Hay edificios que mueren y edificios que se dejan morir

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Hay edificios que mueren y edificios que se dejan morir. En la provincia de Segovia, parte de esta historia se escribe sobre las vías de una línea ferroviaria que dejó de funcionar hace más de tres décadas. La clausura de la línea Segovia-Medina del Campo en 1993, motivada por su falta de rentabilidad económica, dejó tras de sí estaciones sin trenes, edificios sin uso y una pregunta en el aire: ¿qué hacemos con aquello que ya no cumple la función para la que fue construido?

Algunas estaciones desaparecieron de la vida cotidiana de los pueblos. Otras permanecen en pie, como vestigios de una infraestructura que un día conectó territorios y personas. Hay algunas que siguen prestando servicio ferroviario, aunque su estado de conservación invite a pensar lo contrario. Es el caso de la antigua estación de tren de Segovia. Su deterioro resulta difícil de ignorar. Casi parece una estación fantasma, hasta el punto de que no son pocos los segovianos que desconocen que desde ese edificio parte un tren hacia la Comunidad de Madrid. Mientras tanto, colectivos vecinales como la Asociación de Vecinos Santa Teresa-Puente de Hierro llevan tiempo reclamando una reconversión que permita aprovechar sus instalaciones como sede asociativa, centro cívico o espacio ciudadano, sin renunciar al servicio ferroviario que todavía ofrece.

La imagen más reciente de ese abandono llegó con el desprendimiento de parte de la cubierta. La solución provisional fue colocar una lona azul sobre el agujero. Este verano, el Pleno del Ayuntamiento solicitó a Adif la reparación del tejado y, desde entonces, una chapa cubre el hueco. El problema, sin embargo, va más allá de poner una chapa en el tejado. Quizá nos hayamos acostumbrado a convivir con las heridas de algunos de nuestros edificios históricos. A pasar por delante sin preguntarnos qué ha ocurrido con ellos ni qué podrían llegar a ser. Pero acostumbrarse al deterioro no significa que debamos aceptarlo como inevitable. En Segovia conviven precisamente esas dos miradas. Mientras una parte de la ciudad parece haber asumido la imagen del deterioro y se ha acostumbrado a convivir con daños tan evidentes a la vista en uno de sus edificios históricos, otra sigue reclamando un futuro más digno para la infraestructura.

Precisamente, hace dos meses escribimos en Segoviaudaz un artículo sobre las posibilidades que se imaginan los segovianos para dar una nueva vida a la antigua estación de tren. Algunas ideas son enormemente creativas, otras difíciles de llevar a cabo, pero lo que está claro es que hay una parte importante de la ciudadanía que no quiere dejar morir este edificio.

A unos 34 kilómetros y medio de la capital, la historia se repite con otra estación y un desenlace que, por ahora, permanece abierto. En Ortigosa de Pestaño, un pequeño municipio segoviano de 51 habitantes según los datos del INE de 2025, los vecinos han vuelto a movilizarse para impedir el derribo de su antigua estación. Y, al menos de momento, parece que su voz ha sido escuchada. Según ha comunicado el PSOE de Segovia, Adif ha garantizado que no demolerá el edificio y ha confirmado que estudia distintas posibilidades para asegurar su viabilidad. Es una noticia que permite respirar con cierto alivio, aunque todavía no se conocen los detalles de esas alternativas ni qué futuro concreto se plantea para la estación.

Lo de buscar posibilidades queda muy bien sobre el papel. Lo difícil llega después, cuando hay que convertir las palabras en proyectos, los proyectos en decisiones y las decisiones en actuaciones concretas. Ya sabemos que los trámites, los procedimientos administrativos, los recursos disponibles, las prioridades de cada institución y, para variar, las posturas ideológicas, pueden condicionar (y, en ocasiones, prolongar durante años) las demandas de una comunidad.

De momento, sabemos que el derribo se ha frenado. Y conviene recordar que no ha ocurrido por casualidad. Detrás están las movilizaciones, los llamamientos y el esfuerzo de quienes se han organizado bajo iniciativas como SOS Salvar la Estación de Ortigosa de Pestaño para abrazar simbólicamente su patrimonio y reclamar que se estudien otras opciones.

