Es evidente que Alex de la Iglesia tiene obsesión por los payasos. Después de instaurar la curiosa “moda payaso” en Crimen Ferpecto y de escribir la novela Payasos en la lavadora en 1997, el director de la Academia de cine vuelve a convertirlos en protagonistas en Balada Triste de Trompeta. El trabajo con el que ganó en Venecia está lleno de gratas sorpresas para los amantes de su cine grotesco, pero también hay alguna que otra decepción.

Comienza la película con una impresionante secuencia de títulos de crédito. Impactantes fotografías de la España de posguerra al ritmo de una saeta y con los nombres de los protagonistas incrustados en instantáneas de Franco, Masiel o Hitler. El espectador ya está atrapado. Es unos de los mejores comienzos que he visto últimamente y digno de resaltar porque refleja muy bien lo que va a venir a continuación.

La premisa de la historia es simple. Dos payasos de circo enamorados de la misma trapecista. Un payaso tonto y bonachón (aunque lleno de venganza) que ansía conseguir a la chica como sea, y un payaso chulo y déspota que no soportaría renunciar a lo que le pertenece. Pero a De la Iglesia no le interesa profundizar en el qué sino en el cómo. Lo que quiere es llevar a los personajes al extremo para disfrutar de lo excéntrico de las situaciones. Y para disfrutar de ellas hay que dejarse llevar e introducirse en el universo estético del director. Entrar en el mundo exagerado, exacerbado, extremo, retorcido y cruel. Ahí está el verdadero éxito de la película.

La imagen lo domina todo. Lo dice todo. Ver a dos payasos con una metralleta jugándose la vida en plena guerra Civil, no tiene precio. Ver a Antonio de la Torre convertido en el Joker, colgado de cruz de El Valle de los Caídos, tampoco. SPOILER- A Álex le gustan las alturas. Ya lo demostró en El día de la Bestia (hasta el momento, para mí, su mejor trabajo) o La Comunidad. Llevar a los personajes hasta lo más alto para ver cómo caen precipitadamente al vacío. FIN SPOILER.

El principal problema de la cinta para mí está en el reparto. Carlos Areces (con el que me parto de risa en Muchachada Nui y Museo Coconut) no me convence en un papel dramático. El papel de payaso triste le está grande y queda en evidencia cuando comparte escena con el genial Antonio de la Torre que es el único que se salva. Tampoco convence Carolina Bang. Tiene un cuerpazo que luce muy bien en sus números acrobáticos, eso sí, pero en lo que a actuación se refiere… ni frío ni calor.

Triunfó en Venecia y algo me dice que triunfará, y mucho, en los Goya. En Balada triste de Trompeta Alex demuestra una vez más que lo que le gusta es la TENSIÓN con mayúsculas y que su cine es así, le pese a quien le pese.

 

 



‘Balada triste de trompeta’ – Téaser-tráiler
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