Después de trabajar durante todo el año, los apicultores comienzan en el mes de septiembre la recolección o cata de la miel de brezo. Un proceso fruto de una labor continua y que se puede realizar ‘barriendo’, es decir, con un humador, una rasqueta o levantacuadros y unas alzas o ‘con escapes porter’ que permiten que las colmenas se caten solas. Así lo explicó la vicepresidenta de la Asociación Provincial de Apicultores de Burgos y apicultora profesional en Espinosa de los Monteros (Burgos), Yolanda Martínez.

En esta zona del norte de la provincia burgalesa, que limita con Cantabria, miran al cielo todos los días en busca de un rayo de sol que permita a los apicultores acercarse hasta los colmenares para catar. Y es que este proceso necesita que las abejas, que en los meses de más calor pueden ser hasta 70.000 en una sola colmena entre obreras y zánganos, “no se enfaden ni se vuelvan agresivas”, algo que sucede con las malas temperaturas, que en algunas ocasiones provocan, además, su muerte.

Unas labores que dan como fruto la denominada miel de brezo, conocida no solamente en las zonas de Espinosa y de la Sierra de la Demanda, en la provincia burgalesa sino también en la provincias de Salamanca y en el noreste de Zamora y León. También es un producto que conocen bien en otras comarcas que se asientan sobre suelos siliceos de varias cordilleras de la Comunidad. Además, un estudio de la Universidad de Burgos lo ha catalogado como “excelente” ya que se caracteriza por estar producido por esta flor (brezo) al menos en un 40 por ciento.

A pesar de todo, la vicepresidenta de la asociación burgalesa adelanta que este año la producción será “bastante escasa” y es que en su caso, prevé pasar de los 12.000 kilos del pasado año a 6.000. Aunque no facilita datos oficiales dentro de esta agrupación “encaminada a promover la apicultura y las abejas”, es consciente de que la falta de lluvias de los últimos meses conlleva una disminución de la producción.

Sin embargo, esta misma sequía ha evitado hablar en estos momentos de cata de lo que para Yolanda es el mayor problema de la miel, la humedad. Algo que intentan eliminar las propias abejas cereras con el movimiento de sus alas, encargadas de sellar y poner la cera en los cuadros que más tarde serán trasladados por los apicultores para continuar el proceso de elaboración de la miel.

Según indicó, cada abeja tiene su propia función dentro de la colmena, y es que además de las cereras, “dentro de las nodrizas unas limpian, otras vigilan y otras dan de comer”. Junto a ellas, las ‘pecoreadoras’ trasladan el néctar de las flores en su estomago, lo que permite su maduración gracias a una encima y las abejas obreras, alimentadas de néctar y polen, que están a las órdenes de la abeja reina, que se nutre sólo de jalea real.

De este insecto más alargado y fino que el resto depende la buena o mala producción de una colmena. “Cuanto mejor es una reina más miel va a producir y más crías va a poner”, sentenció esta apicultora, y añadió que “ya en el mes de abril se meten las reinas y si no funcionan se destruyen, al tiempo que se mezclan las abejas en otras colonias para que se refuercen”.

“Las abejas y la naturaleza van a la par, ya que éstas polinizan y el campo se nutre de ellas para poder seguir dando flores y frutales”, subrayó al tiempo que se mostró, quien preocupada por la desaparición del número de abejas por diferentes causas, entre las que destacó “la mala gestión de los propios apicultores, el uso de diferentes sustancias por parte de las empresas y los cambios bruscos de temperatura que hacen que muchas de las abejas que salen fuera de las colmenas no puedan volver”.

 

Del campo a la mesa

La miel de brezo es altamente valorada por el consumidor, sin embargo, en la actualidad los pequeños apicultores de Castilla y León se enfrentan a los grandes productores procedentes de países como China o Argentina, quienes llegan a España con precios más bajos con los que resulta “imposible” competir, según la vicepresidenta de la asociación. Se trata de pequeñas y medianas producciones, en muchos casos realizadas para consumo propio.

Estas explotaciones tienen dos escenarios. El campo, terrenos situados a más de 1.000 metros de altitud y un almacén donde se continúa el proceso de elaboración de este producto tan preciado en los meses de invierno, cuando las gripes y los catarros son más frecuentes. Además, interviene en la elaboración toda la familia. Después de la cata y a medida que ésta se va realizando, Yolanda está acompañada por dos familiares, encargados de exprimir la miel de brezo que ha sido previamente calentada.

Este proceso consiste en sacar con un cuchillo la capa de cera denominada opérculo de manera que el extractor pueda obtener la miel más fácilmente. Tras pasar varios filtros (entre los que se encuentra la centrifugadora) a través de distintas bombas, la miel llega hasta la batidora, donde se decanta y permanece a una temperatura de 25 grados.

Por último, según apunta esta apicultora, “es necesario quitar la espuma que se genera ya que visualmente no es agradable para el consumidor, y además servirá de alimento estimulante para las abejas en primavera”. Una vez concluido, se pasa al envasado de la ‘miel de brezo’ en recipientes más pequeños, algo que Yolanda realiza a medida que se va vendiendo el producto. Así ya está listo para degustar en la mesa este producto cuya producción se inicia meses atrás en zonas montañosas de Castilla y León.