Me emocionó con Mystic River, me dejó tocada y hundida con Millon Dollar Baby, aprendí cosas con Banderas de nuestros padres, me entretuve con el Intercambio y me ganó con Gran Torino. Pero con Más allá de la vida, Clint Eastwood me ha aburrido. Soberanamente. Fui el domingo a verla y, tras quedarme sin entradas en el primer intento, pude conseguir dos asientos en la última fila lateral de otra sala que no suelo frecuentar.

Allí estaba yo, dispuesta a saltarme todos los prejuicios que tengo sobre lo sobrenatural, la parapsicología, el más allá, la luz al final del túnel… Pensaba que el mago Clint lo tocaría con su varita y lo convertiría en un espectáculo cinematográfico. Pero lo que encontré en la película Más allá de la vida no fue más que meras intenciones. Muchos caminos abiertos hacia ninguna parte. 3 historias que podrían habernos brindado una reflexión sobre los tabúes en torno a la muerte o la necesidad de saber dónde están aquellos que se fueron. Pero no, todo es una excusa para ofrecernos algunos efectos especiales y encarrilar una historia de amor más que predecible.

Ese “Hereafter” o el “au-delà” que experimenta la protagonista (Cécile de France) es un lugar lleno de luces y sombras, una especie de limbo lleno de pequeñas figuras que se acercan y se desvanecen. Un lugar al que sólo pueden llegar algunas personas vivas que poseen un don especial. Es el caso de George, que lo concibe más bien como una maldición que no le permite llevar una vida normal. Ambos, por razones diferentes han llegado a ver lo que ocurre allí, lo que les espera cuando les llegue su hora. Marcus, sin embargo, busca desesperadamente a alguien que le explique cómo es ese sitio al que han mandado injustamente a su hermano gemelo. Necesita saber que está bien.

Estas tres historias, que se entrelazan a lo largo de 2 horas de metraje, carecen, en mi humilde opinión, de la fuerza necesaria para sostener el relato. No empatizo con ninguno de los personajes, de hecho, llegué a odiar a la chica jovencita que sólo sabe reírse de todo. No me creo la historia de amor de la francesa, ni siento lástima por un hombre que tiene el don de contactar con los muertos. La única historia potente y los únicos personajes con los que me identifico son el niño y su madre, que tratan de alcanzar una vida mejor al tiempo que saldan deudas con los del más allá.

Tampoco creo que Mat Damon brille en este largometraje. Clint Eastwood ha vuelto a confiar en él un papel protagonista, como ya hizo en su anterior película, Invictus, pero el de Más allá de la vida no es un personaje de esos que exige el 200% de un actor. Lindsey Marshal (madre de Marcus, alcohólica en rehabilitación) es la que más destaca. Quizás por la carga dramática de su personaje o porque es la historia con más fuerza. En esta película Clint ha decidido no trabajar como actor y eso siempre le resta puntos.

Clint Eastwood es uno de los actores y directores más prolíficos del séptimo arte y puede presumir de haber creado obras de arte en los dos terrenos. Es un maestro dirigiendo actores, creando personajes y generando tensión. Se mueve como pez en el agua en los rodajes y , según me contó una vez John Carlin (escritor de la novela que Clint Eastwood adaptó en Invitus), dirige apenas sin hablar, sin gritar ACCIÓN! sino susurrando un: “adelante”. Conoce el lenguaje cinematográfico a la perfección y se atreve a hacer las películas que le interesan. En este caso una sobre el más allá. Ahí está el verdadero valor de la película. Eastwood hecho lo que ha querido porque puede hacerlo. Porque le respalda el público, la crítica y su conciencia. Él ya lo ha ganado todo y nos ha ganado a todos.

Tiene pendiente el estreno de J. Edgar, el biopic sobre el fundador del FBI. A sus 80 años Clint Eastwood no piensa en retirarse y nosotros sólo podemos celebrar esa decisión.