Plantar cara a la enfermedad del Sida hoy en día no es lo más complicado, porque los avances médicos han hecho posible que sea crónica, más que mortal, sin embargo hacer frente al rechazo o la discriminación por parte de la sociedad, sigue siendo una tarea pendiente y quizá para muchos de los afectados “lo más doloroso”.

Tomás Poveda, salmantino de 43 años, posa con valentía ante la cámara, no baja la mirada y en su rostro no se atisba ni pizca de miedo, a pesar de que confiesa que “la marca” del Sida no les pone las cosas fáciles a los afectados, a la hora de encontrar un trabajo, por ejemplo o de establecer relaciones personales.

Le gustaría que cambiara la situación para ellos, o al menos para quienes se vean afectados en el futuro por este virus, y por ese motivo no duda en dar un paso adelante y relatar una historia que confiesa “da para escribir un best seller”, pero sobre todo por su dureza.

Hace alrededor de 20 años que se enteró de que era portador del VIH, calcula que fue a los 18 cuando se infectó, y no es que cambiara su vida, eso es de cajón, es que asegura que “hubiera dado la mitad” de esa vida por poder retroceder en el tiempo y hacer las cosas diferentes, pero lamenta que en esa época “no había tanta información”.

Escuchar el diagnóstico, fue duro, pero asegura que nada le produjo tanto dolor como sentir “el desprecio” de quienes se enteraban de que era portador del virus del sida, porque si ahora hay miedo, antes le daban platos diferentes donde comer o no querían apenas rozarle, recuerda.

“No somos monstruos”, matiza. Y agrega que solo son personas que en la lotería de la vida han tenido la desgracia de llevarse un amargo premio, porque explica que su conducta no era la más segura, era toxicómano, pero hoy en día se siguen asumiendo riesgos, por ejemplo en las relaciones sexuales sin protección, por lo que se exponen quienes se arriesgan, que no son pocos.

Todo el mundo sabe que se puede toser y no se va a contagiar a nadie, igual que se puede llorar, abrazar o besar, pero aunque ya no “lavan a conciencia” la vajilla que usa, “un poco de rechazo” si reconoce que sigue sintiendo y esto es algo que le cuesta entender.

Poveda es sincero y cuando cuenta su historia no hay tono de reproche, ni siquiera de lamento, “esto es así y hay que aguantarse con lo que se tiene”, al tiempo que reconoce que ahora “si se siente feliz”, aunque ha pasado por etapas en las que sufrió incluso depresión. Su vida no ha sido fácil. Ha vivido en la calle y ha sido víctima de las drogas, pero lleva tres años “desenganchado” de esta adicción, una de las decisiones más importantes que ha tomado, ya que antes, dormía en cualquier acera y miraba al cielo con impotencia ante aguaceros o nevadas y ahora tiene incluso sueños, los de cualquier persona “normal”, una casita pequeña donde vivir tranquilo, “con ese poquito” asegura que se conforma.

Este hombre se describe como alguien “muy alegre, muy vivo” y al que le gusta hacer cosas. Como ejemplo, relata que ha trabajado como cerrajero, soldador e incluso ha hecho un curso de corte y confección, que le permite presumir de que puede “hacer un traje enterito, en un momento”.

 

Un hogar sin “marcar”

Tomás Poveda vive junto con otros 16 compañeros en la Casa de Acogida ‘Samuel’ de Cáritas Salamanca, un centro pionero en Castilla y León que nació hace 17 años con el objetivo de atender a personas afectadas por este virus en los estadios más avanzados y que se encontraban sin recursos ni apoyos familiares. Además, según explica el director del centro Luis Alberto González, surge como un “proyecto educativo” dirigido a la reinserción. 

Sin embargo, en los primeros años, relata, se atendían principalmente las necesidades de salud de los residentes y “se les acompañaba hasta el final de la vida”, con el fin de que tuvieran “una muerte digna”. Tras la aparición de los tratamientos retrovirales de gran alcance en el año 1996, la situación del enfermo evolucionó hasta “cronificarse bastante” y los porcentajes de muertes por esta causa se han reducido considerablemente.

Las personas que llegan a esta casa, a parte de la enfermedad, sufren una situación de exclusión social, problemas con adicciones, son personas sin hogar y en algunos casos con privación de libertades, “fruto de una vida de exclusión”, lo que justifica la existencia de este centro para cubrir sus necesidades básicas y ofrecerles una segunda oportunidad.

