Porque cuando lo más importante es Florentino Pérez, quizá el problema no sea Florentino Pérez.

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Y entiéndanme: soy madridista. Me encanta el club y creo sinceramente que Florentino Pérez ha conseguido para el Real Madrid algo que parecía imposible hace años. Y ahora, pues veremos. Bien, perfecto. ¿Y qué? Porque mientras abrimos portadas, tertulias y debates eternos sobre una rueda de prensa, una generación entera vive atrapada entre alquileres imposibles, salarios ridículos y una incertidumbre constante. Muchísima gente trabaja cuarenta horas para sobrevivir, no para vivir. Y quienes vienen detrás ya ni siquiera saben si podrán independizarse, formar una familia o aspirar algún día a tener una vivienda digna.

Mientras aquí discutimos durante días sobre presidentes de fútbol, el Parlamento español se ha convertido demasiadas veces en un espectáculo agotador. Diputados incapaces de alcanzar acuerdos, líderes políticos más pendientes del titular viral que de gobernar, insultos permanentes, broncas teatrales y una sensación continua de incumplimiento (y no sólo en Madrid, aquí también, en Segovia). Ya ni siquiera intentan disimularlo. No debaten: interpretan un papel. No construyen: desgastan al rival.

Y fuera de nuestras fronteras, el mundo sigue acumulando heridas. Gaza continúa sumando muertos, familias rotas y niños pagando decisiones tomadas desde despachos a miles de kilómetros. En el Golfo pérsico se mantiene una tensión que amenaza con incendiar aún el mundo. El equilibrio internacional parece cada vez más frágil, mientras millones de personas viven pendientes de conflictos que pueden cambiarlo todo de un día para otro.

Pero aquí seguimos. Hablando de Florentino. Analizando gestos, frases, ruedas de prensa y vídeos de treinta segundos como si fueran acontecimientos históricos, mientras las verdaderas preocupaciones apenas sobreviven unas horas en pantalla.

Mueren dos guardias civiles y quienes se juegan la vida por protegernos muchas veces sienten que solo se tienen entre ellos. Las instituciones se desgastan. La educación pierde valor. La salud mental de miles de jóvenes se resquebraja. El futuro se vuelve cada vez más caro, más incierto y más pequeño. Y aun así, el foco continúa donde siempre.

Porque quizá el problema no sea hablar de fútbol. El problema empieza cuando el entretenimiento ocupa el espacio que debería ocupar la conciencia. Cuando nos indigna más un penalti que una guerra. Cuando sabemos más de presidentes de clubes que de quienes deciden realmente nuestro futuro. Y entonces uno entiende que quizá no sea casualidad.

Porque mientras nosotros discutimos sobre Florentino Pérez, otros descansan tranquilos. Porque estamos exactamente donde quieren que estemos.

María Coco María Coco Hernando

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