Pedro, el protagonista de ‘Las horas contadas’ (Alfaguara), sabe que tras el verano tendrá que enfrentarse a una delicada operación y siente miedo. Por eso, decide ponerse a escribir, a plasmar en un papel todo lo que pasa por su imaginación. De aquí parte el último libro de José María Merino, nacido en La Coruña en 1941 y afincando en León durante gran parte de su vida, a caballo entre la novela y el relato corto, la realidad y la ficción, la hibridación de géneros y el juego de espejos de la metaliteratura.

 

El miedo a la muerte de Pedro, el protagonista, le sirve para espolear su imaginación y su creatividad. Por muy dramático que parezca acercarse al final, ¿también puede ser una catarsis, una forma de liberación?

Pienso que esa cita imprecisa que tiene con la muerte determina que intente materializar el tiempo que le queda a través de la escritura. A mí me gustaría, si estuviese en su caso, poder hacer lo mismo, pero no lo sé. La muerte es el complemento de la vida [risas], no podemos mirarla de otra manera. Tal vez no estamos bien educados para aceptar la muerte como un resultado inevitable de un proceso.

 

En el libro plantea, una vez más, un juego literario, realidades dentro de otras o en paralelo, ¿son sus obsesiones?

Siempre me ha interesado. Después de haber publicado este libro, descubrí que la primera novela que escribí, ‘Novela de Andrés Choz’, ya hace muchísimos años [en 1976], es la historia de un hombre al que le queda muy poco tiempo de vida y decide escribir una novela, en la que el protagonista es un extraterrestre. Son temas recurrentes en mi obra. El doble es un tema que me interesa muchísimo, al igual que la metaliteratura, el juego de la literatura dentro de la literatura, y su intento de competir con la realidad. Creo que soy fiel a mis manías.

 

‘El libro de las horas contadas’ se mueve también por los recuerdos soñados, entre realidad y ficción, y la frontera entre el sueño y la vigilia. ¿Son los territorios más fértiles para un escritor?

La literatura puede encontrar en esos espacios unas fuentes inagotables. En la realidad, cada vez más prosaica, parece que hemos olvidado que somos seres capaces de soñar y que soñamos. Ahora, se ven algunos movimientos que parece que son una recuperación de ciertos sueños, pero el sueño es una parte importante del ser humano. En este libro recuerdo además ciertas experiencias personales. Hay un homenaje, porque ya soy mayor y uno empieza a tener cierta melancolía.

 

¿Hay, entonces, un poso autobiográfico? ¿La melancolía de Pedro es la suya?

Bueno, puede componerse bastante de mi melancolía.

 

Acaba de hablar de algunos movimientos que han recuperado la capacidad de soñar. ¿Se refiere específicamente al 15M?

Sí, a los indignados, al 15M. Te sorprenden porque la gente de pronto recupera ciertos sueños colectivos. No sé si eso conducirá a algo, porque seguramente le falta estructura, pero esos sueños son los que también trajeron la libertad, la igualdad y la fraternidad… son sueños que antes se expresaban. No hay que olvidar que todas las religiones han tenido que ver en su origen con algún sueño. Los sueños tenían antes una importancia mayor en la vida cotidiana y para la literatura el sueño es imprescindible.

 

Sin embargo, como usted decía, parece que la sociedad ha desterrado esos sueños. ¿Por un pragmatismo mal entendido quizá? 

No, porque ahora no necesitamos soñar y el sueño se materializa en una cosa que podemos comprar y que se nos vende a través de la publicidad. La gente ya no sueña, ahorra para comprar esto o lo otro.

 

En un pasaje de ‘El libro de las horas contadas’, escribe: “La literatura desvela las conductas, los sentimientos, las actitudes que la realidad suele mantener ocultas, impenetrables, secretas”. ¿Quiere decir con ello que la literatura puede llegar a ser más real que la realidad?

Para mí, la realidad es caótica. Me gusta decir, aunque parezca un contrasentido, que no necesita ser verosímil. Puede producirse un terremoto, o lo que está sucediendo en la isla del Hierro, o unas tremendas inundaciones… y en Grecia deciden decretar un referéndum [sobre el rescate de la Unión Europea], en fin… Todo un mundo en el que no hay en absoluto orden. Sin embargo, la literatura da orden a la realidad, la hace verosímil, nos permite entenderla y entender lo que nos pasa. Sin la literatura no sabríamos entender lo que nos pasa, lo que sentimos.

