Su trabajo no ha sido fácil, pero los “guardianes de semillas” del Centro de Biodiversidad Agraria Zahoz de Salamanca han conseguido “devolver la vida” a semillas tradicionales y propias de las sierras de Béjar y Francia que estaban a punto de desaparecer por completo, a causa de la cada vez mayor industrialización de la agricultura.

Los técnicos del centro, Salomé Casado y Julián Pérez, se embarcaron en este proyecto convencidos de que los conocimientos de la agricultura tradicional deberían seguir transmitiéndose de padres a hijos o entre vecinos de la zona.

Según explican, el conocimiento del medio rural que fue creciendo con el paso del tiempo y de las generaciones de campesinos y amantes de la naturaleza, ha sufrido una “gran pérdida” por no haber existido una trasmisión generacional en los últimos años. Por el contrario, añaden, recientemente, está creciendo en la población general una “gran inquietud” por recuperar la unión a la tierra, la comprensión de los ciclos naturales, el conocimiento de las plantas con aprovechamiento humanos, como el medicinal y recuperar una manera de cultivar y consumir más sostenible y saludable para todos.

Esto hace que haya muchas personas apoyando el proyecto en sus distintas actividades, siendo destacable el número de “guardianes de semillas” que colaboran con el proyecto “cultivando en sus huertitos, las variedades tradicionales recuperadas en el Zahoz”.

Casado recuerda que para la recuperación de estos productos, primero se analizaron todos los componentes medioambientales y socioeconómicos de la comarca y se buscaron antecedentes en conservación de variedades tradicionales en el Centro de Recursos Fitogenéticos del INIA. Se elaboraron guiones con los que desarrollar entrevistas abiertas para el rescate de la información que favoreciesen la transmisión de la misma sobre el cultivo de los agrosistemas y el aprovechamiento de los recursos agroforestales.

Para ello, continúa, se realizaron entrevistas individuales y colectivas y la acogida por parte de los entrevistados fue buena, pero pronto confesaron que se dieron cuenta de que en las Sierras de Béjar y Francia tanto las variedades autóctonas y locales, como el conocimiento etnobotánico asociado a éstas y a las plantas silvestres y forestales estaba en manos de agricultores de una elevada edad.

En cuanto a la agrobiodiversidad, se recuperaron sobre todo muchas variedades de judías y otras leguminosas, siendo también alto el número de calabazas. De lo más importante fue también el número de variedades tradicionales de frutales, por ser el cultivo mayoritario de la comarca.

Casado apunta que son muchos los ejemplares de cerezos, manzanos, perales y vides de avanzada edad que aún resisten el paso de los años y las inclemencias meteorológicas, debido a la “rusticidad” que muestran estas variedades tradicionales, que a su juicio, “dicen mucho de su necesidad de recuperación”.

 

Una finca ecológica

Esta técnico detalla que la finca en la que trabajan está compuesta de una zona agrícola para la conservación, multiplicación y caracterización de las variedades tradicionales, tanto de frutales como de hortícolas, otra zona de interpretación etnobotánica para la representación de la biodiversidad de la sierra donde se darán a conocer sus aprovechamientos y manejos tradicionales, un jardín xerófilo con planta autóctona para demostrar que es posible otro concepto en la jardinería, y una zona de producción de planta hortícola, forestal y de jardinería, que servirá para dar una fuente de ingresos directa al centro.

La finca cuenta con una sede en las antiguas escuelas, que han sido rehabilitadas por Asociación Salmantina de Agricultura de Montaña, ASAM, gracias a una ayuda del 100 por 100 de los fondos LEADER + y que alberga el Refugio de Variedades Tradicionales, con unos 500 botes y sobres de semillas de diferentes variedades, el laboratorio de trabajo y las instalaciones para realizar formación.

 

Agricultura del pasado para el futuro

Por su parte, Julián Pérez destaca la importancia de este tipo de agricultura ecológica porque “aporta productos de máxima calidad sin dañar al medio ambiente” (reduciendo problemas de erosión, contaminación del agua, aire y suelo), ya que no se utilizan productos químicos de síntesis. Además se mejora en todo momento la tierra gracias al abonado orgánico, y tiene muy presente la importancia de la diversidad, la cultura y el saber local, sin olvidarse de la dignidad del agricultor, fomentando a su vez, el desarrollo rural.

En su opinión, “es la única forma de producción agraria rentable para el agricultor, ya que en todo momento se intenta reducir el tener que depender de recursos externos, fomentando los recursos locales, lo que aporta al agricultor una mayor autonomía e independencia”.

En la Agricultura ecológica siempre prima el mercado lo más local posible y recuerda que las variedades modernas que venden, han sido creadas en condiciones diferentes a las de estas zona, por lo que para mantener las altas producciones que prometen es necesario aplicar “cierta cantidad de fertilizantes y fitosanitarios”.

Por todo esto, concluye, las variedades tradicionales son “más adecuadas para la producción ecológica ya que van a necesitar mucha menos cantidad de insumos y van a tener en principio, menos problemas ya que están mas adaptadas al territorio”.

Este experto citó diferentes estudios, como los llevados a cabo por la Universidad de Valencia, en los que se contrasta “el valor nutricional de los alimentos producidos en agricultura convencional y ecológica”, demostrándose que las condiciones naturales permiten fijar “más nutrientes en los alimentos ecológicos, ya que su contenido en agua es menor, por no hablar de los pesticidas de cultivo y de conservación que no llevan asociados”.

 

Un tomate y un tomate “de verdad”

Cuando se apuesta por productos 100 por 100 naturales, procedentes de la agricultura ecológica se elige algo más que la calidad, ya que supone una apuesta por el sabor de siempre, alejado de productos tan industrializados que han perdido su esencia y propiedades.

Pérez asegura que las variedades tradicionales “son mucho más sabrosas y a mucha gente mayor le recuerdan a los sabores de los frutos y verduras que comían cuando eran pequeños”, dándose cuenta de la pérdida de estos valores en la comida actual. Además, las variedades locales, en su amplia diversidad de formas y texturas, tienen mayor cantidad de sustancias saludables, como los antocianos y otros pigmentos potencialmente anticancerígenos.

Por todo esto, conservar, multiplicar y consumir variedades tradicionales no sólo implica mantener una biodiversidad genética necesaria para la sostenibilidad de los agrosistemas sino también mantener una cultura y unas tradiciones “que marcan la identidad de los territorios además de servir de tributo a todos aquellos agricultores que con su trabajo diario supieron entender la naturaleza y trabajar junto a ella sin dañarla”.