Hoy no hay acto en Segovia que se precie, que no cuente con la melodía de la ‘Entradilla’, la canción más popular de Agapito Marazuela, el afamado folclorista de cuyo nacimiento se cumplen mañana 120 años. Profeta en su tierra, pero no en su tiempo, Agapito Marazuela no paró de tocar la dulzaina hasta que perdió la última pieza de su dentadura, con cerca de 90 años. Vivió casi toda su vida en la miseria económica, pero no cultural.

Durante casi toda su trayectoria convivió con algunas facultades físicas mermadas, como la vista primero y el oído después. Pero su capacidad intelectual y su tesón le llevaron a consagrarse como uno de los grandes músicos españoles, y sobre cuyo trabajo descansan las tradiciones y el folclore castellano actuales, que se ha asegurado gracias al trabajo que desarrolló toda su vida.

Agapito Marazuela nació en Valverde de Majano el 20 de noviembre de 1891 en una humilde familia y murió en Segovia el 24 de febrero de 1983 con pocos recursos más. Desde muy joven comenzó a recorrer con su padre las tierras de Segovia y de la entonces Castilla la Vieja por la que fue recopilando material musical que ya por aquel entonces corría serio peligro de desaparición.

Su trabajo se centró en tonadas, romances, cantos de trabajo, de boda y especialmente en melodías para dulzaina y tamboril que se encontraba en fondas y posadas. A los trece años comenzó a recibir lecciones de dulzaina de Ángel Velasco, dulzainero de Renedo (Valladolid), que había hecho una gran revolución del instrumento al acoplarle un sistema armónico de llaves metálicas que potenciaba los registros y la capacidad musical y expresiva.

En 1920 se trasladó a Madrid y allí se dedicó al estudio de la guitarra española donde logró ser un gran concertista con sus triunfos en las mejores salas de música de España y en París. En la capital gala fue el encargado de coordinar a los grupos folclóricos en el pabellón español en la Exposición Mundial de París, de 1937. Pero su carrera guitarrística se vio truncada pronto por la Guerra Civil Española. La guitarra se convirtió en su definitiva vocación. El mismo decía: “Todos los días toco la guitarra; para mí es una necesidad”. A ella se dedicó como profesor y contó con un gran número de discípulos como Eugenio Urrialde, o José María de Andrés Maldonado.

 

Premios breves 

Antes de la contienda, en 1932 ganó el primer premio nacional de folklore que había sido convocado por el Ministerio de Instrucción Pública con su ‘Cancionero de Castilla la Vieja’. Pero su trabajo no fue publicado hasta 1964, bajo el título de ‘Cancionero Segoviano’ con el patrocinio de la Jefatura Provincial del Movimiento. Una segunda edición fue publicada por la Diputación de Madrid, bajo el título de ‘Cancionero de Castilla’. El libro consta de una introducción sobre instrumentos, intérpretes, danzas, romances, cantos, tonadas y ritmos de la música tradicional castellana; le sigue un cuerpo de recopilación de melodías, ritmos y letras clasificados en doce sesiones, una compilación de letras sin música, un índice de cantores, dulzaineros y tamboriteros y otro índice general de melodías y ritmos. Se trata de la base del folclore tradicional actual.

La militancia comunista de Marazuela hizo que conociera también el interior en las cárceles franquistas. “Al acabar la Guerra estuve preso 20 meses primero, y luego en el 46 en una redada me volvieron a detener y pasé otros 50 meses preso”, recordaba en una entrevista publicada en sus últimos años de su vida. Pasó por las cárceles de Madrid, Burgos, Ocaña y Vitoria”. Gracias a la influencia de un pariente lejano, pero próximo en los geofísico, pudo salir y exiliarse a Francia, de donde regresó a Segovia en 1952. “No volví a tener problemas porque respeto a los demás. Es una de mis cualidades. Tengo amigos de todas las tendencias y a todos los respeto y todos me respetan a mí”, aseguraba agradecido.

Pero quien no le respetó mucho fue su salud a pesar de conseguir una longeva vida. No pudo presumir de una salud vigorosa, pues en 1960 estuvo a las puertas de la muerte: “Me han dado cloroformo cinco veces y aquí estoy”, decía. Alos tres años enfermó de meningitis y a los 14 le tuvieron que vaciar un ojo infectado para evitar que perdiera la visión del otro. A los 16 tuvo que ser operado de cataratas, pero la rudimentaria operación lo dejó con una nube en el ojo, que le obligó desde entonces a acercarse el papel a tres centímetros de la cara. Luego se expuso a una operación de úlcera duodenal, otra de la vejiga y una tercera de próstata. Su sordera se fue agudizando y tuvo que abandonar la guitarra porque el audífono distorsionaba mucho su sonido.

 

Desconfianza

En 1969 la casa discográfica Columbia editó un disco titulado ‘Folklore Castellano’ en el que Agapito Marazuela incluyó 22 temas, cinco de ellos de dulzaina y las 17 restantes son canciones, jotas, seguidillas, cantos religiosos y de romería, fandangos y rondas. Agapito Marazuela se sintió engañado después porque percibió 3.400 pesetas por todo su trabajo y el conjunto del material que él guardaba. “Todo tenía les pertenecía Como casi no podía leer, me fié de ellos”, confesaría luego, “y no quise grabar más”. Entonces no existía la SGAE, pero la picaresca es mucho anterior. 

En 1976, bajo la iniciativa del también músico segoviano Ismael Peña, participó en la grabación del disco colectivo ‘Segovia Viva’, dedicado a Agapito, en el que se reunieron interpretaciones del propio folclorista y su discípulo Joaquín González Herrero, acompañados por Facundo Blanco; de Ismael, La Banda del Mirlitón, Nuevo Mester de Juglaría y Hadit. 

Caja Segovia le concedió entonces el uso de un modesto local en la capital del Acueducto donde instaló su Cátedra de Folklore para impartir sus enseñanzas a un amplio grupo de jóvenes a los que inculca su pasión por la guitarra, la dulzaina y la música tradicional. Entre ellos figuraban Joaquín González y Lorenzo Sancho. El primero, alumno aventajado y hoy fiscal jefe de la Oficina Europea Antifraude destaca de Agapito su “dignidad humana absolutamente insobornable”.

Lorenzo Sancho, afamado fabricante de dulzainas en Carbonero el Mayor, recuerda que Agapito Marazuela luchó para que se mantuviera la enseñanza de este instrumento que siempre había acompañado a romerías, procesiones, verbenas,

El etnógrafo Joaquín Díaz subraya que Agapito Marazuela “descubre a mucha gente que la música tradicional tiene una dignidad, y enarbola la bandera de que lo tradicional tiene un valor y un prestigio”.

Ya en la última etapa de su vida, adquirió un gran reconocimiento, aunque no tuvo tiempo ni capacidad para saborearlo, ni siquiera una parte de como él reconoció el valor del folclore. Su nombre sigue siendo sinónimo de cultura, de maestro de folcloristas y sirve para designar a asociaciones culturales y actos en su recuerdo, como el que tendrá lugar mañana ante la estatua que se levantó en Segovia años después de su fallecimiento. Actualmente, su memoria sigue viva de la mano de la Ronda Segovia, agrupación musical que organiza el Premio Internacional de Folclore, y que patrocina la fundación don Juan de Borbón; o el premio de Nueva Creación de Folclore, que financia el Ayuntamiento de Valverde del Majano.

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