Una sonrisa detrás de la batalla

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Ayer se celebró el Día Internacional de la Enfermería, una jornada que reivindica algo que debería reconocerse cada día del año: el papel imprescindible de los enfermeros y enfermeras en nuestra sociedad.

En la fotografía aparece sonriente una enfermera del Hospital General de Segovia. Llama la atención porque esa imagen se enmarca después pero cerca de uno de los episodios más duros y dolorosos de los últimos años: la pandemia del coronavirus. Un tiempo marcado por la incertidumbre, el miedo y la pérdida. Un tiempo que tuvo protagonistas claros: los sanitarios.

Entre ellos, los enfermeros y enfermeras. Los que cuidan, sostienen y acompañan. Los que crean un vínculo único con los pacientes. Los que, lejos de los focos, son una pieza fundamental para mantener en pie el sistema sanitario. Y aun así, ahí está ella: sonriendo. Después de jornadas interminables, del cansancio físico y emocional, de convivir diariamente con el sufrimiento. Su sonrisa no es casualidad; es vocación. Porque saben que cuidar también es sanar y que su trabajo salva.

Soy hija de una enfermera y desde pequeña he tenido claro que para dedicarse a esto hay que «estar hecho de otra pasta». Hay que saber estar cuando más te necesitan. Nunca se puede mirar para otro lado. Hay que soportar la presión, el agotamiento y la impotencia. No todo sale bien siempre, y ellos lo saben mejor que nadie. La enfermedad y la pérdida forman parte de su día a día. No son máquinas, no pueden estar siempre al cien por cien, pero aun así siguen adelante, arrimando el hombro y afrontando cada situación de la mejor manera posible.

Cuando algo falla, actúan. Quedarse quietos no es una opción. Muchas cosas pueden aprenderse, pero la vocación no se enseña. Y la enfermería tiene muchísimo de eso: de entrega, de humanidad y de dedicación.

Recuerdo las noches de espera en casa, junto a mi padre y mi hermana, aguardando a que mi madre regresara del hospital en los días de la pandemia. Salía del coche llorando, derrumbada. «No estábamos preparados para esto», confesaba. «No puedo más», lamentaba. Y, sin embargo, al día siguiente volvía a ponerse el uniforme y regresaba al hospital con el mismo valor de siempre. Porque, aunque sabía que en aquella batalla contra el coronavirus habría frentes perdidos, sentía que tenía que estar allí. Pero, sobre todo, quería estar allí. Porque no se imaginaba haciendo otra cosa que no fuera cuidar. Eso son los enfermeros y enfermeras: personas capaces de mantenerse firmes incluso cuando el viento sopla más fuerte.

Lo más admirable es que esta profesión no termina al salir del hospital, del centro de salud o de una residencia. Recuerdo a mi madre atendiendo a amigos y vecinos en cualquier lugar: en casa, en el parque o en una calle del pueblo. También pienso en mis amigos enfermeros, siempre dispuestos a responder una duda, a tranquilizar o a ayudar si surge algún asunto de salud. Siempre encuentran un hueco para los pacientes, pero también para quienes les rodeamos.

Y qué decir de mi tía y de mi primo. Resulta admirable escuchar cómo hablan de su trabajo con cansancio y frustración por tantas reivindicaciones aún pendientes, pero también con el orgullo y la satisfacción de dedicarse a aquello que realmente aman. Hoy, más que nunca, me acuerdo de vosotros.

Sé que llego un día tarde, porque el Día Internacional de la Enfermería fue ayer, pero vuestro trabajo merece reconocimiento los 365 días del año. Así que gracias. Y feliz día, enfermeros y enfermeras. Hoy y siempre.

Noelia Garrido Noelia Garrido

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