No es solo música. O al menos, no es solo eso. En Masamadre, cada canción es una puerta abierta al pasado, una forma de entender cómo se vivía, cómo se sentía y, sobre todo, cómo se compartía la vida en Castilla y León.

El grupo, formado por 35 integrantes de entre 6 y 80 años, ha hecho de la tradición su lenguaje y de la emoción su escenario. Pero lo que realmente recuperan no son únicamente melodías antiguas, sino algo más profundo: la memoria de quienes las cantaron antes.

“Las letras son muy explícitas, nos cuentan cómo era la vida de antaño”, explica Beatriz Rojo, directora del proyecto. Oficios como la siega, el amasado del pan o la vendimia; preocupaciones tan básicas como que no faltara alimento; y también emociones universales como el amor, el desamor o la fiesta. Todo cabe en un repertorio que conecta con lo más esencial.

Masamadre no busca reinventar el folclore, sino entenderlo. Su punto de partida siempre son las fuentes más originales posibles, respetando melodías, ritmos y textos. “En la sencillez de lo original está la belleza”, defienden. Y es precisamente esa fidelidad la que permite que las canciones sigan funcionando hoy, sin necesidad de artificios.

Porque la tradición, lejos de ser algo estático, está viva. Se transforma, fluye, pero sin perder su raíz. El grupo lo tiene claro: reinterpretar no es transformar. “Los límites los pone la propia canción”, aseguran.

En ese viaje al pasado hay también descubrimientos inesperados. No solo para el público, sino para las propias integrantes. Especialmente para los más jóvenes, que se sorprenden al comprender que aquello que cantan no es tan lejano como parece, que forma parte de la historia reciente de sus propias familias.

Esa mezcla de generaciones es, de hecho, uno de los grandes valores de Masamadre. “Más que una suma de miradas, somos un hilo que no se rompe”, resume María José Bartolomé. Las mayores aportan la memoria y el respeto por la raíz; los más pequeños, la curiosidad y la frescura. Entre todos construyen algo que va más allá de la música: una forma de escucharse y entenderse.

En un mundo dominado por la inmediatez, Masamadre reivindica el tiempo. El ensayo, la repetición, el cuidado por el detalle. Una cultura del esfuerzo que se traduce en cada actuación y que, lejos de alejar al público, lo acerca.

Porque en sus conciertos no buscan espectadores, sino cómplices. “Queremos que se unan a nuestra mesa”, explican. Y lo consiguen. Cuando una persona joven y otra mayor terminan cantando juntas, cuando alguien se emociona hasta las lágrimas o se levanta a bailar sin pensarlo, saben que el viaje ha merecido la pena.

Ese “viaje de vuelta a casa”, como lo definen, se construye también con pequeños gestos. Instrumentos que no lo son: cucharas, morteros, botellas de anís o cencerros. Elementos cotidianos que evocan una época en la que la música nacía de lo que había a mano, y que hoy recuperan como símbolo de una forma de vida.

Para quienes acudan por primera vez, la experiencia es clara: encontrarán una casa abierta. Un lugar donde distintas generaciones comparten escenario, pero también recuerdos. Donde la música deja de ser de quien la interpreta para convertirse en algo colectivo.

La próxima oportunidad para vivirlo será el día 19 en La Farm Studio, en La Granja, donde el grupo propone precisamente eso: un reencuentro con lo que somos y de dónde venimos.