David Pinillos (Segovia, 1974) ha trabajado como montador para Álex de la Iglesia, David Planell o Álvaro Fernández Armero, entre otros, y en la última edición de los Goya recibió una candidatura por su labor en ‘Gordos’, de Daniel Sánchez Arévalo. En primavera arrasó en el Festival de Málaga, cuando su debut como director, ‘Bon appétit’, se alzó la Biznaga de Plata, el premio al mejor actor y una mención a la actriz, el galardón al mejor guión y el reconocimiento del jurado joven. Este domingo presenta en la Seminci su ópera prima dentro de Spanish Cinema, y el próximo 12 de noviembre llegará a las salas españolas de todo el país. De cómo el cine se convirtió en uno de los motores de su vida habla en esta entrevista con Ical.

 

¿Cuándo comenzó a notar el veneno del cine?

Si te digo la verdad casi ni me acuerdo, porque desde pequeño estaba ahí. Lo tenía inoculado (ríe). En mi casa siempre se ha visto mucho cine, y teníamos la suerte de que el mejor amigo de mi padre era proyeccionista en el Cine Cervantes de Segovia; desde muy pequeño hasta que cerró el cine tenía prácticamente libre acceso y constantemente veía películas. En casa siempre tuve mucha ansia y mucha hambre de cine. Como decía Truffaut, a base de ver películas como espectador, me entraron ganas de hacerlas.

 

Como Antoine Doinel, podría decirse que su educación sentimental llegó de la mano del cine.

Siempre he vivido una conexión bastante emocional con el cine. Para mí ha sido una herramienta para expresarme desde que, con 16 ó 17 años, empecé a escribir cosas para luego a rodarlas con mis amigos. Hice varios cortos en vídeo, también hacía teatro… Siempre cerca de este mundo pero no desde la industria, sino desde la periferia, siempre desde la curiosidad, la inquietud y el autoaprendizaje.

 

¿Cuándo saló de Segovia para llegar a Madrid?

Llegué a Madrid en el 98 para estudiar en la escuela de cine. Hice las pruebas de acceso en la ECAM y entré en Montaje porque era un terreno que siempre me había interesado. Cuando grababa cortos con mis amigos, la parte del proceso donde me sentía más cómodo para contar historias era el montaje, era donde pensaba podría aprender más sobre el lenguaje cinematográfico. Para mí el montaje resume muy bien todo lo que tiene que ver con el lenguaje, la planificación, la puesta en escena… Y también la interpretación, porque es fundamental para elegir tomas, apreciar matices, aprender qué está bien y mal en una actuación. Llegué al montaje de una forma natural e instintiva, y es una de mis grandes pasiones en el cine.

 

¿Se escapa a Segovia en cuanto puede?

Sí, mucho. Tengo familia y amigos, y Segovia me da estabilidad. Es un sitio donde me siento muy protegido, donde puedo volver a ser el David de hace quince años. Segovia me da mucha tranquilidad, es un sitio que me orienta. Como se suele decir, la infancia es nuestra patria, y yo tengo ahí ese espacio que no tiene nada que ver con mi oficio, y que me permite saber dónde estoy y quién soy.

 

Además de presentar su película en la Seminci, forma parte del jurado de Castilla y León en Corto. ¿Qué falta en la Comunidad para dar un empujón a los profesionales del audiovisual?

Para dedicarte al audiovisual, en el caso de Segovia, es imprescindible salir de allí. Eso es un problema que por el momento no se ha solucionado. No se trata de crear una industria, porque a nivel nacional tampoco existe como tal, pero por ejemplo yo envidio apuestas como las que hay en Galicia, Euskadi, Cataluña, Andalucía o incluso Castilla-La Mancha, donde se fomenta el tejido industrial con subvenciones a cortos y demás. Eso, a medio plazo, hace que haya más gente que se quiera dedicar a ello y que se acaba quedando en el sitio de donde procede, Castilla y León en este caso. Parece que la Seminci se está relanzando, que este año el festival ha despertado mayor expectación, y eso es bueno. Cada vez hay más cineastas de la región, como Isabel de Ocampo, y más técnicos; al final la cara visible es el director, pero detrás hay un montón de gente que también se dedica a esto y que está en la retaguardia, y ellos son los que permiten realmente crecer a la industria. En mi opinión falta un poco más de apoyo a ese tejido, y que esas ayudas no sean para simplemente ir, rodar, y volverte a marchar.

