La encargada de recibirnos el viernes en San Sebastián es nada más y nada menos que Pina Bausch, todo un honor para este grupo de cinéfilos que repite año tras año en el certamen. Es la primera película en 3 dimensiones que veo dentro de la programación y, para variar, llegamos tarde a la proyección y nos toca primera fila. Empezamos mal. El documental de Win Wenders es todo un espectáculo. Si, justo eso, un espectáculo de danza que trata de hacerte sentir como si estuvieras en un teatro. Y digo yo ¿Para eso, no será mejor ir al teatro? Ese es el mejor lugar para disfrutar de las tres dimensiones, de la frescura que aporta el movimiento real, el directo. Quiero pensar que el cansancio, la disposición en la sala y mi desconocimiento acerca del trabajo de la compañía alemana, no me han dejado disfrutar al 100% de la película. Prometo un segundo visionado.

El sábado comienza con lluvia. La ciudad está gris y no nos regala ni un momento de calidez, pero no importa, porque vamos a pasar todo el día en el cine. Un café rápido antes de la proyección de las 9:00: No habrá paz para los malvados. Tengo que reconocer que José Coronado me da un poco de pereza. Como actor, como personaje de la prensa rosa, como protagonista del anuncio de yogures. Pereza. Pero sentí un raro impulso a comprar las entradas de su nuevo trabajo, dirigido por Enrique Urbizu. El largometraje cuenta la historia de Santos Trinidad, un miembro de la Policía, cansado (y pasado) de todo, que se toma la justicia por su mano. La historia comienza con unos asesinatos y todo lo que surge cuanto Santos empieza a tirar de la cuerda tras esos primeros disparos. Te pasas la hora y media de metraje esperando a que alguien te explique por qué Santos actúa así, de dónde viene todo ese rencor y ese odio, quieres saber dónde están su mujer y su hija (si pones al protagonista una alianza en el dedo, tendrás que explicar dónde está se esposa, digo yo!). Hora y media intentando empatizar con el policía, intentando atar cabos para entender a los personajes. Pero es imposible. Urbizu ha prescindido del pasado y nos muestra sólo el presente, consiguiendo una historia sin alma, sin sentido. Pero eso sí, los planos de Madrid, espectaculares. Gran trabajo de producción. A la salida leo en Twitter que José Coronado podría ganar el Goya por ese papel. Espero que, de aquí a febrero de 2012, alguien le quite el puesto de posible nominado, por favor.

Otro café para digerir a Coronado y coger fuerza para la siguiente proyección, que empieza a las 12:00. Después de coger asiento en el Kursaal (no sin antes discutir con un par de señoras que nos avasallan para robarnos las butacas), nos damos cuenta de que estamos justo delante del jurado, presidido por la simpática Frances McDorman. Algo me hace pensar que para ellos es la primera peli del día, la de las 9:00 es sólo para cinéfilos sin suerte. Esperaba con ganas el trabajo de Kim Ki Duk, después de su acertada Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera. Pero nada más alejado de aquella película, que la que ha traído ahora al festival. Amen no destaca ni por su guión, ni por su interpretación, ni por su calidad estética, ni por nada, vaya! Una desacertada película que, para mí sorpresa, es aplaudida al final del pase… Yo me niego a aplaudir a una historia fallida y sin mucho sentido en la Sección Oficial.

Llevo unos 9 años yendo al Festival de San Sebastián y siempre hay una película como Thomas Mao. Una historia que te recuerda que estás en un certamen irregular y siempre lleno de sorpresas (para bien y para mal). Es la única peli que vamos a ver dentro del ciclo “Cine chino de última generación”. Menos mal. El sopor, el cabreo, el aburrimiento y la desidia se apoderan de mí. No puedo resistirme a echarme una cabezadita en la butaca, no sin antes comprobar que mis compañeros de butaca también han decidido irse con Morfeo a algún lugar mucho más agradable… Los 7 euros de la entrada acaban de caer en la basura. ¿Qué se le pasa a un programador por la cabeza cuando decide incluir una película así en un certamen? A la salida oigo los comentarios de gente analizando la historia para entenderla. Yo ni lo intento.

Una hora más tarde me meto sin darme cuenta en un pase para prensa local y los subtítulos de la película son en euskera. Gracias a Dios, a los actores (Michael Fassbender y Carey Mulligan) se les entienden perfectamente y en la historia pesan mucho más los hechos que las palabras. Shame (de Steve McQueen (Hunger) me emociona, me perturba, me conmueve. El arco de transformación del protagonista, un ejecutivo de mediana edad adicto al sexo, es brutal y está perfectamente ejecutado por el tan merecido ganador del León de oro en Venecia, Michael Fassbender. Sus gestos desgarradores, su manera de mostrar la impotencia, lo son todo en la película. También Carey Mulligan suma puntos a la historia, una hermana desgarrada por el dolor y la depresión, que intenta sin éxito llamar la atención de cuanto le rodea. Es la última película del sábado. Perfecto para dejarla reposar unas horas y dormir junto a ella.

La primera del domingo es Albert Nobbs, una película en la que siento que hay muchas cosas desaprovechadas. La premisa es buena, el reparto más que bueno (Jonathan Rys Meyers, Mia Wasikowska), el escenario evocador, el conflicto interesante… pero hay algo que no termina de encajar en la película. No emociona, las tramas secundarias no funcionan y por momentos resulta aburrida. La que brilla con luz propia, eso sí, es Glenn Close, que aparece en la sala de prensa radiante y simpática a pesar de su cansancio y notable jet lag. No tarda en afirmar que, al igual que en Albert Nobbs (en la que participa como coguionista, actriz y productora) en Hollywodd también es más fácil sobrevivir si eres un hombre. Y lo dice una mujer que ha sido nominada al Oscar en 5 ocasiones, pero la Academia siempre se lo niega. Quizás ésta sea la oportunidad de galardonarla, no sólo por su trabajo de interpretación, sino por su valentía y su talento tantas veces demostrados en la pequeña (Damages, The Shield) y en la gran pantalla (Atracción fatal, Hook, Nueve vidas).

Salgo corriendo de la rueda de prensa de Glenn Close porque empieza la siguiente película, para mí la última de esta edición: Take this waltz. Parece ser que Sara Polley ingirió media tonelada de golosinas con azúcar el día antes de escribir el guión. Esa es la única razón que justificaría la tan edulcorada película de la actriz convertida en directora. La cinta que toma el nombre de una canción de Leonard Cohen (si yo fuera él, exigiría responsabilidades), parece un capítulo de los Osos amorosos. Comparto la idea original del largometraje: una pareja que, tras cinco años de matrimonio, ve cómo la rutina aplasta a la pasión, la originalidad y el deseo. Quiero comprender a los personajes, de verdad que intento meterme en la trama, empatizar, pero es imposible identificarte con semejantes cursiladas infantiloides. Al terminar la canción de Cohen (sin duda lo mejor de la peli), se oyen aplausos en las salas y, una vez más, no entiendo nada.

Es la última película de mi corta estancia en San Sebastián. Espero que Shame se lleve algo y que Glenn Close reciba el Oscar algún año. El domingo estaré muy atenta para saber quiénes son los ganadores de esta edición, la primera con Rebordinos como director. Larga vida al festival!