Nos fuimos convirtiendo en humanos cuando abandonamos los caminos trillados de la selección natural y nos enfrentamos, desnudos pero asociados, a crear nuestras propias veredas contra la espesura de los bosques. Esas creaciones constituyen la Cultura: los saberes acumulados, las iniciativas novedosas, las instituciones asentadas, todo lo que, desvalidos de la seguridad de la determinación genética, nos permite enfrentarnos a nuestra realidad enmarañada y crecer, cultivarnos – por aprovechar la etimología-.

Esa es su función. Algo así sostenía el funcionalismo de Malinowski. ¿Pero con qué nos enfrentamos, hacia dónde caminamos? No nos sirve ya sobrevivir, ni salvaguardar la especie. Nuestras necesidades se han transfigurado: aspiramos a ser felices. Y nos hemos hecho adultos: sabemos que nuestra felicidad se construye en sociedad, con los otros; por eso exigimos que se reconozcan nuestros derechos, nuestra dignidad y nos comprometemos con los derechos y la dignidad de los otros. He aquí donde se funda la ética: en la construcción y el reconocimiento mutuo de derechos y el compromiso que en ello adquirimos ; no en el deber moral de Kant o los distintos deberes de las distintas morales particularistas que en el mundo han sido y son. Esta es la más grande construcción de la inteligencia creadora del hombre, según Marina; el más alto escalón de la Cultura.

Por eso, en un tiempo y un mundo en que, lejos de profundizar en los derechos, permitimos que sean mermados y que una inmensidad de nuestros congéneres vivan privados de los más mínimos, las creaciones culturales tendrán tanto más valor cuanto más nos hagan conscientes de ello y más contribuyan a que nos pongamos manos a la obra. Permíteme, Ana, haber entendido ese mensaje en tu trabajo y permítanme reivindicar esa misión para la Cultura.

“Peñal de Ocaña” nos muestra a una mujer joven, profundamente creyente, estudiante de letras en el Madrid desbaratado por la guerra; nos muestra una a la vez emocional y consciente determinación por la vida, por todas la vidas, por todos los hombres. No hay ni el más mínimo rastro de partidismo, de bandismo o de alistamiento a una causa frente a otra. El único alistamiento es a la vida: a la propia vida de la protagonista que decide no huir y asumir su espacio y su tiempo con todo el alma y a la vida de los demás, a los que dedica cada noche y después también cada día como enfermera voluntaria en hospitales igualmente trastocados por la guerra.

“Se sorprenden de que sufra y llore por cada hombre herido que llega y que me desespere por cada vida que se pierde, cuando cada día caen a cientos en el frente o bajo los obuses, pero no puedo sino llorar y rezar por cada uno de ellos”. Espero haber recogido el espíritu de ese compromiso vital y moral, aunque no recuerde literalmente la frase. La protagonista no renuncia a ese compromiso ni en las más adversas circunstancias y solo deserta de la tarea concreta que le asignan cuando la tratan de vincular al servicio de un bando y no del hombre.

Y todo ello con un montaje teatral sencillo, pero cuidado al detalle, con un preciosismo estético y una intensidad emocional capaces de mantener, junto a la tensión intelectual del contenido y el mensaje, un nudo en la garganta y otro en el corazón.