Todo comenzó como una aventura en 1988. Tras las fiestas patronales de San Rafael (Segovia) un grupo de amigos de la peña ‘La escoba’ decidió crear un conjunto de dulzaineros aunque ninguno de ellos sabía tocar la dulzaina. Su primer objetivo fue aprender a tocar este instrumento de la música tradicional castellana que, a día hoy, siguen interpretando ‘de oido’ porque todos los componentes, excepto uno, carecen de formación musical. 

Han pasado 25 años desde entonces pero uno de sus fundadores, Pete María, lo recuerda perfectamente. “Empezamos nosotros, con un tamborilero también, y al año siguiente, los de la peña ‘La montaña’ también quisieron aprender”, rememora. Su primer profesor fue el conocido dulzainero Juan José Cid. La primera vez que Pete María vio a Cid tocar la dulzaina se preguntó si él también podría hacerlo. Y así, de esa manera, surgió el embrión de la Escuela de Dulzaina de San Rafael (Segovia) que lleva celebrando su festival veraniego durante los últimos 25 años ininterrumpidamente.

“Cuando hicimos el primer certamen era algo raro organizar un festival de dulzaina” recuerda. Añade que, al vivir en la zona de la sierra segoviana que linda con la Comunidad de Madrid, no había tanta tradición folclórica como en otras áreas de la provincia. “Las primeras actuaciones las vivimos con mucha ilusión, la gente de San Rafael nos miraba con gran expectación. Por primera vez salimos a la calle en las fiestas animando el desfile de gigantes y cabezudos, y a la gente le gustó”, dice orgulloso.

Un cuarto de siglo después, siente más responsabilidad ahora que entonces porque, con el paso del tiempo, el nivel musical de los dulzaineros ha crecido y el prestigio del festival también.

Pete María reconoce que siente “debilidad por la dulzaina”. De aquellos primeros dulzaineros queda un puñado, además de Pete, Julián, Josechu o Miguel. Asun García fue la primera mujer en incorporarse y la única que sigue formando parte desde hace dos décadas de la escuela.

Apasionada de la cultura popular, cuando era pequeña y veía a los dulzaineros en su pueblo, la localidad abulense de Cardeñosa, le decía a su madre que ella quería tocar la dulzaina. Su madre siempre le respondía “eso es cosa de hombres”, evoca Asun García, pero a ella no le importaba. Empezó tocando el tambor y, posteriormente, la dulzaina. El empujón definitivo se lo dio un espectador cuando, tras actuar en Rascafría (Madrid) le espetó que el tambor “no es un instrumento muy femenino y que si no me daba vergüenza tocar el tambor en un grupo formado exclusivamente por hombres”. En ese momento, decidió ir a por todas. “Lo que me dijo ese hombre me dio más fuerzas y me animó a tocar la dulzaina y el tambor”, recalca. Desde entonces, no lo ha dejado.

Asun García anima, sobre todo a las mujeres, a conocer mejor “la música folclórica y tradicional porque es de una riqueza cultural impresionante, forma parte de nuestras raíces y haces amigos en un ambiente muy sano”. Convencida de que “la vida se vive una vez” está dispuesta a seguir en el grupo al que tanto cariño y constancia ha demostrado, incluso, desde la primera vez que se unió a ellos “para sujetar el estandarte porque no sabía tocar”.

De forma muy especial, Asun García recuerda un certamen en El Escorial (Madrid) en el que, además, tuvo que presentar el festival porque la presentadora no pudo asistir a última hora. La experiencia salió bien, tanto que lleva diez años haciéndolo, lo que le ha valido el nombramiento de ‘Hija adoptiva de El Escorial’.

‘Tocar de oido’

Actualmente, unas 15 personas integran la Escuela de Dulzaina de San Rafael, los más jóvenes tienen 18 años. Tan sólo uno de sus componentes tiene formación musical. Juan Piquero estudió saxo y solfeo, las partituras “sólo las leo yo” aunque reconoce que “generalmente no las uso, porque todos tocamos de oído”. De hecho, insiste, la dulzaina es parte de la tradición oral, aunque ya forma parte de la enseñanza reglada del Conservatorio Profesional de Música de Segovia donde hay una asignatura de dulzaina.

