La visita de la Princesa Doña Letizia provocó que el casco histórico de Zamora quedase acorazado, aunque menos que el pasado mes de enero, cuando la XXIV Cumbre Hispano-Portuguesa cerró a cal y canto el centro la capital zamorana ante la pléyade de altos cargos políticos de Portugal y España que allí se dieron cita. En esta ocasión, ni siquiera hubo quejas por los tradicionales barridos de frecuencia que, en aras de la seguridad a ultranza, tanto suelen desesperar a los profanos cuando intentan utilizar sin éxito ciertos aparatos electrónicos.

Ante la sempiterna expectación que suele despertar todo lo relativo a la Corona y, en especial, lo que se refiere a Doña Letizia, resultó extraño que la plaza de la Catedral y los jardines del Castillo Medieval no estuvieran atestados de curiosos desde primeras horas de la mañana. Dos horas antes de la llegada de la comitiva, hacia las nueve y media, apenas había un par de mujeres haciendo guardia junto a las vallas que acotaban la plaza presidida por la cúpula gallonada.

En cualquier caso, unas 600 personas dejaron por una hora sus quehaceres diarios para intentar ver de cerca a la Princesa y a su séquito de representantes institucionales, políticos, empresariales y culturales inaugurar oficialmente el Castillo Medieval de Zamora. De hecho, la organización reaccionó con rapidez moviendo las vallas para estrechar unos metros el amplio pasillo por el que la Princesa de Asturias iba a acceder a los jardines del Castillo y, de esa manera, concentrar más a los presentes.

La llegada de Doña Letizia a la plaza de la Catedral fue saludada con vítores y aplausos mientras el presidente de la Junta de Castilla y León, Juan Vicente Herrera, y la alcaldesa de Zamora, recibían a Su Alteza Real.

¡Princesa!”, “¡Guapa!” gritaba al unísono con vehemencia un grupo de mujeres ávidas de saludos reales desde el otro lado de la valla, viendo con envidia que las de enfrente sí podían gozar de la cercanía de Su Alteza Real. “Letizia, mira para acá!”, gritaron, más confiadas, siempre en aras de la cercanía y la ruptura del protocolo que tantas simpatías hacia la Corona han despertado desde tiempo inmemorial. Las mismas damas que pedían ese saludo habían expresado pocos minutos antes su curiosidad morbosa por el peso, la estatura y otras medidas de la Princesa, además, como no podía ser de otra forma, de la inquietud ante el modelo que llevaría para la ocasión.

En este caso, Doña Letizia vestía un pantalón de cuadros en tonos grises -tipo Príncipe de Gales, según puntualizó con ojo técnico una de las señoras-, una chaqueta de color fucsia conjuntada con un fular del mismo color, pero un tono más oscuro, y zapatos abotinados de color topo –Cartier dixit- y con un tacón menos ostensible de lo esperado. “Claro, como no va con Felipe, hoy no le hace falta, mira”, aportaba valiosamente la crítica de marras. Como complemento, Doña Letizia portaba a modo de bandolera un original bolso de piel color marrón chocolate cuya marca no fueron capaces de desentrañar ni las señoras más avezadas, ya que parecían caracteres cirílicos.

Entretanto, el equipo de seguridad de la Casa de Su Majestad El Rey, comúnmente denominada ‘Casa Real’, ya se había desplegado, mirando con detenimiento al público y con recelo a cada representante de los medios de comunicación, y previo examen olfativo de cada bolso, cámara y trípode por parte de un precioso ejemplar de pastor alemán. “Ir (sic) pasando ya, que nos vamos en treinta segundos. Ir por delante de los gráficos. Ir pasando los redactores”, pedía en sucesión y con férrea insistencia en el infinitivo el responsable de la seguridad de Doña Letizia.