Salva: «La verdadera sabiduría la aprendí en la calle y en la música»

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Por Brian Lafora | Segovianos con nombre propio

Titiritero, ceramista, músico, Rey Gaspar,viajero incansable de la Ruta Quetzal durante23 años… A sus 83 años, Salvador LucioCuesta repasa una vida dedicada a la alegría.Y nos descubre el secreto mejor guardado deSegovia.

Segovia es una ciudad que se cuenta en piedra y silencio. Pero, de repente, la ciudad rompe su solemnidad. Escuchas una dulzaina. Una risa contagiosa. Alguien que silba ópera mientras dobla la esquina. Ese es Salva. La anomalía feliz que, con una sola frase, nos devuelve la fe en el mundo.
Salvador Lucio Cuesta no es solo un vecino del barrio de San Andrés. Es patrimonio vivo. Deberíamos declararle, por consenso, Bien de Interés Humano.
Hoy nos ha abierto la puerta de su casa. Cruzar el umbral es saltar hacia otro planeta: un museo de emociones donde cada pared respira historia, cada fotografía abraza una amistad lejana y cada instrumento guarda el compás de un viaje que dio la vuelta al mundo.

«No sé ser de otra manera»
Salva nos recibe en su salón. Cuadros, objetos, recuerdos. Se emociona al contar cada pieza.
«A veces me siento en el sillón, miro a la pared y empiezo a revivir… y me siento tan afortunado. Este es de Daniel Zuloaga, que me lo regaló. Este otro me lo traje de México. Aquel me lo regalaron unos amigos rusos, ese de unos búlgaros, ese es un regalo de Moro…»
Pregunta. Siempre has llevado el nombre de Segovia allá donde has ido. ¿Te consideras un embajador?
Respuesta. No, porque nunca me lo he propuesto. Yo no he hecho nada especial. No es que yo haya llevado a Segovia; es que yo no sé ser de otra manera. Nunca he querido abanderar nada. Solo he querido compartir lo que soy.

El almacén de frutas, la herencia valenciana y la alegría
Salva es el pequeño de ocho hermanos. De los ocho, solo quedan tres. Su padre era valenciano, músico, romántico. Puso un almacén de frutas en Segovia y traía las naranjas de su tierra.
«Mi padre era un tío encantador. De él heredé la alegría y las ganas de comunicarme. Mi madre me enseñó la generosidad. Con las mujeres que no tenían posibilidades, la echaba más larga o les regalaba las naranjas. Eso se me ha quedado dentro. Son genes.»
Un día, en la Ruta Quetzal, navegando cerca de Valencia, Salva comentó: «Mi padre valenciano». Miguel de la Quadra-Salcedo le respondió:
«De ahí viene la cultura, la pólvora, la escritura de Oriente. Valencia es una ventana a Oriente. Mientras aquí en Castilla nos pegábamos con palos, allí estaba la esencia de la civilización.»

El patio mágico: donde el mundo se daba cita
Salva nos lleva al balcón y señala hacia abajo. Un patio.
«Ese patio es mi rincón especial. Cuando era titiritero con Julio Míchel, venía gente de todo el mundo. Allí se han hecho fiestas, se ha tomado vino con gente muy importante. Una vez vinieron unos iraníes, cantaron allí con un arte fascinante. Luego nos invitaron a Irán. Fue extraordinario. También vinieron rusos, que después nos llevaron a un pueblo pesquero en el norte de Rusia al que apenas llega nadie.»
Por eso su consejo es firme:
«Hágase músico. La música es una limpieza de alma. Te comunicas, te abre a los demás y es lo más enriquecedor para los afectos.»