 

No en vano en la Comunidad se han rodado desde súper producciones como ‘El laberinto del fauno’ hasta películas independientes de escaso presupuesto.

Desde ‘Doctor Zhivago’ o ‘La caída del imperio romano’ hasta películas pequeñitas, es cierto. Realmente Castilla y León es un plató de cine con muchísimas posibilidades, que se sale de estereotipos como el ‘Madrid urbano’ y el ‘sur folclórico español’. Puede aportar otros matices que enriquezcan tu historia. Tenemos muchísimas posibilidades para utilizar lugares como lo que realmente son, pero también de transformarlos en otros espacios. Una de las cosas de las que me quedé con ganas en ‘Bon appétit’ fue de haber podido rodar alguna parte en Segovia, pero no pudo ser. A ver si en la próxima…

 

De todos modos no se puede quejar, porque rodó su película en tres países, con localizaciones en Zúrich, Bilbao y Múnich, y con parte del reparto extranjero. ¿Fue complicado articular todos esos elementos?

Desde el principio queríamos que ‘Bon appétit’ fuera una película europea pero no un ‘europudding’. Hemos trabajado juntos técnicos ingleses, franceses, suizos, italianos y alemanes, con actores alemanes, italianos o españoles, y la posproducción se hizo en Berlín, Zúrich, Madrid, Bilbao o Roma. No es que nos lo impusiesen, sino que queríamos hacerlo así, y al final eso acaba reflejado en la película. Era una historia pequeña, de un chaval llamado Dani que se va a trabajar a un restaurante a Suiza persiguiendo su sueño, y que allí encuentra a alguien que mueve sus coordenadas vitales y termina intentando encontrarse a sí mismo. Queríamos llevar a la realidad los personajes y las claves de una comedia romántica, e impregnar la historia de honestidad y verdad, que ha dado como resultado una especie de ‘realismo romántico’.

 

El estreno de la película será casi simultáneo en España, Alemania, Suiza e Italia. ¿Por qué le cuesta tanto al cine español salir de sus fronteras?

Soy un privilegiado, pero tampoco creo que al cine español le cueste tanto salir. Por ejemplo, el cine de terror español es un paradigma en ese sentido, y están los clásicos ejemplos de Almodóvar o actores con proyección internacional, pero sí es verdad que tal vez la película estándar española sólo se ve fuera en festivales y que, por el tipo de producción con que se plantean, están más destinadas al mercado local. Yo creo que en la época que vivimos, hay que pensar por supuesto en la gente de aquí, pero sin olvidar que es necesario sacar las películas afuera y conectarnos con otros mercados.

Momento del rodaje de la película «Bon Appétit».

 

¿Cuándo comenzó a darle vueltas a la historia de ‘Bon appétit’?

Después de rodar mi corto ‘Dolly’ con Morena Films, Pedro Uriel me contó que tenían en mente desarrollar un proyecto internacional, y me pidió que les propusiera una idea. Como sucedía en el corto, pensé en una historia sobre alguien que se busca a sí mismo y que, por encima de todo, es fiel a lo que siente. La idea de alguien que emprende un viaje iniciático y se encuentra así mismo me parece algo muy clásico e interesente. Ejemplifica a buena parte de la gente de mi edad, con entre 20 y treinta y tantos años, que cree tener muy claro todo y de repente se encuentra con algo que le sorprende y le hace replantearte tus coordenadas vitales. Me interesaba mucho contar eso, y en ‘Bon appétit’ encontré el soporte para hacerlo.

 

¿Por qué decidió ambientar la historia en el mundo de la cocina?

Es un proyecto en el que hemos trabajado cuatro años, y que ha requerido su tiempo de maduración, sobre todo al ser una coproducción internacional. Me interesaba el mundo de la cocina porque, a parte de que por cuestiones familiares siempre ha formado parte de mi entorno, pensé que el protagonista tenía que tener algo que le apasionase, y la cocina es un mundo muy duro que te tiene que apasionar, como puede suceder también en la música o el cine.

 

¿Cómo ha sido el trabajo con los actores?