Quienes entran en el hogar tienen que haber pasado por un tratamiento para las adicciones y aunque lleven poco tiempo sin consumir, son acogidos y se les ofrece un acompañamiento y actividades para organizar el ocio de forma saludable, como un taller de manualidades, visitas a museos, excursiones o incluso vacaciones en la playa, en función de su salud.

Rodríguez recalca que además centran sus esfuerzos en favorecerles una inserción laboral o como ejemplo cuenta que hay personas de la casa que están realizando talleres de jardinería, informática o cocina e incluso una mujer ha conseguido un trabajo atendiendo a una persona mayor y sus ingresos le permiten dejar el hogar de Cáritas para emprender su vida con independencia.

Sin embargo, denuncia que los avances médicos, que permiten que enfermos a los que se les diagnosticó el VIH hace 10 o 15 años puedan realizar su vida con normalidad, no han ido a la misma velocidad que los avances sociales, ni siquiera a “un 10 por ciento de rápido” y aún sienten el rechazo por parte de la sociedad.

Como anécdota, explica que la primera casa de acogida que tuvieron se conocía como la Casa del Sida y los propios internos propusieron que el nuevo centro se denominara de forma distinta, porque sentían “cierta vergüenza al tener que decir donde vivían” o consideraban que a la hora de solicitar un empleo, esta “marca” les perjudicaría. Son impresiones que están avaladas, primero, por sus propias experiencias, pero el director del centro recuerda que en los estudios al respecto también se refleja esta tendencia al rechazo, porque “un 30 por ciento de las personas aseguran que no se sentirían cómodos o que no trabajarían con una persona con VIH”, y ese porcentaje es solo “de quien lo dice abiertamente”.

 

Retos ante el futuro

Los profesionales de este centro se han encargado de recabar las demandas de los afectados por esta enfermedad de cara al futuro y tras deliberar al respecto, consideran como un reto importante el “erradicar la discriminación”, en todos los ámbitos y muy especialmente en el laboral, para permitirles desarrollarse de forma personal. Para ello, consideran necesario “cambiar la catalogación” de la enfermedad y que en vez de considerarse “infecto contagiosa”, se la denomine “infecto transmisible”, debido a que de este modo la sociedad no pensaría que se puede coger igual que “la gripe, por un estornudo”.

Otro de los puntos que demandan es que se incremente la cuantía de las pensiones no contributivas o que se cumplan los objetivos del milenio con respecto a esta enfermedad, como son que se reduzca su propagación y que se facilite el acceso a los tratamientos en todos los países.

Por último, solicitan que con la crisis económica, no se produzcan recortes en investigación para llegar a vacunas o curas, en programas preventivos y para hogares como el que les acoge en Salamanca. De hecho, Rodríguez detalla que el mantenimiento de este centro supuso el pasado año un total de 391.574 euros, que fueron financiadas por subvenciones del IRPF, la colaboración del Ayuntamiento de Salamanca y el resto se financia con aportaciones privadas de Cáritas.

Por último, el director de la Casa ‘Samuel’, advierte de que la sociedad está “perdiendo el miedo” a contagiar la enfermedad y existe una “falta de percepción de riesgo”, unido a una “cierta desaparición” del sida, que está asociada a la idea de que ya no es “tan mortal”, sobre todo en los países occidentales.

 

El sida en Castilla y León

Según datos del Registro Regional de Sida de la Junta de Castilla y León, el número de casos acumulados asciende a 2.946, mientras que la tasa de incidencia acumulada asciende a 1.151 casos por millón de habitantes y hay una tasa de incidencia anual en 2008 de 14 por millón de habitantes, de 24,3 en 2009 y 10,8 en 2010.

Aunque los datos reflejan que los números de nuevos casos estaban disminuyendo, esta tendencia se frenó en el año 2008, ya que se pasó de los 35 registrados en ese periodo a los 61 de 2009. En relación a la afectación por sexos, el 78,4 por ciento de los casos son hombres, frente al 21,6 por ciento de las mujeres.

En cuanto al comportamiento de riesgo más frecuente, los datos del registro recogen que en primer lugar están los usuarios de drogas intravenosas, con un 65,8 por ciento, seguidos de la transmisión heterosexual y homosexual, con un 18,3 y 7,1 por ciento, respectivamente.

Sin embargo, la tendencia de los últimos años permite afirmar que la epidemia de sida puede considerarse como una enfermedad de transmisión sexual, ya que mientras se ha pasado de un 72 por ciento de afectados en 1996 por el intercambio de jeringuillas a un 25,9 por ciento en 2010, las cifras de las transmisiones por mantener relaciones sexuales sin protección se han ido incrementando paulatinamente.