Pero, ¿por qué el derribo aparece tantas veces como primera respuesta ante un edificio en desuso? Demoler puede resolver de forma inmediata determinados problemas de seguridad o mantenimiento. También permite no darle muchas vueltas al asunto, no ahondar en creatividades para volver a darle vida a un edificio que hace tiempo la tuvo. No obstante, también cierra para siempre cualquier posibilidad de recuperar el inmueble. Hablamos de patrimonio, de legado, de memoria local… Dar la espalda a estos aspectos solo provocaría un vacío aún mayor en el sentir colectivo de la población. Bastante duro tuvo que ser ya ver el cierre de la estación, bastante triste tuvo que ser ver cómo se deterioraba con el paso de los años, bastante difícil tuvo que ser constatar que ni siquiera se planteaban alternativas para dinamizar este espacio. Nació como estación de tren, pero puede convertirse en algo provechoso para el motor económico local o para ofrecer espacios didácticos y culturales. Y hay ejemplos que dan cuenta de ello.

Uno de mis favoritos se encuentra en La Fregeneda, en Salamanca. Allí, el antiguo trazado ferroviario hacia Portugal ha encontrado una segunda vida con el Camino de Hierro, un recorrido que permite descubrir el paisaje de las Arribes del Águeda a través de túneles excavados en la roca y puentes ferroviarios suspendidos sobre el entorno. ¿A quién no le gustaría caminar sobre puentes suspendidos en desfiladeros, entre la penumbra de túneles horadados en la roca y contemplar la amplitud de los paisajes desde las vías de un tren? Tal vez a partir de la estación de Ortigosa de Pestaño no podamos diseñar una alternativa turístca tan emocionante, pero este caso da cuenta de que los espacios y las vías ferroviaras abandonadas pueden transformarse en experiencias. Está claro que no todos los edificios admiten las mismas soluciones ni todas las localidades cuentan con los mismos recursos, pero eso es precisamente lo que hace necesario estudiar cada caso antes de darlo por perdido.

Estación de La Fregeneda (Salamanca) Img/Segoviaudaz

Dentro de la ya cerrada línea Segovia-Medina del Campo tenemos otro bonito ejemplo. Muy cerca de Ortigosa de Pestaño, la estación de Nava de la Asunción también forma parte de esa historia ferroviaria que parecía condenada al olvido tras la clausura de la línea. Su rehabilitación en 2008 permitió recuperar el edificio y vincularlo a la figura del poeta Jaime Gil de Biedma. Hoy, bajo el nombre de Estación de Encuentro Jaime Gil de Biedma, constituye una muestra de cómo un inmueble ferroviario puede convertirse en un espacio cultural y de encuentro con el territorio. Bonito nombre, ¿no te parece? Es el ejemplo vivo de que una antigua estación de tren abandonada puede convertirse precisamente en eso: un espacio de encuentro entre memoria, historia, cultura y el territorio.

Ejemplos como estos hay a lo largo y ancho de España y, cómo no, están principalmente en los territorios rurales, aquellos que se han visto relegados con el paso a otras dinámicas nacionales. Por eso, casos como estos invitan a ampliar la mirada. En muchos pueblos, los edificios que han perdido su función original forman parte de un patrimonio que no siempre cuenta con los recursos necesarios para mantenerse. Su conservación no es sencilla, ni basta con reivindicarla para garantizarla. Hace falta evaluar su estado, estudiar alternativas realistas, identificar quién puede asumir su mantenimiento y encontrar fórmulas que permitan compatibilizar su protección con las necesidades del presente. Pero es posible.

En este caso, considero que la movilización de Ortigosa de Pestaño no es solo una protesta contra la desaparición de un edificio. Es también una reivindicación del derecho de los pueblos a participar en las decisiones que afectan a su entorno y a conservar los elementos con los que construyen su memoria colectiva. Es una llamada de atención sobre la necesidad de mirar el medio rural no como un territorio de infraestructuras obsoletas que hay que retirar, sino como un espacio vivo, capaz de encontrar nuevas respuestas a partir de su propia historia.

Ahora toca conocer qué alternativas baraja Adif, valorar su viabilidad y dar pasos concretos para que la estación no siga deteriorándose mientras espera una decisión. La movilización vecinal ha conseguido abrir esa puerta. Las instituciones tienen ahora la responsabilidad de demostrar que detrás de las palabras hay voluntad.

Hay edificios que mueren y edificios que se dejan morir. Y hay otros a los que sus vecinos se niegan a dar por muertos. Porque, si no defendemos a tiempo aquello que nos pertenece como comunidad, nadie lo va a hacer por nosotros.

Noelia Garrido Noelia Garrido Mate

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