Durante muchos años, iba cada día al colegio con mi mochila morada, de Caja Segovia. Me la regalaron mis abuelos junto a unas pinturas, las primeras que estrené, o al menos las primeras que recuerdo en mi estuche. Esa mochila no era de marca, ni exclusiva, no tenía ruedas y era muy común, tanto que la teníamos igual muchos niños de la clase por lo que tenía que poner el nombre con un rotulador… Eso sí, mi mochila era de Caja Segovia, donde desde pequeña guardaba mis propinas, veinte duros cada semana, que se traducían en Chachipuntos y podría conseguir regalos. Incluso, fijénse ustedes, tenía mi propia tarjeta de plástico para esos cajeros chachi que había por la ciudad. Cada Navidad, esperaba horas a ver el Belén del Torreón junto a mis padres, como periodista aprendí en cursos y participe en eventos de Caja Segovia e incluso, antes de emprender mi propio negocio, a través de una beca de emprendedores conseguí no sólo formación, también una ayuda muy valiosa, de 6.000€ que me hizo algo menos duro arrancar con Segoviaudaz.es y la agencia Audacia Comunicación. La verdad es que, si echo la vista atrás, aparte de los familiares y amigos que trabajan, debo confesar que Caja Segovia siempre ha estado presente en mi vida, incluso tuve una temporada en la que quería trabajar allí y me llegué a presentar a un examen para intentar acceder a ello, sin éxito. Era, sin lugar a dudas, una Institución con mayúsculas.

Hoy mis recuerdos se convierten en Historia, también en mayúsculas, de esas que se estudian en los libros. Cuando acabe este lunes Caja Segovia habrá desaparecido totalmente, se completa así la integración de la caja de todos los segovianos en Bankia. Durante todo el fin de semana la central y las sucursales han permanecido cerradas pero abiertas, los empleados trabajaban en una integración que pone fin a el proyecto que más ha hecho por Segovia, a la empresa más grande, a nuestra caja.

Por trabajo, comparto la mayor parte de mis días con trabajadores de otras cajas, ellos han vivido este mismo proceso a cientos de kilómetros. Desde Galicia a Madrid, de Valencia a Ávila, de Málaga a Badajoz, de Canarias a La Rioja… las cajas han pasado a la Historia en cada punto de nuestro país, algo de lo que algún día nos arrepentiremos. Dice un buen amigo, el presidente de CSICA, que hemos acudido impasibles a la destrucción de un modelo de negocio que funcionaba, y lo hizo durante décadas, y que reportaba a la sociedad lo que ahora dejará de percibir. Quizá nuestros antepasados hubieran alzado la voz en forma de revolución impidiendo este fin, quizá no somos conscientes de lo perdido… No le falta razón. Desde 1877 Caja Segovia hizo realidad miles de becas para potenciar el estudio, cursos para niños, jóvenes y adultos, rehabilitación de edificios, apoyos deportivos, incluso hizo posible la universidad en Segovia. Los intereses sociales primaban por encima de cualquier cosa y el verdadero negocio era conseguir fondos para la Obra Social, para el Monte de Piedad, para los segovianos, para los pueblos. Piensen ahora ustedes, ¿Cuántas sucursales cerrarán en pequeños municipios? ¿Realmente es rentable contar con un empleado en pequeños pueblos? Seamos sinceros, rentable económicamente no, pero es un servicio cercano, el de las cajas.

No soy economista, ni entiendo de números más que lo suficiente para gestionar una pequeña empresa, pero dede mi punto de vista las cajas cometieron dos grandes errores: el primero intentar convertirse en bancos ofreciendo un producto que no correspondía a las cajas, y entrando en el mercado inmobiliario, y el segundo, probablemtente, el que les ha abodado a su fin, el politizarse y dejar a un lado los intereses sociales por los intereses políticos, a veces tan cuestionables. Ahora, la realidad supera a la ficción y aunque legalmente muchas de las acciones ejecutadas por los consejos de administracion, retribuidos con importantes dietas, son legales la pregunta es, ¿son moralmente aceptables? En estos terrenos, tan pantanosos, nos vienen a la cabeza no sólo retribuciones desorbitadas o prejubilaciones altivas, también planes de pensiones que, en algunos casos, concluirán con la recuperación de nueve millones de euros, más que el presupuesto actual de la Obra Social, y que se están fraguando en estos momentos. No sabemos si mirar a Madrid o a Castilla y León era lo acertado, sólo sabemos que el modelo de negocio de Caja Segovia sí funcionaba hasta que el Gobierno se empeñó en una reconversión financiera que, a la vista de los hechos, ha sido un auténtico fracaso y, lo peor, no tiene marcha atrás

Aunque la empresa se ha extinguido y los trabajadores ya no pertencen a ella, aún hoy sí que hay un pequeñito número de personas que seguirán trabajando por mantener la denominada Obra Social, en breve Fundación Caja Segovia. En medio de este maremagnun, y aunque muchos han intentando desprestigiarlo, yo me muestro optimista. Al frente de este nuevo proyecto hay dos personas válidas, comprometidas, y que siempre han interpuesto la labor social a la política, Rafael Encinas y Fernando Tapias. Quizá por mi profesión he tenido que conocer a mucha gente, unos más amables, otros más políticos, algunos más jetas… El ser periodista te ayuda a distinguir y a reconocer, entre todos ellos, a la gente buena. Ambos dos lo son, y la mejor descripción que puedo hacer de ellos es que son personas normales, como nosotros, como la que escribe y como el que lee. Rafael y Fernando tienen conocimiento de Segovia, ganas de seguir adelante y un claro objetivo: que la Fundación Caja Segovia mantenga su papel social, que siga aportando.

Dentro de la tristeza tan profunda de decir adiós a Caja Segovia, me queda la alegría de saber que si alguien puede sacar adelante esta fundación, sin duda, son ellos.

¡Mucha suerte a los dos, la necesitamos todos!.


*María Coco Hernando, es directora de Segoviaudaz.es