No se puede caer bien a todo el mundo. Aquel que quiere con todo el mundo tratar, intercambiar sonrisas con cuantos más mejor carece sospechosamente de personalidad, criterio o de alguna cosa peor.

Sin embargo en el panorama internacional (omitiendo sangrantes excepciones de parejas siempre a la gresca) se ven pocos enemigos: reina la paz. Y ya que la mayoría de países suscribe la Declaración de los Derechos Humanos, se deduce que hay pocas violaciones de éstos (las cuales serían sin duda un motivo de enfado para un país con estos principios suscritos). Los Derechos Humanos permanecen inviolados.

La comisión de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas puede estar tranquila. Puede sentarse a admirar como los países responden ante nuestros derechos. Ante el derecho a la vida, la pena de muerte; ante el derecho a no ser torturado, Guantánamo; ante el derecho al matrimonio… (bueno, éste no vale: éste es un derecho para –siguiendo el espíritu de la Declaración- sólo una parte de la población)

Pero no todos los países violan los Derechos Humanos: algunos también ayudan a otros a violarlos. Y seguirán dando ayuda hasta que dejen de cerrar los ojos por algún que otro interés, por algún que otro negocio. Y seguirán dando ayuda hasta que por las venas del comercio internacional no dejen de correr las armas cual veneno, hasta que a países en los que no hay para comer se les deje de dar pistolas y se les dé comida. Por encima del bien de un país está el bien de las personas, incluidas las personas de la otra nación.

Las relaciones internacionales atañen a grandes poblaciones -de seres humanos- y se deben establecer con un poco menos de cinismo. Los ciudadanos que permiten que su país exporte armas son cómplices de las muertes que cause. Ciudadanos españoles, miremos bien las fotos de niños muertos en Gaza que tanto nos enseñan en el telediario. Miremos bien sus rostros porque les hemos matado nosotros.

Y una vez que este país esté libre de pecado tocará evitar que los demás tiren piedras. Últimamente se están empezando a ver más los grandes trucos de ingeniería financiera que utilizan las grandes empresas para evadir impuestos. Deberíamos pedir que tanta inteligencia se invirtiera en su lugar en grandes trucos de ingeniería diplomática para defender los Derechos Humanos sin ceder un ápice.

Si queremos ser un país democrático y defensor de la democracia no podemos caer bien a todo el mundo, no podemos intercambiar sonrisas con asesinos. Éste país ya tiene unos años, ya es hora de que escoja con más exigencia sus amistades. Así seremos al menos pioneros en algo. Claro, que lo mismo nos quedamos sin amigos. No se puede caer bien a todo el mundo.

 

Pablo Hernández IES Mariano Quintanilla