23 años de sueño: la Ruta Quetzal
Salva estuvo 23 años con Miguel de la Quadra-Salcedo. Empezó en 1993.
«El primer viaje fue impresionante: salir de Galicia con Antonio Gala, conociendo a Antonio Burgos, los profesores de los Reyes… yo flotaba en una nube. Visitamos toda Sudamérica. Éramos los animadores musicales. Donde íbamos, sonaban las dulzainas y los títeres. Las caras de los abuelos que iban con los nietos se quedaban más alucinadas que ellos.»
Anécdota del pregón. Miguel le decía: «Salva, échame un pregón al alcalde». Y Salva soltaba:
«Por orden del señor alcalde se hace saber que queda terminantemente prohibido cortar las hierbas del prado, que son para el burro del señor alcalde.»
Las caras que pusieron… pero luego se rieron.
Chichicastenango (Guatemala). Angelines, su mujer, interviene: «A mí me sobrecogió lo de Chichicastenango». Salva añade, con los ojos brillantes:
«Las procesiones, el misticismo católico mezclado con la cosmovisión maya. Todo olía a incienso, y los santos estaban negros, completamente negros, de la cantidad de humo y velas que habían quemado. La gente les metía billetes a los santos y bebían hasta perderse como parte del ritual. Veías a los hombres tumbados en las acequias, completamente borrachos, y a las mujeres sentadas en el suelo, esperando pacientemente a que se les pasara la borrachera para poder llevarlos a casa. Era impactante. Luego hacíamos intercambio cultural, risas, zarzuela…»
Paraguay y el guaraní. Salva se aprendió canciones del Trío de los Paraguayos, incluso alguna en guaraní. Y cantaba:
«En nuestra tierra, suelo de encanto, cuánta belleza… por el canto de toda la sal, Paraguay…»
La gente se asombraba. Era su «efecto sorpresa».
Venezuela. Salva recuerda con especial cariño el día que llegaron a Caracas. El alcalde, que años antes había estado en Segovia, salió a recibirles con una calidez inesperada. «Cuando me vio, se quedó de piedra. Me había dejado una tarjeta años atrás, y allí estábamos, como si el mundo fuera un pañuelo. Nos abrió las puertas de par en par.»
Los mapuches (Chile). Miguel de la Quadra tenía un gesto hermoso: vaciaba los primeros bancos de las iglesias para sentar a los labriegos de manos curtidas y a los indígenas, a los que consideraba los verdaderos dueños de esa tierra. Un día, Miguel comentó con admiración: «Mirad cómo estos mapuches nos daban guerra a los españoles». Y uno de los caciques, con una sonrisa cómplice, respondió: «Sí, nos habéis molestado, pero nosotros también os dimos guerra». Y se rieron juntos.
«Esa complicidad era hermosa. Después de todo, lo que sobrevivía era una sensación profunda de hermandad.»

Rey Gaspar, el concurso de bota y el primer premio de la radio
Salva ha sido Rey Gaspar durante muchos años.
«Una señora se me acercó por la calle y me dijo: “Te pedí un piso en voz baja cuando estabas en la cabalgata, no me oíste, pero nos lo han dado”.»
Y otra anécdota: una niña muy pequeña le echó una bronca porque le trajeron unos pendientes en lugar del collar que había pedido. Salva la tranquilizó: «Esto lo arreglamos entre tu padre y yo, no te preocupes».
También recuerda con cariño a la hija de Julio Míchel: se acercó a pedirle algo a Gaspar, y la niña no lo reconoció en absoluto. Julio se preocupó de que descubriera el pastel, pero no. Salva se tomaba el papel muy en serio.
El mejor bebedor de bota. El mismo día que nació su hijo, Salva ganó un concurso en Ladreda 25. Un grupo de vascos le dijo: «Tú no eres de aquí, ¿verdad?». Y ganó.
«Me enseñaron en Casa Siro. Lo echas en la boca, sube por la nariz hasta la frente y baja. Ahora con el pulso igual me lo echo en el ojo…»
El primer premio como cantante. Lo llamaron de Radio Segovia al teléfono del señor Mansino (el único vecino con teléfono). Cantó «Cerca de aquí, me la encontré…». Le dieron un tubito de dentífrico en miniatura. No llegaba al mostrador cuando fue a recogerlo.
«Me lo guardé en el bolsillo por vergüenza. Ese fue mi primer gran recuerdo como cantante.»

