Su incesante trabajo en investigación sobre el teatro prebarroco no impide a la segoviana Ana Zamora en atreverse con nuevos retos. De la mano de la compañía teatral que dirige, Nao d’amores, acaba de coronar su primera incursión en el teatro contemporáneo rescatando el canto a la vida y a las segundas oportunidades que escribió su propia abuela, María Josefa Canellada, durante la Guerra Civil.

La obra ‘Penal de Ocaña’ acaba de ser estrenada en la antigua prisión de Segovia con un lleno absoluto respondiendo así a su apuesta por trabajar en una capital conocida por su Acueducto pero también por su cultura. Protagonizada por la actriz Elena Rayos, y con la música al piano de su propia hermana, Isabel Zamora dirigida por Alicia Lázaro, la obra aborda la necesidad de reinventarse en tiempos de la Guerra Civil como lo hiciera la escritora y profesora Canellada. Con su propio diario original como guión y la novela que escribió en 1950, generaciones diferentes se unen para subrayar que «luchar por la vida es fundamental».

La directora atribuye a las artes la obligación de adoctrinar a la sociedad para cambiar un mundo malherido por la crisis y la capacidad de transformar la realidad. Para ella es necesario que los propios agentes culturales y la ciudadanía actúen con firmeza para terminar con una crisis que considera como «una excusa» de aquellos a los que no le interesa la cultura porque en ocasiones «somos incómodos». Además, echa de menos el nacimiento de un movimiento cultural que responda a la actual situación como ha ocurrido tradicionalmente con las vanguardias en otros tiempos de crisis. Renovarse es vital, pero mantener sus principios es fundamental.

-‘Penal de Ocaña’, habla de una necesidad de reinventarse y precisamente Nao d’amores se atreve ahora con el teatro contemporáneo. ¿Cuál ha sido el mayor reto de la compañía con esta producción?

Jugábamos con ventaja porque este espectáculo se genera a partir de material no teatral y nosotros, partiendo de prebarroco, estamos acostumbrados a crear acción dramática donde no la hay. Lo más complicado es que cuando uno indaga en épocas tan recientes empiezan a aparecer documentos de gente con la que has vivido muy cerca y se convierte en una experiencia ‘parateatral’ ya que uno trabaja con otro tipo de implicación. Si al crear un espectáculo llegas a formar parte del personaje, imagina cuando lo conoces.

Da un poco de vértigo el poder profundizar tanto en una historia tan reciente de este país, sin cicatrizar en muchos casos, y tan viva. porque nosotros hemos encontrado documentos reales de correspondencia de mi abuela desde el propio Penal de Ocaña, que no sabíamos que existían. El día que aparece una carta nueva, pegas un salto y dices: madre mía, esto es como escarbar en el pasado.

La acrtiz Elena Rayos, Isabel Zamora que pone música a la escena y la directora, Ana Zamora en la antigua prisión/ Diego de Miguel-ICAL

-Tiene que ser toda una experiencia trabajar con un texto que le toca tan de cerca. ¿Es necesario cambiar las líneas de trabajo para un tipo de producción nueva y con este carácter familiar?

Imagina si es emocionante. He tratado de cubrir la experiencia de vida de una mujer que murió en el año 1995 pero que con su propia voz, a los 24 años, se enfrentaba a la gran tragedia que caía sobre Madrid. Más allá de posicionamientos partidistas ella opta por el compromiso moral que le rodea. Es una lección de vida apasionante.

No obstante, hemos trabajado siguiendo las mismas líneas de acción. Por un lado en la parte literaria, buscando referentes literarios o musicales del momento, la parte histórica del 2 de octubre de 1936 al 2 de octubre de 1937. Por otro lado, acudiendo a material personal como el propio diario de mi abuela y recuperando otros documentos como correspondencia de mi abuela con su maestro Pedro Salinas del 7 de octubre del 36, en el que contaba la situación del Centro de Estudios Históricos de Madrid, que preparaba a toda marcha su gran defensa, como dice ella.

También hemos perseguido a quién queda vivo para poder cotejar acontecimientos. Cuando hablamos de ese periodo, parece que no hay más que un mundo de rojos y blancos, y que son dos mundos paralelos, separados. En realidad, es una versión bastante ‘chata’ de la historia, pero aquí había que hacer un proceso de búsqueda importante porque esta generación era muy inteligente.

– Un reto que parte incluso de probar con nuevas fórmulas interpretativas, nuevos lenguajes y nuevos espacios. ¿Cómo ha sido el proceso de adaptación de los que formáis la compañía?

