De la segunda estrella a la angustia del fuego
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El Mundial terminó, pero la realidad no tardó en volver. España amaneció este lunes celebrando la segunda estrella, con Potra Salvaje todavía sonando en las calles, en las televisiones y en los vídeos compartidos durante la resaca de una final histórica. A primera hora de la tarde, el incendio declarado en Brieva cambió por completo el foco en Segovia.
El humo comenzó a extenderse sobre el valle del Pirón y, en apenas unas horas, el fuego obligó a desalojar pueblos enteros y a cientos de vecinos que abandonaron sus casas sin saber qué encontrarían al regresar. La euforia dejó paso al miedo; los cánticos, al sonido de los helicópteros; y las imágenes de la celebración, a las de las llamas avanzando empujadas por el viento.
Pocas escenas resumen mejor esas emociones encontradas que la de Isabel Aaiún. La canción de la artista segoviana se convirtió en el himno improvisado de la celebración española, sonando desde Madrid hasta el último rincón del país. Sin embargo, mientras millones de personas cantaban Potra Salvaje, ella permanecía en Segovia, desalojando a sus caballos y pendiente del avance del incendio. La misma melodía que acompañaba la fiesta servía también como banda sonora involuntaria de una jornada marcada por la preocupación.
Las emociones, como el viento que alimentó el incendio, cambian de dirección con una rapidez inesperada. Apenas unas horas antes, el país entero celebraba unido una victoria histórica; poco después, buena parte de la provincia contenía la respiración mirando al cielo.
Porque, en el fondo, este lunes también ha sido una lección de compañerismo y de trabajo en equipo. Lo fue sobre el césped, donde una selección convertida en familia levantó el Mundial gracias al esfuerzo colectivo, la coordinación y la capacidad de luchar juntos por un mismo objetivo. Y lo está siendo sobre el terreno, donde decenas de profesionales trabajan sin descanso para frenar el avance del fuego: brigadas forestales, agentes medioambientales, bomberos, voluntarios y cuerpos de seguridad que, desde distintos puntos, combaten unidos una amenaza común.
Vaya por delante la enhorabuena a nuestros campeones, capaces de regalar al país una alegría inolvidable, y también el reconocimiento a quienes, desde hace horas, pelean contra las llamas para proteger pueblos, viviendas y montes.
Y, entre la euforia y la decepción, el Mundial también dejó algunas lecciones. Porque no todo consiste en saber ganar. La final terminó con la imagen de un Messi incapaz de asumir la derrota con la grandeza que se espera de un capitán: desde la polémica petición de una tarjeta roja basada en una versión de los hechos desmentida por las imágenes hasta el gesto de no participar en el pasillo de honor a los nuevos campeones del mundo. El fútbol, como la vida, no se mide solo por los títulos o por el talento, sino también por la forma de aceptar las derrotas.
Pero ni siquiera la victoria deportiva más importante logra detener la realidad durante demasiado tiempo. Mientras las plazas seguían llenas y las pantallas gigantes repetían una y otra vez los goles y las celebraciones, los procesos judiciales que sacuden la política nacional continuaban su curso. Porque la emoción colectiva tiene una enorme capacidad para unir, distraer y hacer olvidar por unas horas los problemas cotidianos, pero difícilmente puede ocultar durante mucho tiempo las preguntas pendientes sobre la gestión política y las responsabilidades públicas.
Quizá ahí resida la verdadera fotografía de este lunes: un país celebrando un Mundial mientras el valle del Pirón luchaba contra el fuego; una canción convertida en himno nacional mientras su autora evacuaba a sus animales; y una sociedad capaz de pasar, en cuestión de horas, de la euforia más absoluta a la preocupación más profunda.
Gracias a nuestros campeones por regalarnos una alegría colectiva difícil de olvidar. Gracias también a quienes, desde el aire y desde tierra, siguen luchando contra el fuego. Pero, cuando las pantallas gigantes se apagan, la música deja de sonar y la fiesta termina, la realidad siempre encuentra la forma de abrirse paso. Y este lunes, en Segovia, llegó envuelta en humo, preocupación y desolación.

