¡Qué mala es la gente! (alguna)

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Es para mí un misterio, y causa de admiración, el modo en que algunos humanos son capaces de expresar con unos pocos trazos sutiles de lapicero, todo un universo de sensaciones, creando atmósferas y espacios que exceden los límites del papel y causan impresiones complejas en nuestros cerebros, sin que medien lentes polarizadas que recreen artificialmente las tres dimensiones cartesianas. Joaquín Salvador Lavado, más conocido como “Quino”, es un verdadero maestro en este arte, no solo cuando dota a sus personajes de palabra —casi todo el mundo reconoce a la universal Mafalda—, sino también cuando relata historias mudas con gente corriente o sujetos desconocidos, —que no anónimos, pues bautizados o no, todos tenemos nombre o, por lo menos, mote—.

El humor de Quino es un catálogo de situaciones en las que la condición humana queda al descubierto, cada página es una radiografía ácida que retrata nuestro interior y nos pone frente a nuestras miserias, aventando las vergüenzas sin avergonzarnos y ofreciendo la redención en una sonrisa.

¡Qué mala es la gente! Es el título de una de sus publicaciones, lo que ya es una declaración de intenciones, que me he permitido moderar agregando “alguna”. Me viene ahora a la memoria una de sus páginas que con magistral delineación refleja muy bien una situación cotidiana que seguro que cualquiera reconocerá; comienza con un venerable y bondadoso anciano, de cuyos labios sonrientes nace un bocadillo en el que Quino sugiere unas hermosas palabras mediante un florido dibujo, lleno de suaves volutas, que es acogido por su interlocutor con una franca sonrisa de asentimiento; en las sucesivas viñetas de la página se ve como el mensaje original pasa de boca en boca, y en ese camino, la cara del protagonista va mudando de la felicidad a la ira, mientras que el dibujo que representa sus palabras va perdiendo curvas y ganando aristas. La penúltima viñeta muestra a la esposa del caballero comprando verduras, junto a ella, un sujeto relata a otro el episodio inicial, en un bocadillo en el que ya no queda rastro de armonía, sino que se ha convertido en una maraña crispada de ángulos agudos proferida por un enfurecido barbudo. El resultado final es un berenjenazo en la cabeza de nuestro inocente amigo, propinado por una ofendida esposa, que le recrimina su mala acción, mientras desconcertado, el buen hombre se pregunta qué ha sucedido.

¿Cuántas veces nos han contado algo como si el relator lo hubiera vivido en persona, pero a la postre la noticia era de tercera mano, y su contenido había venido convenientemente aderezado de intenciones no siempre bondadosas? ¿En cuántas ocasiones hemos sido testigos del intento de socavar el prestigio de alguien mediante las insinuaciones, medias verdades o interpretaciones maliciosas de hechos corrientes, que podrían haberse explicado sin necesidad de zaherir?

No sé si estoy libre de pecado, por lo que no quiero arrojar a nadie esa piedra, pero sí puedo decir que no me gusta esa actitud; no me parece bien que rivales políticos, a falta de propuestas, aireen y adornen asuntos personales del contrario con la ladina intención de que su difusión menoscabe el prestigio del otro. ¡Qué mala es la gente! (alguna).

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