Pasean por los pupitres y confiesan que es “como si no hubiera pasado el tiempo”. “¡Y cuánto tiempo!”, exclaman quienes reviven aquellos años de pluma y tintero, mapas amarilleados por el tiempo y una escuela como la dejaron hace ya 70 años muchos de quienes recuerdan con añoranza profesores, juegos en la calle, frío en las manos y los pies y una infancia feliz con poco.

La localidad salmantina de Cabezuela de Salvatierra ha conservado materiales escolares y mobiliario de la escuela del pueblo, que ahora como museo es fiel reflejo de la educación de otra época. A sus 83 años Simona Hernández vuelve a sentarse en su mesa y explica que compartía el pupitre con otras cinco niñas. Comenzó el colegio a los 6 años, en 1931 y, a pesar del tiempo transcurrido, recuerda a la perfección que en ese período les trajeron 12 mesas y 72 sillas, que todavía hoy pueden usar.

Coge un pizarrín y relata que con él escribían y resolvían los problemas que mandaba el maestro, don Florencio Isidro, el encargado de formar a varias generaciones de este pueblo, ya que ejerció durante 36 años de forma continuada, excepto los años en los que luchó en la Guerra Civil. Simona Hernández comparte estas confidencias con otros vecinos que también pasaron por esta aula, como Leopoldo Rodríguez, Virtudes Hernández o Eladio García, quienes coinciden en lo “duros” que eran los castigos de la época.

Rodríguez confiesa que “aunque como maestro no lo ha habido mejor”, don Florencio era severo y no dudaba en agarrar de las orejas a sus pupilos hasta “meterlos en vereda”, o en utilizar la regla para dar en las manos a quienes no obedecían las normas. Eran otros tiempos, comentan y coinciden en señalar que esta educación les hacía tener “mucho respeto” al profesor y sobre todo, “más miedo”, ya que en ocasiones con que solo abriera un cajón, “se echaban a temblar”.

Virtudes aclara que a ella en concreto le “pegó poco”, pero otros no tuvieron tanta suerte y dicen en alto nombres como “El Chato, Celia o la Joaquina”, compañeros que vivieron la época en la que se llevaba a rajatabla el dicho de “la letra con sangre entra”.

Sin embargo, agradecen la labor de un maestro que aseguran les enseñó todo lo que saben, al tiempo que con humor recuerdan los castigos.

 

Rezos y juegos

Esta escuela centenaria llegó a albergar a más de 40 niños de todas las edades y a los que daba clase un solo maestro, por lo que los pequeños se quedaban en la parte de atrás y los mayores avanzaban hasta el principio del aula.

Se dirigen hacia los mapas de la clase, un elemento que les sigue llamando la atención, porque allí protagonizaron algunos momentos duros, al tener que memorizar “toda la geografía mundial, e incluso todos los ríos con sus afluentes, entre otras cosas”, apunta Rodríguez, quien explica que el maestro les llamaba y en el mapa tenían que señalar donde estaba el lugar que les pedía y añade que lo tenían que aprender “por las buenas o por las malas”.

Cada uno recuerda cual era la clase que más le gustaba, como la religión, el dictado o las matemáticas, asignaturas con las que disfrutaban o incluso las que más esfuerzo les costó aprender. La mañana comenzaba y terminaba con los niños rezando de pie ante el maestro, pero entre medias, el recreo era el momento preferido de todos ellos.

Ésta era una escuela mixta y aunque compartían juegos, cada uno tenía sus preferencias. La mayoría de los niños se decantaban por la calva, que consistía en tirar un palo con una piedra o ‘la guá’, cuyo objetivo era meter bolas en un agujero. En el patio las niñas se divertían con las tabas, que se hacían con los huesos de cordero o jugando al corro y a la comba.

 

Tiempos difíciles

Eladio García señala que aunque eran tiempos difíciles y “había que ayudar en casa”. La mayoría de los niños no faltaba a las clases y en su caso particular relata que lo peor era en verano, cuando solo había escuela por la mañana y por la tarde tenía que recoger algarrobos.

Virtudes Hernández destaca que también ella tuvo suerte porque al ser la menor de la familia pudo terminar los estudios primarios y asistir a todas las clases, ya que a la hora de “arrimar el hombro en casa” estaban los mayores.

Sin embargo, Simona Hernández matiza que tener muchos hermanos también tenía inconvenientes, como por ejemplo a la hora de calentarse en la clase tenían que compartir el brasero, porque una misma familia no tenía cinco estufas para cada uno de sus hijos.

“Eran otros tiempos –repiten- hacía muchísimo frío en clase y las niñas llevaban falda con los calcetines subidos”, por lo que el brasero de cisco se hacía imprescindible, tanto que detalla que el maestro tenía que echarles la bronca por estar demasiado tiempo con la cabeza debajo del pupitre escarbando las estufas, con una cuchara que ponían en las vías del tren para que la machacara y quedara plana.

A través de sus testimonios se recupera parte de la historia reciente de España y gracias a la labor de los vecinos de este municipio y al Consistorio de Guijuelo, el antiguo colegio es hoy un edificio emblemático con el que recordar y documentar el pasado.