Corchea se queda en silencio para siempre

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A veces creemos que las ciudades permanecen intactas, como si el tiempo pasara de largo por sus calles. Pero no. Cambian, se transforman… y, de vez en cuando, también se despiden de lugares que formaron parte de su identidad. Hoy Segovia ha perdido algo más que un edificio.

Esta mañana hemos visto caer el antiguo edificio de Corchea. Durante años llevaba cerrado, en silencio, casi olvidado. Pero no por ello había dejado de ser importante. Porque Corchea no era solo una tienda de música: era un refugio. Un lugar donde todo olía a madera, a partituras, a ilusión. Donde muchos empezaron a escucharse de otra manera. Para mí lo fue.

Recuerdo perfectamente aquella primera vez. Entré de la mano de mis padres y de mi hermana y salí con algo que, entonces, era casi un tesoro: mi bandurria. Yo apenas tenía siete años. No tenía oído ni técnica —ahora tampoco—, pero sí una emoción inmensa. Antes de eso, tocaba un laúd prestado, enorme entre mis pequeñas manos, y soñaba con poder sacar de él las canciones que escuchaba en casa.

Había una en especial, la que cantaba —y me sigue cantando— mi padre, que yo intentaba repetir una y otra vez: Cielito lindo. No siempre afinaba. Casi nunca, seguramente. Pero daba igual. Ensayaba con esa mezcla de torpeza e ilusión que solo se tiene cuando todo está por descubrir.

Luego vinieron los pequeños pasos. En un cumpleaños cambiamos allí la funda de tela escocesa por una rígida, casi profesional. Allí compré mi primera púa con las propinas de mi abuelo. Algún libro de música… Detalles mínimos que entonces lo eran todo, porque cada regalo tenía un momento, y también un esfuerzo. Mi carrera musical prosperó poco, como aquel lugar mágico, cuyas puertas se cerraron para siempre años después.

Hoy, al ver cómo ese espacio desaparecía físicamente, he sentido un pellizco inesperado. Porque hay lugares que, aunque lleven tiempo cerrados, siguen vivos en la memoria de quienes los habitaron. El edificio ya no está. Pronto tendrá otra vida.

Ahora ha quedado en silencio… pero quién sabe si, algún día, sus nuevos habitantes harán que la música regrese a la Plaza de los Huertos. Ojalá que sí.

María Coco Hernando.

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