Cuando le decía a la gente de mi entorno que iba a rodar una película, al ser un montador, todo el mundo pensaba que sería una película muy técnica, con una planificación muy rígida y formal, y cuando les decía que pensaba apostar por los actores todos se sorprendían. Tanto Nora como Unax, que son los protagonistas, han sido mis dos grandes aliados en el rodaje. Tuvimos casi tres semanas de ensayo ajustando y cambiando cosas del guión porque me parecía que la química era esencial en la película. No es una historia de cocina, es una historia de amor; y la conexión entre los dos personajes era fundamental. Yo sembré mucha confianza en ellos y me devolvieron todo eso multiplicado.

 

Pese a ser su primera película, arrasó en el Festival de Málaga. Aquello tuvo que ser un gran espaldarazo.

Yo estaba muy muy nervioso antes de estrenar en Málaga, porque siempre estás nervioso por cómo la puede recibir el público, porque es una película donde los sentimientos están por encima de todo. Es una película muy de amor, y vivimos una época en la que existen muchas comedias románticas, pero apenas hay películas de amor. Y encima queríamos intentar pegar eso a la realidad, a lo cotidiano. Era una apuesta a tumba abierta muy silenciosa y no sabía si iba a funcionar o no, pero tanto la crítica como el público y el jurado nos dieron un recibimiento increíble. La experiencia me sirvió para ver que aquello que quería contar había llegado y había emocionado.

 

Y dentro de nada llega a las salas. Supongo que estará expectante.

Sí, a ver qué tal va todo. La lucha es grande para conseguir que vayan a ver tu trabajo, pero yo estoy muy contento con la película y creo que a la gente le puede llegar. Vivimos una época de crisis, pero el amor lo padecemos en las situaciones más adversas y favorables de nuestra vida, y no conoce de clases sociales. Es muy democrático, todos lo disfrutamos pero todos lo padecemos, y eso es lo que cuenta la película.

 

El éxito en Málaga llegó tras su primera nominación al Goya por el montaje de ‘Gordos’, de Daniel Sánchez Arévalo. ¿Está viviendo un año muy especial?

La verdad es que ha sido un año con un montón de cosas buenas en lo profesional. Luego ha habido cosas en mi vida que me han movido mucho y que me han situado en la realidad, y eso te hace reflexionar sobre todo lo que ocurre. Lo de los Goya fue fantástico, y monté ‘Gordos’ en un momento muy especial de mi vida; además Daniel y yo nos hemos convertido en buenos amigos, y aparte de la nominación al montaje la película recibió candidaturas para todos los actores, y nuestra apuesta había ido fundamentalmente por ahí, así que fue una recompensa doble para mí. A ese nivel ha sido un año espectacular.

 

¿Qué proyectos maneja en estos momentos?

Hace apenas una semana he terminado de montar ‘Primos’, la nueva película de Daniel Sánchez Arévalo, y me acaban de ofrecer otro proyecto como montador que tendré que sopesar, porque estoy desarrollando un guión nuevo. Estoy creando una primera versión solo, y luego probablemente lo intentaré contrastar con alguien más, porque creo que el cine siempre es colaboración. Por ejemplo ‘Bon appétit’ no la monté yo, sino Fernando Franco, que me parece uno de los mejores montadores del país y que entendía perfectamente la película. Nos conocemos desde hace mucho tiempo y él le dio la visión de alguien ajeno que, conociéndote y conociendo lo que quieres contar, reelabora eso para que lo fundamental no se pierda y te ofrece una nueva perspectiva. Creo que esta historia en la que estoy metido ahora mismo es bastante especial para mí y que también puede serlo para la gente que vaya a verla.

 

A la vez sigue dando clases de Montaje en la ECAM. ¿Qué le aporta estar en contacto con gente aún más joven que llega por primera vez al oficio?

Entiendo esto como un viaje de ida y vuelta. Yo les puedo explicar mi experiencia, que es bastante amplia, pero a la vez les puedo ofrecer cercanía, por edad y porque, como ellos, he salido de allí. Eso genera muchísima confianza en ambas direcciones. Por otro lado, ellos a mí me aportan riesgo, al tener que exponerme y argumentar decisiones que he tomado en mi trabajo. Me hace reflexionar sobre mi oficio, lo que es el cine y dónde estamos, y eso me aporta muchísimo. Y creo que intentar compartir todo lo que sabes es positivo para intentar que el cine español sea cada vez mejor.