Cuando leí que el creador del documental era el productor de la serie televisiva Flipper, no pude evitar reírme. Era paradójico que la persona que se empeñó en jugar con los defines como si fueran mascotas, tratara ahora de acabar con ese negocio.  Antes de la serie, apenas existían parques acuáticos y espectáculos con delfines en los acuarios.  Él fue el inventor de una industria que ahora acaba con 23.000 ejemplares cada año en Taiji.

Y ése es el escenario: Taiji. Un pequeño poblado pesquero de Japón teñido de rojo. De allí salen los delfines de muchos parques acuáticos de todo el mundo. Allí los acorralan, los acercan a la playa y los capturan. Y eso sólo si tienen suerte. La opción para los no aptos es la muerte. Y no una rápida y sin dolor, sino al más puro estilo Quentin Tarantino.

Y este negocio está permitido en Taiji. El alcalde, la prensa, la industria pesquera, todos lo encubren porque todos sacan tajada, nunca mejor dicho. Ric O’Berri tiene una deuda pendiente con estos animales y por eso, nadie mejor que él para descubrir el pastel. Con ayuda de cámaras diseñadas para grabar bajo el agua y camufladas entre las rocas, O’Berri y su equipo logran las mejores imágenes de la matanza. Las que ponen en evidencia al alcalde, a la prensa y a los pescadores. A todo el mundo que lo sabía y nunca lo denunció.

El documental retrata con claridad un asunto muy desconocido en occidente. Los problemas con las reservas del mar no son un tema muy recurrente en el cine. Y aquí se trata con honestidad y sencillez. Te muestra lo que hay, sin recrearse en la sangre y, sobre, lo importante que es para el creador de Flipper acabar con este asunto.     
Lo peor llega al final. Cuando te das cuenta de que sacar a la luz este tema, distribuirlo por medio mundo, llevarlo a los Oscar y hacerlo ganar la estatuilla, no ha servido para mucho. Las matanzas siguen siendo una realidad. El silencio de las autoridades y administraciones, también. De hecho el estreno del documental fue prohibido en Japón. Pero ahora ya no es un secreto. The Cove nos ha mostrado una realidad que merecía ser descubierta y para eso también sirve el cine. Para hacer justicia.