Tras recorrer casi 400 kilómetros en Castilla y León y atravesar la fértil comarca de El Bierzo, el Camino de Santiago se despide de la Comunidad con la dura ascensión al monte Cebreiro, puerta de entrada a Galicia y precursor de lo que los peregrinos se van a encontrar en los últimos 150 kilómetros de trayecto hasta la tumba del Apóstol.

En poco más de ocho kilómetros, los caminantes deben afrontar una exigente subida de 600 metros que arranca en el barrio de Hospital, en Las Herrerías (León). El esfuerzo se ve ampliamente recompensado ya que la marcha permite disfrutar de espectaculares paisajes que desembocan en uno de los lugares más bellos y mágicos de la ruta jacobea, el pueblo lucense de O Cebreiro, que con sus pallozas y sus calles empedradas parece haberse detenido en el tiempo.

La mayoría de los peregrinos sabe que el trayecto de Villafranca del Bierzo hasta el comienzo de Galicia es una de las etapas más duras de todo el itinerario, por lo que es habitual ver a grupos de caminantes descansando en los últimos pueblos antes de comenzar la ascensión, comiendo y bebiendo, preparándose para poner sus piernas a prueba.

Algunos incluso deciden hacer noche en alguna localidad después de Villafranca para acortar el trayecto que separa el municipio berciano del Cebreiro, como un grupo de sevillanos que hace unos días había dormido en el albergue de Pereje para “adelantar camino” por “miedo” a que los treinta kilómetros se les hicieran demasiado “pesados”. “La subida es dura pero muy agradable, sobre todo al principio, luego hay menos árboles, y el paisaje desde arriba es espectacular”, explicaba por su parte la barcelonesa Eva Sastre, a punto de comenzar su segundo ascenso al famoso monte.

A la altura de La Portela de Valcarce, el trazado jacobeo empieza a empinarse ligeramente, una tendencia que continúa mientras se atraviesan los cascos urbanos de Ambasmestas, Vega de Valcarce y Ruitelán, muy cercanos entre sí y unidos por una tranquila carretera comarcal, flanqueada por una tupida red de árboles que apenas deja pasar los rayos del sol.

A continuación, el pequeño y alargado pueblo de Las Herrerías invita a disfrutar de un agradable paseo justo antes de emprender el verdadero ascenso. Nada más salir del casco urbano se atraviesa un pequeño puente de madera y de repente el Camino gira bruscamente a la izquierda, lo que da el pistoletazo de salida a las primeras rampas con un marcado desnivel, que discurren sobre asfalto, donde los peregrinos deben compartir carretera con los escasos coches que circulan por la zona.

La dificultad del terreno hace que, poco a poco, los grupos de caminantes comiencen a disolverse mientras cada uno busca su propio ritmo para la subida, en la que los bastones se hacen imprescindibles. En el caso de los ciclistas, muchos acaban bajándose de su bicicleta para realizar esta parte a pie, incapaces de soportar la dureza de la ascensión.

A La Faba por una calzada romana

Tras este primer esfuerzo importante, los peregrinos se pueden tomar un pequeño respiro cuando la ruta abandona la carretera para continuar por una estrecha senda de tierra, rodeada de árboles y prácticamente llana en su inicio. Pero se trata sólo de un paréntesis porque unos cientos de metros después otro giro a la izquierda da paso a un repecho muy pronunciado, quizás el más duro de todo el ascenso al Cebreiro aunque no es excesivamente largo.

Las grandes losas de piedra del firme reflejan que hace dos mil años por ese mismo lugar discurría una calzada romana, que en la actualidad está rodeada por una exuberante vegetación y en la que sólo se oyen los sonidos de la naturaleza, los pájaros, los insectos y el agua que corre en pequeños regatos. Una zona que no es transitable para los ciclistas, que deben dar un gran rodeo para llegar a Galicia por carreteras comarcales.

Superado este tramo, la localidad de La Faba aparece como un lugar salvador ya que, pese a contar sólo con una treintena de habitantes, dispone de bar, tienda, albergue parroquial y un refugio vegetariano, aunque la mayoría de estos establecimientos están cerrados durante el invierno. Eso sí, el pueblo está ubicado en plena pendiente, por lo que la mayoría de sus calles son empinadas cuestas.

“La subida al Cebreiro tiene muy mala fama y no es así, es lo más bonito del Camino”, defienden con orgullo sus vecinos, quienes reclaman además que se mejore la señalización de la ruta porque aseguran que muchos peregrinos se confunden y van por la carretera, lo que alarga notablemente la etapa.

La internacionalización del itinerario jacobeo se muestra con claridad en La Faba ya que el albergue parroquial está gestionado por la asociación alemana Ultreia, que rehabilitó en 2002 la antigua casa rectoral situada junto a la iglesia y que se encarga de traer hospitaleros voluntarios del país germano, de donde también es oriundo Marcel, el dueño del refugio vegetariano.

Por su parte, al frente tanto del bar como de la tienda se encuentran sendas familias de la localidad, que tienen muy claro lo mucho que aporta el Camino de Santiago a los pequeños pueblos por los que atraviesa. “Es lo que nos da vida”, aseguran.

 

El último esfuerzo

Desde La Faba restan menos de cinco kilómetros para culminar la ascensión, en los que los árboles prácticamente desaparecen para dar paso a un paisaje típicamente montañoso. Los efectos del calor hacen mella en los peregrinos ante la ausencia de sombras pero, a cambio, pueden disfrutar de unas magníficas vistas ya que lo único que se ve desde la senda jacobea son las cumbres cercanas, cubiertas con mantos verdes.

La única interrupción en este último trecho es la pequeña localidad de La Laguna, que también cuenta con un albergue y un bar que ofrece desayunos y cenas. Poco después de salir de ella por una vía asfaltada, el caminante retoma la solitaria y empinada vereda que le acerca primero al monolito de piedra que marca la entrada en Galicia y, unos cientos de metros más allá, al mítico O Cebreiro.

“No es tan duro, nos habían asustado pero se sube bien”, aseguraban hace unos días unos peregrinos vascos que estaban a punto de llegar a la primera localidad lucense de la ruta jacobea, una opinión compartida por la mayoría de los caminantes. “Psicológicamente, son más duros los largos campos de Castilla que las subidas y bajadas de montañas”, concluía por su parte el canario José Bernardo.