El barrio que olía a sangre: Gonzalo Borondo levanta un altar para los matarifes olvidados de Madrid

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En la Glorieta de San Víctor, en el barrio madrileño del Pico del Pañuelo, ocurre algo extraño cuando cae la noche. Bajo una estructura metálica que recuerda a una cúpula o a un pequeño templo industrial, sombras rojas giran lentamente. Animales y hombres se mueven en círculo, atrapados en una especie de danza hipnótica. El espectador entra, camina bajo esa arquitectura translúcida y, sin darse cuenta, se convierte en parte del ritual.

La instalación se llama «Redentora», y es la nueva obra del artista segoviano Gonzalo Borondo, creada específicamente para el festival LuzMadrid 2026. Pero más que una instalación lumínica, es un artefacto de memoria.

Borondo ha construido un zootropo monumental, uno de esos dispositivos ópticos precursores del cine que generaban la ilusión de movimiento al girar una serie de imágenes. En este caso, las figuras que giran son matarifes y animales, víctimas y verdugos atrapados en un mismo ciclo visual.

Y ahí comienza la incomodidad.

El barrio que olía a sangre

Para entender Redentora hay que mirar el lugar donde se instala. La colonia del Pico del Pañuelo, construida en 1927, fue levantada para albergar a los trabajadores del antiguo Matadero de Madrid, que se encontraba a pocos metros.

Durante décadas, miles de hombres caminaron cada día desde estas casas hasta los mataderos.

Borondo lo explica con una mezcla de fascinación y respeto por esa memoria obrera:

«Dicen que este barrio olía a sangre. Hasta hace no mucho.»

No era solo un olor. Era una atmósfera.

El artista habla de los matarifes que regresaban a casa después del trabajo mirando al suelo, cargando con una especie de condena silenciosa. No era un oficio cualquiera. Era convivir cada día con la muerte.

Aquí surge una de las preguntas centrales de la obra:

¿Quién era realmente la víctima y quién el verdugo?

Porque matar animales para alimentar a una sociedad entera convierte a esos hombres en ejecutores… pero también en víctimas de un sistema que necesitaba que alguien hiciera ese trabajo.

El altar del sacrificio

Borondo introduce la recurrente imagen obsesiva del altar.

En los antiguos sacrificios rituales, el animal no era simplemente una víctima. Era honrado. Había una reverencia hacia él antes del sacrificio.

En Redentora, los matarifes aparecen llevando al animal como si fuera una figura sagrada.

El gesto invierte los roles.

El animal ya no es solo víctima.

El trabajador ya no es solo verdugo.

Ambos forman parte de un mismo ritual colectivo.

La obra plantea así otra pregunta incómoda:

¿Qué es más violento: la muerte rápida del animal o la condena de matar a diario durante toda una vida?

Una civilización que oculta la muerte

Borondo insiste en algo que atraviesa muchas de sus obras: vivimos en una sociedad que oculta el sacrificio sobre el que se sostiene.

Consumimos carne todos los días, pero los mataderos se han desplazado a la periferia física y mental de nuestras ciudades. Preferimos no ver.

Redentora rompe ese pacto de invisibilidad.

El espectador entra literalmente en la obra. Camina dentro de la máquina óptica. Observa el movimiento circular de víctimas y matarifes. Y durante unos segundos se convierte en testigo o tal vez en cómplice de ese sistema.

Porque la obra no señala culpables.

Más bien lanza otra pregunta:

¿Quién es hoy el matarife?

¿El trabajador que ejecuta el acto?

¿El sistema que lo organiza?

¿O la sociedad entera que consume sin mirar?

Un artista que trabaja con la memoria

Gonzalo Borondo lleva años explorando la memoria de los lugares y de las comunidades.

Sus intervenciones mezclan pintura, arquitectura, escenografía, sonido y luz hasta convertirse en algo que recuerda a un ritual contemporáneo.

En Redentora también aparece ese carácter casi litúrgico.

Sobre la estructura cuelgan lo que parecen guantes de matarife iluminados, apuntando hacia abajo como si fueran manos suspendidas, en redención.

El espacio sonoro, creado por El Niño de Elche, envuelve al visitante con una atmósfera inquietante.

Todo parece diseñado para provocar una sensación difícil de explicar.

Muchos visitantes salen de la instalación con una reacción parecida: algo se ha movido dentro de ellos, aunque no sepan exactamente qué.

Quizá ese sea el objetivo; «El arte como espejo incómodo»

En una época saturada de imágenes violentas en noticias, películas o redes sociales. Borondo cree que el arte todavía puede cumplir una función distinta: hacernos sentir lo que preferimos no mirar.

Redentora no es un espectáculo de luz; Es más bien un espejo.

Un espejo que nos devuelve una pregunta que atraviesa la historia humana:

¿Qué sacrificios invisibles sostienen nuestra forma de vida?

En el antiguo barrio de los matarifes, esa pregunta vuelve a girar lentamente bajo una cúpula metálica. Como si la memoria del lugar no hubiera desaparecido nunca. Solo estaba esperando a que alguien la hiciera visible…

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