He leído las declaraciones que realiza en el periódico, en donde hace referencia a la homosexualidad, y más en concreto a las personas homosexuales. Según usted, estas personas merecen compasión, es decir, lástima, tal y como aparece el significado aportado por el diccionario. Para que una persona merezca esa lástima, se deben cumplir una serie de requisitos, entre los que usted considera que están los de padecer una enfermedad. Para empezar, la homosexualidad ya no es considerada una enfermedad por la O.M.S. (la Organización Mundial de la Salud), y ni siquiera por la Organización de Psiquiatría de Estados Unidos. No obstante, lo que sí se mantiene como patología y muy dañina para la sociedad es la Pederastia, de la que no hace mucho ha aparecido un caso dentro de las filas de la Alta Jerarquía Vaticana. No me voy a extender con el tipo de trato que las personas pederastas y sus víctimas han tenido por parte de la Iglesia Católica, ya que para eso están las hemerotecas y la memoria de la sociedad. Lo que sí quisiera dejar claro, es que la pederastia es ejercida por un adulto coaccionando la libertad de un menor, y este menor puede ser niño o niña, ya que parece que está muy extendida la idea dentro del ámbito jerárquico de la Iglesia de asociar homosexualidad masculina a pederastia.

El hecho de la pederastia sí que es una ruptura con la castidad, que es otro de los temas que usted comenta con respecto a la homosexualidad. Según se recoge en el Catecismo de la Iglesia Católica “la castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del ser humano en su ser corporal y espiritual”. Igualmente se recoge que” esta unidad… no tolera ni la doble vida ni el doble lenguaje” También se comenta en diferentes párrafos, que “está asociada a la virtud de la templanza”, que se trata “del dominio de uno mismo”, y entre las denominadas ofensas a la castidad, se enumeran “la lujuria, la masturbación, la fornicación, la pornografía, la prostitución y la violación”. Visto lo cual, no solo las personas homosexuales caerían dentro del grupo a los que hay que tener compasión, ya que empezando por la juventud y siguiendo por las infidelidades, hay demasiadas personas que atentarían contra la castidad. Un poco más adelante, en el apartado en el que se trata de la homosexualidad se detalla “se evitará, respecto a ellos [las personas homosexuales] todo signo de discriminación injusta”.

Ante este último enunciado, una no puede dejar de recordar aquellas manifestaciones en las que la Jerarquía se posicionaba en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo. Le recuerdo, que el matrimonio está recogido en el Código Civil del Estado Español, y que tan solo gracias a los acuerdos firmados por este Estado y el Estado Vaticano, la ceremonia realizada según la liturgia y el ritual católico se validan para la vida civil. Esta situación no la han logrado las personas que se encuentran en la Iglesia ortodoxa, o en las diferentes ramas de la Iglesia Luterana y de la Iglesia Evangélica, lo cual ya supone un cierto trato de favor. Pero siguiendo con las no discriminaciones en el mundo civil, resulta que la Jerarquía sigue rechazando la posibilidad de que las personas homosexuales puedan formar una situación amorosa duradera, de fidelidad, de respeto y crecimiento mutuo, y además “abierta a la acogida y al sacrificio”, como se especifica en los valores de aquellos matrimonios católicos que no han tenido hijos biológicos.

Las personas homosexuales no son todas del mundo del espectáculo, no acuden a los llamados “cuartos oscuros” (por cierto, España tiene el mayor número de prostíbulos de Europa), no están todo el tiempo cambiando de parejas, no son personas al margen de la Ley ni parásitos de la sociedad que no trabajen, como se pretendía en la Ley de Vagos y Maleantes, sino que pagan sus impuestos (esos de los que la Iglesia Católica se financia) y además ocupan cargos de respetabilidad en esta sociedad (jueces, médicos, ejército, policía y guardia civil, profesores) o desempeñan tareas diarias (panaderos, electricistas, fontaneros, administrativos). No son personas al margen de la sociedad, sino que viven en ella y muchos han sufrido porque esa sociedad, siguiendo directrices de homofobia marcadas por la Jerarquía católica les han hecho la vida imposible, teniendo que recurrir a la emigración, a no mantener el contacto familiar, y en casos extremos al suicidio. Tanto es así, del sufrimiento de estas personas, que ahora en Rusia se producen apaleamientos, torturas hacia las personas homosexuales, y en ningún momento se ha oído la voz del Papa pidiendo que terminasen los acosos hacia estas personas. ¿Esto último es lo que le produce compasión?

A mi más bien me produce indignación y si entre los valores que la Jerarquía pretende defender están la Justicia Social, ahora sería un buen momento para alzar la voz y pedir que parasen estas amenazas, insultos y agresiones no solo en Rusia, sino a nivel más próximo, en los colegios e institutos donde se forma a la juventud, para que no haya que lamentar más suicidios, ni jóvenes con las vidas marcadas por un acceso de homofobia debido al desconocimiento de la realidad afectiva de las personas homosexuales.

En espera de que estas palabras le hagan reflexionar, me despido de usted hasta la próxima epístola.

Gema Segoviano, vocal del Área de Educación de Segoentiende.