Anton quiere vivir en un mundo mejor. Y para ello trata de inculcar a sus hijos el amor al prójimo, la ayuda al necesitado o la responsabilidad moral de poner la otra mejilla. Quiere que su vida sea el mejor ejemplo para los que le suceden y mantiene una constante lucha interior por conseguirlo. Cada día se enfrenta a situaciones difíciles y las afronta pensando en que sus hijos le imitarán algún día.

Claus se conforma con que su vida se a mejor. Que su hijo deje de culparle por la muerte de su madre y que el día a día llegue de la manera más sencilla e indolora posible. Sufre cuando está cerca de su hijo y sufre también al separarse de él. La rabia y la venganza se han apoderado de una relación que parece enfriarse cada día.

El hijo de Anton y el de Claus han decidido ser amigos. A ambos les conviene estar juntos. Christian ha encontrado a alguien que le admira y le copia. Y Elías se ha librado de los matones de su clase, pues ahora es amigo un chico respetado en el colegio.

En un mundo mejor (la película danesa que llegó hasta Hollywood en la pasada edición de los Oscar) es el resultado de cruzar las vidas de Anton, Claus, Elías y Christian. Cuatro maneras diferentes de afrontar los problemas que Susanne Bier nos presenta de forma humilde, cediendo al espectador la tarea de juzgar, si es que éste quiere hacerlo. Su trazo es sutil, implicado pero sin pretensiones. No trata de aleccionar ni de minar conciencias, pero obliga al espectador a una reflexión.

Y es que en este largometraje la crítica está por todas partes. Hay crítica hacia un sistema educativo vago y viciado que ignora las repercusiones de un mal ejemplo. También hacia los que actúan como guardaespaldas de sus hijos, olvidando su papel de padres y educadores. Y hacia esas familias que, sumergidas en sus problemas adultos, olvidan los traumas infantiles de su alrededor.

Durante dos horas, la directora de Después de la boda o Cosas que perdimos en el fuego, disecciona la vida de los protagonistas, mostrando sus debilidades, miedos y defectos, pero también su coraje y su deseo de contribución con un mundo mejor. Las interpretaciones de Mikael Persbrandt (Anton) y William Jøhnk Nielsen (Christina) bien merecen ser destacadas, por su crudeza y veracidad. Muestran la vida desde el punto de vista de un adulto y de un niño y consiguen sumergirnos en sus problemas implicándonos al máximo.

La merecedora del Oscar a la mejor película de habla no inglesa es una historia llena de intención y de compromiso. Un largometraje que recomiendo que veáis porque no deja indiferente. Y eso, hoy en día, es difícil de encontrar.