La red social…¡Me gusta!

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Debería haber una aplicación en el Facebook para ¡Me encanta! Porque eso es lo que pienso de la película de David Fincher. Las expectativas ya eran altas. Iba al cine como un niño que tiene 50 céntimos para gastarse en chucherías. Yo tenía 7 euros y sabía que La red social era la mejor inversión.

Elegí una sala pequeña, una sesión poco abarrotada y, por supuesto, versión original. En el primer diálogo ya me habían ganado. Una escena de unos 5 minutos en el que se describe perfectamente al protagonista, Mark Zukerberg, el multimillonario más joven del mundo. Un chico de 26 años que aparece en la lista Forbes y ha conseguido meter a medio mundo en un ordenador. Pero ¿Cómo ha llegado hasta allí? Empecemos por el principio.

Mark estudiaba informática en la Universidad de Harvard. Era un chaval que se esforzaba en ser popular, atraer a las chicas y ser colega de los chicos. Pero su arrogancia daba al traste con todo. Sólo su compañero de habitación, Eduardo Saverin aguanta su envidia y sus salidas de tono y no tardas en darte cuenta de que esa relación no va a terminar bien. En la película Jesse Eisenberg es el culpable de todo. Él consigue que te creas a ese chaval insoportable, ambicioso y envidioso, que se empeña en caerte mal pero sólo llega a darte lástima.

Una idea les abre las puertas de la popularidad, los clubs exclusivos de Harvard, las citas con las chicas más guapas. Una página web les ofrece la posibilidad de saber lo que ocurre en el campus, en las clases a las que no ha ido o en la fiesta a la que no fue invitado. Todo con un simple click. Soltera o con novio? Sólo un click. Amigos o desconocidos? Sólo un clic.

Tan pronto como surge la idea del Facebook (y no fue en la cabeza de Mark), empiezan los problemas. Fincher explica, con ayuda de un montaje increíble, cómo va sucediendo las cosas entre los alumnos de Harvard, los amigos de Mark, los profesores, los abogados… Todo se lía como una madeja.

Los diálogos son largos, rápidos y llenos de datos, no hay un respiro. Cada palabra es necesaria y las bromas, afiladas, llegan sólo para que respires y cojas aire. El guión de Aaron Sorkin es un dignísimo merecedor de la nominación al Oscar y demás galardones. Y de repente “la escena”. Sin venir a cuento, Fincher se regala una pequeña concesión que para mí significa: si, esto lo hago porque me da la gana y porque sé cómo hacerlo.

La película es brillante y te abre los ojos. Te das cuenta de lo mezquino que hay que ser para llegar alto y te demuestra que los buenos se caen del barco, o los tiran para que se hundan sin remisión. Pienso en las veces que actualizo mi perfil, en los amigos que tengo que apenas conozco, en las fotos privadas que le regalé a la red globalizada. Ahora lo pienso fríamente y me da mucho miedo.

 

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