Todos los días y desde hace años, a la misma hora, cojo el autobús urbano. Recuerdo que al principio, el mobiliario urbano que determina el lugar en el que el transporte se detiene, estaba en buenas condiciones; la marquesina que da cobijo a los que aguardamos estaba aceptablemente limpia y disponía de un cartel en el que se podía ver un mapa de las rutas del servicio, así como las condiciones y precios de los billetes, amén de los datos de contacto para poder llamar a la compañía. Junto a la marquesina, un pequeño poste mostraba los números, esquemas y horarios de las líneas que hacen parada en el lugar. Al otro lado, la parada está limitada por un artilugio iluminado destinado a la publicidad estática que solía mostrar anuncios más o menos vistosos con los que entretener la espera.

El autobús siempre ha sido aceptablemente puntual y los diferentes conductores, cada uno y cada una en su estilo, invariablemente me han parecido personas responsables y corteses. Una vez en mi asiento, podía comprobar como las paradas se anunciaban mediante un sistema de voz y otro luminoso en el techo del autobús, lo que supongo que es muy útil para personas con dificultades de visión o de oído o, simplemente para quienes distraídos, observan las hermosas vistas que ofrece la ciudad al amanecer.

Siempre me he preguntado quién se ocupa de informar a quien se ocupe de mantener en buen estado los elementos que forman parte del sistema de transporte urbano y he llegado a dudar de la existencia o de los unos o de los otros, porque en este tiempo, he visto como los signos, leves primero, y más evidentes después, de abandono proliferaban sin que hasta la fecha se les pusiera remedio.

El último día, mientras disfrutaba de los primeros rayos del sol esperando al bus, pude ver como la pequeña tapa de una boca de riego que hay en medio de la marquesina, y que inútilmente traté de arreglar hace tiempo, seguía semiabierta, después de meses esperando pacientemente a que alguien tropiece con ella; junto a la misma, restos de alimentos envasados y dos botellines de yogurt líquido, huérfanos de papeleras próximas, seguían esperando en el suelo al servicio de limpieza desde hacía un par de días. Una anciana aguardaba a que su perro hiciera sus deposiciones en medio de la acera, y se alejaba sin recogerlas ni reparar en mi rostro atónito, no me sentí con fuerzas para recriminar su actitud. La marquesina ya no tiene más carteles que los restos de los que se ofrecen para cuidar niños, arreglar jardines o regalar cachorros, varias pintadas afean el mobiliario y el poste que un día ofrecía paradas y horarios, se ha convertido en un estorbo destartalado, sucio y oxidado. Sólo ha reaparecido la publicidad estática, eso sí, tras una lámina plástica que luce la gruesa firma de algún grafitero poco amigo de lo público.

Hoy el autobús sigue llegando puntual y los conductores continúan siendo gente amable; tras dar los buenos días y sentarme, observo como ya no se anuncian las paradas ni de viva voz ni en la pantalla superior que ahora, todo lo más, afirma estar sin servicio. No recuerdo si estos vehículos tuvieron alguna vez papelera, pero no tenerla no es excusa para no guardarse los billetes en el bolsillo para tirarlos después en una, en lugar de dejar que éstos adornen el suelo desde primera hora de la mañana.

Me bajo del autobús y emprendo el camino de rutina mientras recuerdo que un día lejano, Segovia estrenó unos autobuses, que con el tiempo se convirtieron en mugrientos cacharros, y que otro día no tan lejano, fueron reemplazados por otros urbanos, que parece que van perdiendo poco a poco su urbanidad, sin que nadie le ponga remedio.