Lo importante, apuntan, es tener buen oído y sentido del ritmo. Según Piquero, los de San Rafael “tocamos con otro aire, los de otras zonas de la provincia de Segovia no la pican tanto arriba, son como más tranquilos”.

Lo que tienen claro es que cualquiera “que tenga buen oído puede tocar la dulzaina”. Se precisa, como en cualquier disciplina musical, constancia y tesón. “La dulzaina se ha tocado toda la vida y se seguirá tocando, es un instrumento de pastores que empezó a meterse en fiestas populares y que seguirá haciendo su función, la de continuar las tradiciones de los pueblos”, justifica Piquero, para quien este instrumento “debe estar en su sitio; aunque haya conciertos y evolucione, la dulzaina está en otro contexto. Igual que las jotas suenan mejor con dulzaina, los pasodobles lo hacen mejor con banda”, distingue.

Para bailes tradicionales como jotas, habas verdes, corridos, charradas, fandangos o seguidillas lo mejor es la dulzaina, a su juicio.

Además de buen oído es necesaria buena técnica, porque es un instrumento duro. “Hay que tener buenos pulmones para hacerla sonar bien”, dice Piquero. A lo que Asun García añade que “hay que aprender a mantener y soltar el aire, que no es sencillo” y Pete María que “los instrumentos de doble caña no son fáciles de tocar”. Pete es contundente “a cualquiera se le puede enseñar a tocar la dulzaina, pero hay que tener ritmo”. En ese momento recuerda la experiencia de un compañero que no consiguió captar el compás y, aunque sabía las notas, no iba acorde con el resto, por lo que tuvo que abandonar. A pesar de ello, anima “a todo el mundo porque la música es vida y si yo puedo tocar, tú también”.

“Nosotros hemos creado escuela de alguna manera”, argumenta Pete María. La de San Rafael ha sido el embrión de las escuelas de Guadarrama o El Escorial, en Madrid. El certamen de Cardeñosa, en Ávila, que se celebra el próximo 11 de agosto, con la participación de grupos de Castilla y León y Madrid, y va por su XIV edición, “ha nacido a raíz del de San Rafael”, apostilla Asun García.

Coinciden en que formar parte de la Escuela de Dulzaina de San Rafael es más que ensayar dos días a la semana y protagonizar actuaciones dentro y fuera de la provincia. Afirman que es una manera de sentir la música y vivir la vida, de pasar tiempo juntos, de “compartir, no sólo tocar”, dice Pete María; “son compañeros, amigos, como una familia”, agrega Asun García.

Este fin de semana rememoran sus inicios con una exposición de fotografías antiguas, el XXV Certamen, presentado por el periodista Manolo HH, con el homenaje al dulzainero Julián Prieto y al tamborilero Lucidio Barreno, con la participación del grupo de danzas de El Espinar (Segovia) y una comida popular a beneficio de Cruz Roja.

Segovia cuenta con una gran tradición dulzainera. No se puede pasar por alto la figura del gran folklorista, Agapito Marazuela. Y dicen que en la provincia segoviana está el mejor taller dedicado a la elaboración de este instrumento castellano, el de Lorenzo Sancho en Carbonero El Mayor.

Con la dulzaina en teatros clásicos

Juan Piquero explica que la dulzaina procede de las antiguas chirimías árabes que llegaron a España con la invasión musulmana del año 711.

Piquero ha tenido el privilegio de hacerla sonar en el teatro de Epidauro, en Grecia, en el teatro romano de Bosra, en Siria, en el jordano de Gerasa o en el de Taormina en Sicilia. Admite que “tocar en teatro griegos y romanos impone, porque tienen una sonoridad espectacular”.