A punto de cumplirse ya tres meses desde la puesta en marcha del programa ‘Segovia Barroca’, cada semana van concluyendo unas actividades y dándose la bienvenida a otras. Entre las que inician: la música. Esta temática, que ya se había incorporado al programa con la presentación del doble CD dedicado al compositor Cristóbal Galán, vuelve ahora con nuevo formato, recordando la presencia en La Granja de San Ildefonso de la gran figura del canto en el siglo XVIII, Carlo María Broschi, ‘Farinelli’ (1705-1782), el más famoso ‘castrato’ de la Europa de entonces.

‘Farinelli, la voz de los ángeles’ es el título del recital que la Obra Social y Cultural de Caja Segovia pondrá en escena por primera vez en el Centro Los Molinos de Segovia el próximo sábado, 23 de julio a las 22:00 horas, espectáculo que cuenta con la colaboración de la Fundación Haiac; la entrada será gratuita y el aforo limitado. El contratenor Parfait Ekani, acompañado al piano por Alicia Maroto, interpretarán obras compuestas específicamente para estas voces de castrati por compositores tan importantes como Handel, Henry Purcell, Nicola Porpora o Ricardo Broschi.

 

Los Castrati y Farinelli

El Barroco fue la época que coincidió con el esplendor de los ‘castrati’, cantantes masculinos castrados en su infancia para que conservaran toda su vida la aguda voz infantil, encarnando sobre todo papeles femeninos. Estos personajes comenzaron a hacer su aparición en las iglesias tras la prohibición de Pablo IV de que las mujeres cantaran en San Pedro. Tal prohibición se basaba en una curiosa interpretación de palabras de San Pablo «las mujeres deben mantener silencio en la iglesia». Tiempo después la medida se extendió también a los teatros de los estados pontificios donde se consideró inadmisible la presencia de mujeres en los escenarios y así muchos de estos notables cantantes de voz «angelical» lograron la admiración del público y colosales fortunas personales interpretando según el caso, tanto roles masculinos como femeninos.

Dicen de Farinelli que su voz era potente y ágil y de un timbre bellísimo, una extensión increíble y una capacidad torácica extraordinaria, lo que le permitía exhibir una técnica virtuosísima como nunca jamás se ha podido escuchar. Dotado de cultura, simpatía y distinción, tuvo la amistad y protección de reyes, emperadores y del mismo Papa. La prodigiosa voz de Farinelli pudo escucharse en teatros y cortes de Italia, Francia, Austria e Inglaterra, llegando al Real Sitio segoviano en agosto de 1737, en la cumbre de su carrera. Venía llamado por la propia reina Isabel de Farnesio, alarmada por la grave crisis depresiva de Felipe V, poniendo sus esperanzas en la creencia -muy extendida en la época- de los efectos benéficos de la música sobre las afecciones anímicas. La curación ansiada por la reina se produciría de hecho una tarde en el Palacio de La Granja, cuando la portentosa voz de Farinelli hizo salir de su letargo al monarca, convirtiéndose desde entonces en una imprescindible y cotidiana terapia; tanto fue así, que los reyes se esforzaron en retenerle en España a base de generosas remuneraciones, regalos y títulos, hasta el punto de hacerle incumplir los compromisos que había adquirido con la Ópera de Londres, dando lugar a un curioso conflicto diplomático.

Pero este retiro dorado de los grandes escenarios tenía para Farinelli algunas particularidades: había de acomodarse a los extraños horarios del rey, aquejado de insomnio desde su estancia en Sevilla, actuando desde media noche hasta el amanecer; ésta debió de ser la tónica habitual de los nueve años que sirvió a Felipe V. A esta tarea se sumaban los espectáculos teatrales que ocupaban las tardes del rey en La Granja o en otros palacios reales, las actuaciones y la organización de eventos especiales y fiestas en fechas y actos señalados (caso de las bodas de los infantes Felipe y María Teresa), etc. El rey lo compensó con su amistad y confianza hasta el punto -se dice- de cogobernar España. Su sucesor, Fernando VI, se apresuró a imponerle la Cruz de Calatrava -un honor reservado a la nobleza-, encomendándole la empresa teatral del Coliseo del Buen Retiro, un auténtico mito musical europeo, testigo de los esplendores líricos de la Corte.

Los años en la España de los nuevos reyes serán para Farinelli los de mayor gloria. Tras el ascenso al trono de Carlos III, poco amante de la música, nuestro protagonista volverá a Italia, estableciéndose con su gran fortuna en Bolonia.