Ha sido muy fácil porque el texto es emoción pura y a cada uno le entra por un sitio distinto. Ha habido muchísimas lágrimas en el proceso de montaje porque hay historias tremebundas, por ejemplo de cómo heridos que llegan del frente se mueren en sus brazos. Para todos empezó como un ejercicio muy emocional, para mí o para mi hermana está claro cómo partía, pero es un texto lleno de emotividad por todos los lados.

Cuando ya eres capaz de analizarlo con distancia, se convierte en un ejercicio de justicia histórica y literaria, porque creo que es una obra literaria de primera magnitud, aunque haya pasado y esté agotadísima. Además hacía mucho tiempo que no trabajábamos en pequeño y veníamos de hacer espectáculos muy grandes. De repente aquí hemos estado absolutamente en familia, encerrados en Revenga, trabajando, compenetrados y comprometidos con el texto.

-La Guerra Civil, época en la que se desarrolla la obra, hizo que muchas personas tuvieran que tomar decisiones arriesgadas para seguir hacia delante. ¿Es lo que toca en la actualidad? ¿Se hace necesario en un panorama tan complicado ‘echar más carne en el asador’?

Aunque hagamos prebarroco, nosotros no hacemos teatro arqueológico y nunca nos hemos encasillado. Hacemos un proceso real, de búsqueda de lenguajes y además existe una línea de unión entre mi abuela porque era una absoluta enamorada del mundo con el que trabajamos nosotros en el prebarroco. De hecho, ella es la gran estudiosa de Lucas Fernández y nosotros hicimos sus Farsas y Égloglas.

Podemos usar otra línea alternativa sin perder la nuestra fundamental por la que todo el mundo nos conoce y por la que tenemos que seguir luchando. Ella es la que nos permite hacer experimentos. Además, ahora es un momento en el que hace mucha falta compromiso individual para que el cambio sea universal. Vivimos en un ámbito de frivolidad que era impensable para toda esta generación anterior. Es un buen momento para volver a ello.

-De hecho, las primeras frases del libro son «Yo no espero nada. No es hora de esperar sino de hacer”…

La lucha por la vida es fundamental por mucho que aparezca en la función mucha muerte y desolación, por mucho viento negro que nos trae la guerra, como ella dice. La vida sigue y se arma una especie de coraza. En ‘María, Mariantia y yo’, su última obra antes de morir, narra lo que pasó cuando dejó el Penal de Ocaña y trata sobre seguir hacia delante, intentando un compromiso moral con el prójimo. En el texto hay momentos en los que ella habla clarísimo: ‘yo, mientras sea yo, mientras tenga este fondo insobornable mío, podré nunca negar mi presente’, y es una declaración de principios absolutamente.

-¿Y cuál es vuestra declaración de intenciones, seguir esta línea contemporánea o existen otros proyectos?

Esto de la crisis nos está haciendo trabajar como brutos. Ahora con proyectos didácticos, proyectos pedagógicos que nos están pidiendo mucho. Por ejemplo el día 11, mientras se hace aquí la última función yo me voy yendo corriendo a Alcántara, porque al día siguiente actuamos y tenemos dos días que damos un curso intensivo de Iniciación al Prebarroco, para los alumnos de la Escuela de Arte Dramático de Extremadura.

Ahora mismo esta línea tiene que ser eso, una línea alternativa que nos permita saltar puntualmente a cosas, pero nosotros no podemos abandonar ese ámbito medieval renacentista, que además no hemos conseguido que nadie haga todavía. Ójala alguien nos tome el relevo y podamos nosotros abandonarlo un poco, pero tenemos que seguir asentando.

-Más que ideológico, Penal de Ocaña es sentimental y habla de pasar a la acción. ¿Le viene de familia a Ana Zamora esa inquietud por investigar, crear, perfeccionar?

De las cosas más importantes que he aprendido yo, por mi ámbito directo, mis propios padres o mis propios abuelos, es que al final lo único que vale y lo único que queda es el trabajo. Mi abuela nos lo decía siempre, ‘no se puede perder el tiempo’, el tiempo no vuelve, hay que aprovecharlo hasta el último momento. Cada uno elige una responsabilidad y lo que quiere hacer en la vida y tiene un papel, y yo si he elegido esto, tengo que entregarme a lo que me toca.

-Volviendo a la obra, no puede ser más idóneo el espacio para ser representada. ¿Cuál es la fuerza que le otorga a la obra la Vieja Cárcel de Segovia?