 

La concibe, entonces, como un código o una carta de navegación para moverse por el mundo, para que el ser humano comprenda lo que es…

Sin duda, no hemos inventado ninguna mejor. Tenemos la filosofía, la ciencia, la religión, pero la mejor máquina de entender la realidad que hemos inventado los seres humanos es la ficción, y después, la literatura cuando inventamos la escritura.

 

La estructura de ‘El libro de las horas contadas’ le permite explorar todo tipo de relatos, desde los más amplios a los microrrelatos que sólo abarcan media página. ¿Se lo planteó así desde el principio o surgió sobre la marcha?

En realidad, el libro surgió del primer cuento. Quise encajarlo con otros, pero me di cuenta de que podía tener otra dimensión. Empecé a pensar sobre ello y comenzaron a surgir otros relatos. Al hilo de ello, se me ocurrió también introducir microrrelatos. No fue un plan sino el resultado de la escritura.

 

A pesar de ello, de esa fragmentación, el libro se puede leer también como un todo con un hilo conductor. Una vez más aparece el concepto de juego literario, de piezas de un puzle o cajas dentro de otras. 

Lo que me planteé fue escribir desde mi perspectiva de novelista un libro de cuentos, y desde mi perspectiva de cuentista, una novela. Intentar conjugar ambas perspectivas. Es un conjunto de fragmentos y, al mismo tiempo, un todo. Eso fue lo que yo pretendí. Una de las gracias de la literatura, aparte de enseñarnos a entendernos, es ese juego intelectual, ese disfrute que nos puede producir un elemento tan impalpable como son las palabras. Contar historias, hacerlas pasar de la realidad a la irrealidad, de lo fantástico a lo cotidiano.

 

Todo eso exige un poco más del lector, que se implique más allá de la lectura y participe, de alguna manera, en la ficción.

Claro, se trata de que también ponga en juego su imaginación. Los relatos breves exigen del lector una colaboración importante y, en ese sentido, la novela no provoca ese esfuerzo tan notable.

 

Novela, cuento, relato, microrrelato… ¿tienen vigencia hoy en día estas etiquetas o todo se mezcla ya sin importar la denominación?

Si el resultado es feliz, si conseguimos realmente que el producto tenga una estructura, un orden, y funcione, estupendo, pero si no tendremos que seguir llamando cuento al relato corto cuento y novela, al largo. Son clasificaciones un poco convencionales pero inevitables. Pero cualquier soporte, género o manera de escribir, si consigue el movimiento narrativo necesario, es válida. A priori no me opongo absolutamente a nada.

 

Su territorio habitual como narrador es el de la fantasía que se esconde en la realidad cotidiana. ¿No le hace falta llegar a esa fantasía a través de mecanismos más obvios o dramáticos como el terror puro y duro o las criaturas fantásticas?

Tal vez eso pertenezca a un espacio tan respetable para mí como el del género específico. A mi me gusta no entrar en él, pero lo respeto muchísimo. Desde donde estoy sentado veo cantidad de novelas de género: de fantasía científica, de terror, de fantástico, pero me gusta más quedarme en esa zona que no es exactamente de género puro y duro, la cual me permite mucha flexibilidad y movilidad.

 

Hace más de dos décadas que dejó de escribir poesía, ¿se plantea volver alguna vez o es un capítulo cerrado?

Aunque parezca que hablo en broma, la poesía me dejó, me abandonó. La poesía que yo escribía era muy narrativa, más épica que lírica, y derivé naturalmente hacia la prosa narrativa, pero la poesía me enseñó muchísimo para el cuento y para la novela, a ser conciso, a elegir la palabra justa… pero, evidentemente, no soy un poeta.

 

¿Trabaja ya en nuevas obras?

Sí, me encanta escribir y me siento muy satisfecho mientras lucho con la escritura. Tengo una novela prácticamente terminada y estoy trabajando en una versión en español actual del libro ‘Naufragios’, de Álvar Núñez Cabeza de Vaca.

 

Esa lucha, ¿implica cierto dolor, el parto del creador?

No, no sufro nada escribiendo, pero sí que me esfuerzo y me gusta hacerlo. Es como la gente que nada, o que danza, y hace un esfuerzo que le complace porque supone conseguir una meta, darle muchas vueltas, entrenamiento… Y eso me gusta, ir consiguiendo lo que me propongo, pero si sufriese no escribiría. Haría otra cosa.