La vejez desde la perspectiva de un genio

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El museo de Segovia continúa en 2015 con su actividad «La pieza del mes» en la que muestra tesoros que forman parte de su exposición permanente y que son desconocidos para gran parte de los segovianos. «La pieza del mes» es la estrella durante 30 días y los visitantes del museo reciben una explicación monográfica de la obra seleccionada, que suele ser representativa de un periodo o manifestación artística que se selecciona y renueva cada mes.

Durante este mes de enero, el Museo ha seleccionado el cuadro «Anciano» de Aniceto Marinas (Segovia 1866 – Madrid 1953), un óleo sobre lienzo de 80 x 59,5 centímetros, cedido por la Diputación Provincial al Museo, que constituye una obra prácticamente desconocida para el público como la mayoría de las pinturas que realizó el escultor segoviano. Esta obra, sin fechar, pero de madurez (se data en torno a 1925), de pincelada larga y suelta y con es­casa materia, focaliza la atención del espectador en un anciano de mirada caída, representado en el centro, de algo más de medio cuerpo, sustentado únicamente por la atmósfera que lo rodea, sin ningún otro artificio que distraiga la atención de quien lo contempla.

Nacido en una modesta familia del barrio segoviano de San Millán, Aniceto Marinas era el tercero de cuatro hermanos. Sus comienzos se sitúan junto al escultor Fer­nando Tarragó en las obras de restauración del Alcázar segoviano, donde aprendió a trabajar la piedra. Pasó luego por la Escuela de Artes y Oficios, cuya Junta Direc­tiva solicita en 1884 a la Diputación Provincial una pensión para el joven Marinas, dotado de una disposición natural para la escultura, gracias a la cual pudo desarrollar sus estudios en la Academia de Bellas Artes de San Fernando du­rante tres años.

Finalizada su formación, en Madrid le afloran los encargos, tan­to oficiales como particulares ganando numerosos concursos para la erección de esta­tuas en diversas ciudades españolas, como la levantada en Madrid de Velázquez. También son obra suya en Segovia el Monumento a Daoíz y Velarde y la estatua del Comunero Juan Bravo, levantada por suscripción popular y regalada por Marinas. Aparte de la estatuaria monumental también trabajó el retrato y, en los últimos años de su vida, la imaginería religiosa.

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