Ha sido un capricho mío, la verdad. Primero porque a mi me encanta trabajar en espacios que no sean teatrales, al fin y al cabo el teatro ‘a la italiana’ con su cámara negra, luce mucho, pero a mi me gusta la utilización de espacios arquitectónicos como espacios escenográficos. La cárcel tenía todos esos elementos y se encuentra en Segovia, lo que demuestra nuestro compromiso por trabajar aquí. Me empeñé en hacerlo justamente encima del panóptico, debajo de la cúpula, que no se había hecho nunca, que es muy pequeño, pero que yo creo que también eso va a fomentar una relación personal de la actriz y la pianista con el público que tiene al lado. Además, para la actriz no es lo mismo y sitúa el espectáculo en otra dimensión.

En segundo lugar, es el hecho de que sea realmente una cárcel de época, como en el Penal de Ocaña. Guarda ese olor y de hecho la nave que tenemos de fondo en el espectáculo, está sin rehabilitar, es como si viniese del año 36. Pero además a mi esa cárcel me interesa porque tiene una especie de dualidad en su espacio, por un lado carcelario, pero luego tiene ese cúpula, con esos arcos apuntados que parecen casi góticos y tiene cierto aire de iglesia también.

-Has accedido al propio diario de tu abuela, María Josefa Canellada. ¿Qué es lo que más te ha llamado la atención de ella?

Lo primero es que cuando te pones a cotejar, ves que es casi lo mismo que hay escrito en la novela. Es una explosión de emotividad interna enorme. Ella era una mujer absolutamente comedida, y nunca tuvo afán de gloria. De repente se plantea publicar una cosa que son sus propias memorias con nombre falso, y te planteas ¿por qué quiso una mujer tan sencilla y humilde, sin necesidad de pasar a la historia, contar esto? Entonces caes: porque realmente ella es consciente de que ese compromiso individual que ella vivió, fuese una lección que sirva a la humanidad. Es una lectura existencialista pura y dura de nosotros somos lo que hacemos. Nuestra esencia se hace existiendo. Eso es importante y eso para mi también fue muy emocionante.

-Hablando de esa corriente existencialista, la nueva obra explica cómo las posiciones individuales influyen en la marcha de la sociedad. ¿Qué podéis hacer los artistas para ello?

Lo primero, de verdad, es ponerse serios y hablar de cosas que merezcan la pena y no lanzarse al mundo de lo comercial. Cuando hablo de teatro no hablo de entretenimiento, ni de ocio, hablo de cultura con mayúsculas, que puede ser absolutamente accesible a la gente llana, a la gente sin formación. Nuestra responsabilidad es esa, que todo acto teatral sea un acto político. Nuestra obligación es intentar cambiar esta mierda de mundo que tenemos, es así.

Normalmente las grandes vanguardias surgen en tiempos de crisis, y aquí no estamos asistiendo a nada que tenga que ver con eso. Hay que salir a la calle, hay que protestar contra la subida del IVA, no hay que dejarles hacer lo que están haciendo porque nos están asfixiando, pero nuestra verdadera respuesta es ser serios con lo que hemos decidido hacer.

-¿Cómo valoras las medidas tomadas desde el Gobierno central respecto al ámbito cultural?

Las consecuencias están siendo un desastre. La parte real de la crisis es que no hay dinero para contratar y se ha convertido en la gran excusa para que todo el que no le interesaba la cultura se la quite de en medio.

Los artistas podemos aportar una perspectiva crítica, y un compromiso vital real. Nosotros lo que hacemos es revisitar el pasado para soñar lo que nos gustaría ser. Esta situación puede llegar hasta donde quieran, estamos en sus manos. Y no tiene pinta de que vayan a recular, y el problema es que además, cuando salgamos de la crisis no vamos a volver a un momento de bonanza porque ya han visto que nosotros sobrevivimos. Les damos igual, no saben para qué funciona el teatro, no saben para qué funciona la cultura.

– ¿Qué le queda por hacer a Ana Zamora?

Estoy exactamente donde quería hace diez años. Trabajo en la ciudad que quiero, con la gente que quiero, hago los proyectos que ningún productor me querría producir. Mi intención es poder seguir trabajando así, aunque también me toca dar saltos de vez en cuando, y hacer cosas aquí y allá.

Me gustaría no perder este punto de apoyo que tengo en esta ciudad y poder seguir desarrollando Nao d’amores para poder seguir haciendo lo que me da la gana, incluso cosas que salgan de prebarroco como esta que estamos haciendo.