Una tradición tan anclada en el tiempo, que ni se recuerda su origen. Unos dicen que hasta sus bisabuelos ya hablaban de cuando eran pequeños y asistían a esta fiesta. Un rito que reúne en torno a una hoguera a cientos de vecinos y que anuncia el preludio de unas de las fiestas más importantes de la localidad. Los diablillos, una vez más, han vuelto a anunciar las Fiestas de los Toros de Sepúlveda con sus juegos, correteos, y escobazos.

No es fácil, cuentan, fechar una fiesta de la que no se han hallado documentos escritos, pero si es cierto, que el paso de generación en generación ha hecho posible que todos los años, el grupo de diablillos que aparecen tras la hoguera continúen recreando el mito de San Bartolomé. Tanto se encargaron los sepulvedanos de no olvidar esta fiesta, que incluso en la Guerra Civil se continuó representando.

Y así, cada año, el jolgorio popular se ve turbado por la presencia de estos personajes que, vestidos de rojo, portan únicamente escobas y unas linternas en la cabeza que alumbran sus frenéticos pasos. Unos seis diablillos aparecen sobre la escalinata de la iglesia de San Bartolomé detrás de las nerviosas llamas de una hoguera prendida frente al santo lugar, para echar a correr, saltar, unos tras otros, molestando a los allí congregados, que no obstante, los esperan año tras año para continuar con la tradición el mismo día 23 de agosto, y muy importante, comenzar con las fiestas del último fin de semana de agosto. Con el encendido del alumbrado público, y una vez los diablillos vuelven a subir los 26 escalones de la iglesia del Santo, la limonada corre por la villa entre unos vecinos, que ya esperan la próxima llegada de la Fiesta del diablillo.

 

San Bartolomé los suelta, y San Bartolomé los ata

Recoge el arquéologo Guillermo Herrero Gómez la leyenda que habla sobre un San Bartolomé que, predicando en la India, fue llamado por el poderoso Polimo, rey de la región, que tenía una hija endemoniada. La niña permanecía sus días atada a unas cadenas de las que sus criados no se atrevían a desatarla. El Santo insistió en que la despojaran de su atadura: «“Haced lo que os mando; no tengáis miedo; no os morderá, porque ya tengo yo bien atado al demonio que la domina”. Y así pasó.

En Sepúlveda se oyen los ecos de una creencia que cuenta que la noche del 23 de agosto, San Bartolomé suelta al diablo de las cadenas que le atan, durante un largo rato en el que corren con ritmo frenético. Los diablillos vuelven a subir entonces hasta la iglesia de San Bartolomé, porque se supone “que el santo vuelve a atarles”.

Sueltos y atados, con calle propia en la villa de Sepúlveda y con una indumentaria nueva diseñada por el artista artista Manuel Gómez Zía, los diablillos siguen siendo una de las fiestas más populares y esperadas de la villa, con muchas preguntas y respuestas que muchas veces no encuentran su lugar, pero que son precisamente lo que la hacen, inlcuso con un presupuesto muy bajo, una fiesta hecha por y para el  pueblo.

 

 “A fuer de sepulvedanos , / auténticos castellanos / que nos gusta el buen beber,/ el porrón de boca en boca / y el corazón en la mano, / los farolillos al viento, / las penas fantasmas vanos, / al Apóstol festejamos / pero al Diablillo también. De tu tierra estamos hechos, / por tí alientan nuestros pechos, / villa que nos diste el ser, / soberanas tus doncellas, / tu paisaje nuestro techo, / con tus torres y campanas/ de nuestra vida en el trecho / al Apóstol festejamos / pero al Diablillo también”.