Madrid: El pueblo más grande de la provincia de Segovia

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Por Brian Lafora.

«No te engañes, hijo». Cada vez que mi abuela escuchaba que me iba a Madrid, se le cambiaba el gesto. Miraba hacia la Sierra de Guadarrama como quien mira a la Meca para rezar, con esa sabiduría rotunda que solo tienen las abuelas castellanas. «Qué Madrid ni qué niño muerto. Madrid es, ha sido y será el pueblo más grande de la provincia de Segovia».

Esa frase siempre me arrancaba una sonrisa incrédula. Pero, ¿qué hay de cierto en esa sentencia que todos hemos oído alguna vez a abuelos, tíos o al típico personaje de barra de bar fanfarroneando de lo nuestro? ¿Es una afirmación fruto de un chovinismo ignorante o encierra una verdad histórica que el tiempo ha emborronado?

Hoy, ese dicho sigue resonando entre los soportales de la Plaza Mayor y en los corrillos de los pueblos serranos. En Segoviaudaz lo hemos investigado. Y la respuesta, como casi siempre, está en los libros de historia.

La herencia que el mapa nos arrebató
Para entender por qué los segovianos sentimos a Madrid como algo propio, hay que viajar al siglo XI. Tras la Reconquista, Segovia no era solo una ciudad; era la cabeza de la Comunidad de Ciudad y Tierra, una institución política y económica que se extendía a ambos lados de la Sierra de Guadarrama. Durante más de 700 años, la influencia segoviana llegó hasta las puertas del Tajo.

La sierra no era una frontera. Era el corazón de su dominio. Los segovianos de entonces veían el Guadarrama como su «patio trasero», su principal fuente de recursos: madera, piedra y pastos frescos para el ganado. La organización se dividía en grandes divisiones administrativas llamadas sexmos. Segovia llegó a tener doce sexmos, de los que cuatro estaban en el actual territorio de la Comunidad de Madrid: Valdemoro, Casarrubios, Lozoya y Manzanares.

Pueblos que hoy son el pulmón de Madrid, como Rascafría, Guadarrama, Manzanares el Real o Navalcarnero, fueron fundados, poblados y administrados por segovianos. Y no hablemos de Chinchón, considerado hoy uno de los pueblos más bonitos de Madrid. Durante siglos fue una aldea segoviana dentro del sexmo de Valdemoro, sujeta al fuero segoviano, enviando procuradores a las juntas comunales y contribuyendo con tributos a la ciudad. O de La Acebeda, un pueblo de apenas 60 habitantes que perteneció a la provincia segoviana hasta 1833.

Durante más de quinientos años, el Concejo de Segovia pleiteó con el de Madrid por cada pasto y cada pino del Guadarrama. Fue una lucha legal, política y a veces física, conocida como el Pleito de los Quiñones. Madrid, «asfixiada» en su crecimiento, quería expandir su jurisdicción hacia el norte para obtener recursos, mientras que Segovia se negaba a perder sus derechos históricos.

El hachazo de 1833: Cuando Javier de Burgos nos robó el mapa

El golpe definitivo a la «Gran Segovia» ocurrió en 1833. El 30 de noviembre de ese año, Javier de Burgos, ministro de Fomento, trazó las fronteras provinciales con la frialdad de un tiralíneas. En su reforma administrativa, desgajó a Segovia de sus sexmos más fértiles para engrosar la pujante provincia de la capital.

Pueblos como Chinchón, La Acebeda, Valdemoro o Rascafría pasaron oficialmente a formar parte de la recién creada provincia de Madrid. La antigua relación con Segovia quedó relegada a los archivos y a la memoria popular.

