los incendios tienen una extraña capacidad para monopolizar nuestra atención. Durante unos días no hablamos de otra cosa. Miramos con angustia las llamas, seguimos la dirección del viento, compartimos imágenes de montes ardiendo, agradecemos el trabajo de quienes luchan contra el fuego y nos estremecemos con cada evacuación. Después llega una lluvia, cambia el viento o los medios dejan de abrir con ese incendio. Y, casi sin darnos cuenta, seguimos con nuestra vida.
Pero el incendio no termina cuando desaparece de los informativos. Detrás quedan familias que han perdido su casa. Ganaderos que ven desaparecer en unas horas el trabajo de toda una vida. Empresas y naves reducidas a cenizas. Campos, bosques, animales y pueblos marcados para siempre. Quedan niños que tardarán años en olvidar el miedo de aquella noche y vecinos que jamás volverán a contemplar el paisaje que les acompañó desde la infancia.
Nos cuesta convivir con el dolor ajeno durante mucho tiempo. No es una cuestión de falta de sensibilidad; quizá sea un mecanismo para poder seguir adelante. Pero esa capacidad para pasar página tan deprisa tiene un efecto perverso: convierte las tragedias en episodios, cuando en realidad son historias que continúan durante años.
Todavía hay familias en La Palma reconstruyendo sus vidas tras la erupción del volcán. Aún existen personas que siguen intentando recuperar una cierta normalidad después de la DANA que arrasó pueblos enteros. Cuando las cámaras se marcharon, ellos siguieron allí. Porque la verdadera reconstrucción nunca ocupa titulares.
Con los incendios ocurre exactamente lo mismo. Hoy lloramos por los montes calcinados. Mañana hablaremos de otra cosa. Y dentro de unos meses apenas recordaremos los nombres de los pueblos que estos días pronunciamos con tristeza. Sin embargo, quienes viven allí seguirán levantándose cada mañana frente a un paisaje negro, esperando ayudas, resolviendo trámites, intentando salvar sus explotaciones o buscando la forma de empezar de nuevo.
Quizá la mayor lección que nos dejan los incendios sea que la solidaridad no puede durar lo mismo que un ciclo informativo. Y también que el fuego no se combate únicamente cuando ya ha prendido. Los incendios se apagan mucho antes de que aparezca la primera llama. Se apagan con una gestión inteligente del territorio. Cuidando nuestros montes durante todo el año, apoyando a quienes viven en los pueblos, recuperando pastos, favoreciendo la ganadería extensiva, limpiando masas forestales y entendiendo que un bosque abandonado es un bosque mucho más vulnerable.
Durante demasiado tiempo hemos pensado que la solución estaba únicamente en más medios de extinción. Son imprescindibles, por supuesto. Los profesionales que arriesgan su vida merecen todo nuestro reconocimiento. Pero ningún helicóptero puede sustituir una buena gestión del territorio. La mejor forma de apagar un incendio es evitar que llegue a producirse.
Porque, tristemente, si no cambiamos muchas cosas, llegará un día en que también nos acostumbremos a los incendios. Dejaremos de preguntarnos por qué ocurren para empezar a asumir que forman parte del verano. Y cuando una tragedia se convierte en costumbre, el fuego ya habrá ganado la batalla más importante de todas.
María Coco Hernando

