¿Colillas en el Parque Nacional? Cuando ni el sentido común basta
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“¿Cómo es posible, con todo lo que está pasando en España, que todavía haya gente tirando colillas en pleno Parque Nacional?”. Con esta pregunta abre @sierradeguadarrama uno de sus vídeos más recientes. Es una de esas preguntas retóricas para las que no se espera respuesta. Quizá porque, en este caso, la respuesta no existe. No hay ninguna que justifique un gesto así.
Se supone que a un entorno natural se va para disfrutarlo. Y, si de verdad lo disfrutamos, lo lógico sería querer conservarlo. Entonces, ¿por qué hay quien decide estropearlo? ¿Por qué seguimos viendo basura en los márgenes de los caminos, plásticos entre la vegetación o colillas apagadas (o quizá no del todo) en pleno monte?
La basura se ha convertido en uno de los mayores depredadores de nuestra sierra, de nuestros parajes y de esos espacios verdes a los que acudimos precisamente para escapar del asfalto y las altas temperaturas. Pero, a diferencia de nosotros, que estamos de paso, hay especies que habitan estos lugares todo el año. Animales, plantas y ecosistemas enteros conviven con las consecuencias de un comportamiento humano que, en demasiadas ocasiones, sigue moviéndose entre la comodidad y la indiferencia.
No se trata solo de no tirar basura para que el paisaje siga bonito cuando volvamos el próximo fin de semana. Se trata de entender que ese espacio no nos pertenece. O, mejor dicho, que nos pertenece a todos y, precisamente por eso, exige respeto. Lo compartimos con otras personas, sí, pero también con otras especies que no tienen forma de defenderse de nuestros actos. Nuestra obligación moral debería ser clara: procurar que nuestra presencia sea lo menos perjudicial posible.
Disfrutar es posible sin arruinar. No es un sacrificio ni una heroicidad. Es, simplemente, una cuestión básica de civismo. Basta con llevarse de vuelta lo que se trae, con no dejar rastro, con asumir que el monte no es una papelera ni un cenicero improvisado. No parece una exigencia desmedida. Y, sin embargo, cada verano vuelve a ser necesario recordarlo.
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Justo ayer se presentó una campaña de sensibilización impulsada por la Red de Parques Nacionales, Paisaje Limpio y Ávora para evitar que las colillas terminen abandonadas en el medio natural. La iniciativa contempla el reparto de 16.000 ceniceros portátiles, también en la vertiente segoviana de la Sierra de Guadarrama. Ojalá sirvan. Ojalá quienes todavía no han entendido algo tan elemental como que una colilla no desaparece por arte de magia decidan, por fin, asumir su parte de responsabilidad. Aunque también me queda la duda si esos ceniceros acabarán formando parte de la basuraleza. Abandonados por los usuarios a los que fueron regalados, destruyendo completamente su propósito.
Es triste comprobar hasta qué punto hay comportamientos cívicos tan básicos que tienen que ser enseñados cada año, como si habláramos de una lección que nunca termina de aprenderse. Si no hay un cartel, una advertencia o una campaña institucional, ¿de verdad hay quien piensa que tirar una colilla al suelo está bien? Lo más frustrante es que no estamos hablando de un gran esfuerzo. Una colilla pesa lo mismo que un cigarro sin usar. Si ha podido subir hasta la sierra en un bolsillo o en una mochila, también puede bajar. No ocupa más, no pesa más y no exige ninguna logística extraordinaria. Solo un mínimo de voluntad. Solo entender que la comodidad de desprenderse de ella en cualquier parte no puede estar por encima del daño que provoca.
Además, en la época en la que estamos, con los termómetros disparados, con avisos por altas temperaturas y con el riesgo de incendios marcando cada jornada, abandonar colillas no es ya una falta de respeto (que también). Es, directamente, una imprudencia. Un gesto aparentemente pequeño con consecuencias potencialmente enormes.
Porque no, no todo vale en el monte.
Noelia Garrido