«Nos quitaron el papel, pero no la sangre», dicen los mayores. Por eso, cuando un madrileño dice que va a ‘su’ sierra, al segoviano le hierve la sangre. Madrid no solo no tiene sierra, sino que encima nos la quitaron. Y la de la vertiente segoviana, nos la están colonizando… Nuestros abuelos sonreían con amargura cada vez que oían el nombre de esos pueblos que sentían como suyos: Cercedilla, Navacerrada, Rascafría, Buitrago de Lozoya…

Navalcarnero: La joya de la corona que fundamos y perdimos

Uno de los casos más paradigmáticos es el de Navalcarnero. ¿Sabías que este municipio, hoy bastión del sur de Madrid, fue fundado por Segovia? El 10 de octubre de 1499, la Villa de Segovia fundó oficialmente Navalcarnero con unos 24 habitantes procedentes de Perales de Milla. Durante más de un siglo, hasta 1627, Navalcarnero estuvo bajo la jurisdicción segoviana. Su mismo nombre y su historia están impregnados de nuestra esencia, y su plaza mayor aún se llama Plaza de Segovia.

Pero en 1627, y definitivamente en 1833, pasó a ser madrileño. Hoy es uno de los municipios con más población de la Comunidad de Madrid. Cada vez que un navalcarnereño pasea por su plaza, está pisando, sin saberlo, un pedazo de historia segoviana.

El ritual del fin de semana: Cuando Segovia se convierte en el barrio 22 de Madrid
Hoy, esa rivalidad histórica se traduce en una coreografía semanal de gasóleo y manteles de cuadros. Cada viernes, la A-6 se convierte en una vena abierta que bombea miles de madrileños hacia el norte. Cuando llega San Isidro, Segovia se convierte en el barrio 22 de Madrid.

Es entonces cuando ocurre el fenómeno que todo hostelero local conoce pero pocos se atreven a explicar en voz alta: el síndrome del menú desaparecido. En cuanto asoman las primeras matrículas de la capital (aunque ya no lleven la ‘M’), los carteles de «Menú del Día» de 14 euros se guardan en la trastienda. Aparecen los «Menús Especiales» de 35 euros, los platos de cochinillo suben de precio como si el cerdo hubiera sido criado en la Castellana y los restaurantes se llenan de voces altas, prisas que no encajan con nuestro ritmo, coches por todos los lados y esa costumbre madrileña de ocuparlo todo, de dar por hecho que el mundo les pertenece cuando quieren darse una «escapadita».

El cariño inconfesable: El sobrino de la capital

Pero aquí reside la magia y la contradicción de esta tierra. En Segovia criticamos la «invasión», nos quejamos de que no hay quien aparque y suspiramos cuando vemos los precios inflados. Pero, acto seguido, bajamos la voz y cambiamos el tono. Porque en casi cada casa de Segovia hay un «pero»:

«Sí, los madrileños son unos pesados… pero mi hijo trabaja en una consultora en Chamberí». «No se puede andar por la calle… pero mi sobrina está estudiando en la Complutense».

Esa es la gran verdad. Madrid es el refugio de nuestra juventud, el lugar donde nuestros hijos han tenido que ir a buscarse el pan que la Castilla vaciada no siempre puede ofrecer. Y por eso, cuando vemos a ese turista madrileño despistado, le servimos el asado con el máximo cuidado. No solo por el dinero, sino por ese pacto tácito de reciprocidad: tratamos bien a los suyos aquí, esperando que, en algún rincón de la gran ciudad, alguien esté tratando igual de bien a los nuestros.

Conclusión: Un destino compartido

Madrid y Segovia son como dos hermanos que se pelearon por la herencia de los padres pero que no pueden dejar de llamarse por teléfono. Madrid aporta el bullicio, el dinero y la oportunidad; Segovia aporta la calma, la identidad y el sabor.

Mi abuela tenía razón. Madrid es el pueblo más grande de la provincia de Segovia porque está lleno de almas segovianas que añoran el aire de la sierra mientras caminan por la Gran Vía. Porque pueblos como Navalcarnero, Chinchón o La Acebeda llevan nuestra sangre en sus piedras. Porque la sierra que ellos llaman ‘suya’ fue nuestra durante siete siglos.

Somos dos caras de una misma moneda castellana, condenados a entendernos entre el olor a cochinillo y el ruido de la ciudad, sabiendo que, al final del día, nadie parte de aquí hasta que estemos todos… incluso los que vienen de Madrid.

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