Graduados para un mundo que ya no existe

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Toda una etapa que se marcha en un suspiro. No se va, pero pasa. Aunque todo lo que conlleva queda petrificado en los recuerdos, en los amigos que nos llevamos y en esas compañías que, sin haber formado parte de nuestro círculo más cercano, terminan siendo inolvidables. Hay quien incluso se lleva a su primer amor y a personas que, aunque no compartan genética, terminan convirtiéndose en familia.

Esta es una época frenética de graduaciones. Una época de vestidos, trajes y de dolores en los pies por toda una ceremonia con zapatos incomodísimos. Una vez oí a alguien comparar la carrera universitaria precisamente con eso: con unos zapatos preciosos, pero, a menudo, difíciles de llevar. Pisadas que elegimos dar porque creemos convenientes o necesarias para seguir avanzando, pero con frecuencia nos dejan los pies llenos de ampollas y rozaduras. Eso es la universidad: años de avance y de vida, pero también de momentos de tormento y de algún que otro traspiés.

Miles de jóvenes cierran estos días una etapa en universidades de toda España. Las fotografías, los abrazos y las celebraciones transmiten la sensación de una meta alcanzada. Sin embargo, detrás de muchas de esas sonrisas también se esconde una pregunta incómoda: ¿ha estado la universidad a la altura de las expectativas que generó?

Amigos, buenos recuerdos… sí. La vida universitaria tiene esos componentes, pero la receta también está aliñada con un montón de dudas y disgustos hacia las instituciones que deberían ser referentes en la enseñanza. De eso no se habla en los discursos ceremoniales, eso no queda reflejado en la orla, ni se materializa en la beca o en el diploma.

En muchos alumnos existe un sentimiento de frustración por sentir que la formación «de sus sueños» tiene más decepciones que virtudes. Asignaturas que se repiten aunque lleven distinto nombre, formaciones teóricas muy densas en vez de apostar por contenidos prácticos útiles, programas que no se adaptan a los nuevos requerimientos de un mundo que avanza más rápido de lo que nos gustaría. En un mercado laboral que exige competencias digitales, capacidad de adaptación y experiencia práctica, muchos estudiantes sienten que parte de su formación sigue respondiendo a una realidad que ya no existe.

La universidad es un avance, sí. Un paso necesario para ciertos sectores laborales, algo por lo que hay que pasar para dedicarnos a eso a lo que aspiramos; pero hay quien termina esta etapa con cierta sensación de atraso: contenidos desactualizados, profesores que siguen anclados a los mismos métodos de enseñanza que recibieron en el siglo pasado… Dentro de las aulas muchos docentes comparten esta misma visión: «nos estamos quedando atrás». No son solo quejas de los alumnos. Es una visión compartida. Detrás de muchas de esas fotografías de graduados y graduadas también existe un cierto descontento hacia una universidad que, al menos en determinadas titulaciones, no siempre logra responder a las necesidades formativas del presente.

Quizá por eso las graduaciones son momentos tan contradictorios. Se celebra lo conseguido, pero también se despide una etapa que no siempre ha cumplido las expectativas. Los estudiantes se marchan con amistades para toda la vida, con experiencias irrepetibles y con una formación que les abrirá puertas (o que al menos debería). Pero también con la sensación de que la universidad, como institución, tiene pendiente una asignatura fundamental: prepararse no para el mundo que viene, sino para el mundo que ya existe.

Muchos graduados lo son para un mundo que ya no existe, para una realidad que existía cuando muchos de los planes de estudio fueron diseñados, pero que ahora ha mutado.

Felicidades, graduados. No dejéis nunca de ser críticos con la formación que queréis y merecéis.

Noelia Garrido Noelia Garrido

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