César ha vuelto al barrio y el casco histórico lo ha recibido con los brazos abiertos. Han pasado cinco años desde que sus padres, César y Adela, bajaron por última vez la persiana de uno de los kioscos más populares de Segovia: el kiosco Juan Bravo. Un lugar de encuentro cotidiano, de chucherías y prensa, de cromos y peonzas, pero también de pequeños recuerdos para los turistas. Un punto fijo en la memoria de generaciones enteras del casco y, los fines de semana, de vecinos de todos los barrios.

Desde 1982, durante más de tres décadas, Adela y César estuvieron al frente del kiosco, formando parte de la vida diaria del barrio casi sin darse cuenta. En enero de 2020 se jubilaron. Un mes después llegó la pandemia. Ellos no sabían lo que estaba a punto de suceder, pero cerraron justo a tiempo. El adiós fue discreto, sin despedidas ni previsiones, como tantas historias que quedaron en suspenso en aquellos días inciertos.

Cinco años después, el kiosco vuelve a levantar la persiana. Y lo hace con una carga emocional que va mucho más allá de la reapertura de un pequeño negocio. Porque Adela y César no solo vendían prensa: eran barrio. Y César, además, se crió allí, entre mostradores, clientes habituales y conversaciones repetidas mil veces. Ahora la sonrisa es la de él, la de César.

El regreso no ha pasado desapercibido. Vecinos que se acercan a comprar, otros que solo pasan a saludar, y muchos que aprovechan para rescatar recuerdos compartidos. “El barrio nos ha vuelto a acoger fenomenal. Las sensaciones son buenas, estoy contento”, reconoce César, con emoción, en estos primeros días.

En tiempos en los que el comercio de proximidad desaparece con facilidad, la vuelta del kiosco Juan Bravo tiene algo de victoria silenciosa. Recupera un servicio, sí, pero sobre todo recupera una presencia: la de alguien que vuelve a ocupar su sitio, como si nunca se hubiera ido.