La vida, el algoritmo que la IA no puede cambiar

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Antes de saber que quería dedicarme a comunicar, ya lo hacía. Escribía cartas. Cientos. A amigas, a primas, a personas que estaban lejos y a las que aquellas páginas servían para mantener cerca. Papel, sobre, sello y días esperando una respuesta. Quizá sin saberlo, allí empezó todo.

Después llegaron la televisión y el periódico de cabecera de Segovia. Valladolid, Madrid y, finalmente, la vuelta al lugar donde quería estar. Porque con los años también entendemos que avanzar no siempre significa marcharse. Elegir dónde quedarse también es una forma de marcar el futuro.

Ser periodista consistía en aprender un oficio que entonces tenía mucho de artesanal. Aprendimos a maquetar, a redactar, a editar. Aprendimos a preguntar y a escuchar. Aprendimos a escribir. Llegaron después los correos electrónicos, internet, los mensajes, las redes sociales, los audios. Pasamos de esperar días una respuesta a vivir permanentemente conectados.

Y ahora llega la inteligencia artificial. Para quienes hemos dedicado la vida a escribir y contar lo que ocurre, es imposible observarla sin fascinación y cierta incertidumbre. Una profesión que ya ha vivido varias revoluciones se enfrenta a otra quizá mucho mayor. Y volvemos, una vez más, a tener que aprender.

Pero no solo ha cambiado nuestra forma de trabajar. Mientras todo eso ocurría, también cambiaba el mundo y cambiábamos nosotros.

Nunca he creído en las vidas contadas únicamente desde la luz. Estar bien hoy no significa que el camino haya sido siempre fácil. Todos acumulamos aciertos y errores, sueños cumplidos y otros que se quedaron por el camino. Aprendemos también a convivir con la ausencia de personas que queríamos seguir teniendo cerca. Algunas regresan, otras no. Hay cosas que se resuelven y otras que, sencillamente, aprendemos a colocar de otra manera. Quizá crecer sea también eso: aceptar las sombras sin permitir que nos impidan reconocer todo lo bueno que permanece.

Vivimos además tiempos de mucha incertidumbre. Guerras demasiado cerca, equilibrios geopolíticos que se tambalean y cambios económicos, sociales y tecnológicos difíciles de anticipar. Sabemos que llegarán tiempos peores y también otros mejores. Quizá crecer consista en dejar de exigirle al futuro garantías que nunca podrá darnos.

Hoy tengo menos certezas que aquella periodista joven, pero muchas más sobre lo importante. Ninguna tecnología sustituye una sobremesa, la mano de tus padres, las risas con una hermana o una amistad capaz de atravesar los años. Ni la emoción de ver crecer a dos hijos que casi sin avisar dejan de ser niños. Ni la suerte de caminar junto a la persona elegida, mientras cambian las circunstancias, los planes y nosotros mismos. Cambian las herramientas. Cambia el mundo. Cambiamos nosotros. Pero permanece el vínculo.

Quizá la plenitud tampoco consista en tenerlo todo resuelto. Quizá sea algo mucho más difícil: ser capaces de reconocer que estamos viviendo un buen momento mientras todavía lo estamos viviendo. Saber que habrá pérdidas, problemas y nuevos comienzos, pero no permitir que el miedo a lo que vendrá nos impida mirar lo que tenemos delante.

La inteligencia artificial podrá escribir, responder y hacer cosas que hoy ni siquiera imaginamos. Pero lo esencial seguirá correspondiéndonos a nosotros: querer, acompañar, emocionarnos, equivocarnos, elegir, perder, levantarnos. Vivir.

Hoy cumplo 46. Quizá por eso tocaba detenerse un instante. No para hacer balance, sino para celebrar.

Porque mientras el mundo intenta anticipar qué vendrá después, la vida sigue sucediendo ahora. Y aprender a reconocerlo, mientras sucede, quizá sea una de las mejores cosas que nos enseña el tiempo.

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