Hasta el masoquismo tiene sus límites (o sus palabras de seguridad) y a uno no le hace mucha gracia formar parte de un grupo de amigos en que le tiren todo el día de las orejas. Por eso, la decisión del ministro de Industria, Miguel Sebastián, de abandonar Greenpeace por darle palos por los pasos que da, sobre todo hacia el abrazo nuclear, no nos sorprendería como incrédulos lectores.

No obstante, dando un par de segundos más a la gimnasia neuronal, la reacción de todo un ministro de España de 52 años se parece más a una rabieta de niño pequeño. O ni eso, porque seguro que ninguno abandonamos nuestro grupo de amigos cuando se reían de nuestras deportivas. ¿Qué esperaba Sebastián que hiciese Greenpeace? Si gran parte de la ciudadanía no apoya la decisión de prolongar la vida de Garoña, aún menos lo hará la madre de todas las organizaciones ecologistas. ¿Es que el ministro no es capaz de tolera un debate de ideas con aquellos que se oponen a sus propuestas? ¿Ha saltado el pensamiento único de las gradas de estadios y barras de bar a los ministerios? Bueno, la verdad es que incluso en los campos de fútbol se permiten disidencias discutiendo las alineaciones.

En fin, que el bueno del ministro llamó como ciudadano raso (ver Links) para darse de baja por estar en desacuerdo con la estrategia de descalificación permanente de la ONG con el Ministerio de Industria. Hubiera sido más honesto por su parte decir que “llevo muy mal las críticas”, porque las descalificaciones tenían el calibre de decir que el ministro defiende “una energía sucia y contaminante”.

Como puede que haya abierto un camino que igual otros deberíamos seguir, yo ya me he dado de baja de la revista Glamour por haber criticado la ropa de todo un gentleman como yo.