El secreto de la alegría (a sus 83 años)
Pregunta. ¿Cómo se mantiene esa energía?
Respuesta. Analizarte cada día. Ser honesto con lo que haces mal y puedes mejorar. Respetuoso. Caritativo aunque sea con alegrías…
«Ahora nos vemos en el ambulatorio y en la puerta de las farmacias, recordando las discotecas de antes: Ladreda 25, el Florida… Y seguimos con la misma gracia.»
Y un chiste: «Te levantas, te miras al espejo y dices: “Buenos días, perdone, es que me he equivocado de sitio”».
«No añoro el dinero. Lo que tengo es vida: mis hijos, cuatro nietos, estar en paz conmigo mismo. Al final, no somos lo que tenemos, somos el rastro de alegría que dejamos en los demás. Si alguien sonríe al recordarte, eso es. Eso es.»

Si encontrara al Salva de 18 años…
«Le diría: cuídate la salud, que de joven bebía más de lo que debía. Y que no le tenga miedo a nada. Que aprenda, que viaje, que no haga daño a nadie. Y que disfrute de los primeros bikinis…»
(Se ríe.)
«Las primeras francesas que llegaban… y tengo de esos días una foto en la que estaba en la playa de Las Arenas con un turbante en la cabeza, como un moromuza. Nos hipnotizaban.»

Angelines, el autostop y la funeraria
Salva y Angelines llevan 55 años casados (más cuatro de noviazgo: 59). Se conocieron en la boda de su hermana Maruchi.
«Ella vino con su hermano. Yo creía que eran novios. “Vaya chica más guapa”, dije. Pero no. Me acerqué con unos bollitos y una copa de vino dulce. Su prima me dijo: “Salva, habla con los padres”. Fui. Su padre me leyó la cartilla… y ella me dijo: “Sí quiero, te espero con el anillo en el altar”.»
Iba a verla a Madrid haciendo autostop. Una vez viajó de ayudante en una funeraria.
«Me dijeron: “¿Quieres venir a Madrid?” “Sí, hombre”. Iba detrás lleno de ataúdes vacíos. La gente creía que llevábamos muertos. Yo no ponía cara de circunstancia. Amenizaba el viaje.»
(Salva brinda con un verso que, dice, aplauden mucho las mujeres.)
«El vino puede sacar cosas que el hombre se calla… pero qué bueno es el vino y el agua cuando se bebe con gente que está limpia por dentro y tiene brillando el alma.»

La muerte, el cementerio y la eutanasia
Salva jugaba de niño en los jardines del cementerio. Su casa pegaba allí.
«Veía las tumbas, la gente llorando, la campana sonando tan, tan, tan… Los chicos nos sentábamos en la capilla a verlo. Un hombre se abrazaba a su mujer con desesperación. Allí decidí que de mayor no le tendría miedo. No le tengo. La muerte será una bendición. Incluso me apunté a lo de la eutanasia.»

Los diez mandamientos del bebedor (versión resumida)
Para cerrar, Salva recita su brindis más famoso:
«Primero: amar al buen vino. Segundo: jurar beberlo en verano y en invierno. Tercero: santificar las puertas del tabernero… Y estos diez mandamientos se resumen en dos: querernos como hermanos y dar la bienvenida a la gente. ¡Salud!»

Epílogo: un paseo con Dalí, Michael Collins y una soprano
Después de la entrevista, paseamos desde su casa hasta la Plaza Mayor. Salva saludaba a todo el mundo. Unos turistas confundieron la Catedral con San Miguel. Él les corrigió: «No, San Miguel es aquella, donde coronaron a Isabel la Católica».
Nos sentamos en La Concha a tomar un zumo de naranja. Angelines recordó su tienda, 46 años a los pies del Acueducto. Allí pasaron Dalí y Gala (ella con un visón blanco). También Michael Collins, el astronauta del Apolo 11.
Y una tarde, mientras sonaba música clásica en el tocadiscos, entró una soprano. Se puso a cantar. Al terminar, le dijo a Salva:
«El que pone esta música no puede ser mala persona.»
Salva sonrió, miró a Angelines, y soltó casi sin querer:
«Mi madre tuvo 12 hijos. Los cuatro primeros se le murieron. Cuando nací yo, que era el octavo, me llamaron Salvador en agradecimiento al barrio del Salvador, y a nuestro Salvador por haberle dado salud para traer a los ocho. Siempre llevo mi barrio conmigo. No puedo evitarlo.»

Si alguna vez caminan por Segovia y oyen una dulzaina o ven a un hombre de barba blanca que silba ópera, no pasen de largo. Inclínense ante la alegría hecha persona.

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