La huella de una reina en Santa María la Real de Nieva
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En plena campiña segoviana, el municipio de Santa María la Real de Nieva guarda uno de los conjuntos monumentales más singulares de la provincia: la Colegiata de Nuestra Señora de la Soterraña. Más allá de su valor artístico, este enclave es un testimonio directo del poder, la devoción y la influencia política de una figura clave en la historia de Castilla: Catalina de Lancaster, abuela de Isabel la Católica.
El origen de este templo se remonta a finales del siglo XIV, cuando el hallazgo de una imagen mariana enterrada (considerado milagroso) transformó un paraje aislado en un foco de peregrinación. Según la tradición, fue en 1392 cuando un pastor descubrió la talla de la Virgen de la Soterraña, lo que motivó la intervención directa de la reina Catalina.
Lejos de limitarse a promover el culto, la monarca impulsó la construcción de un santuario, posteriormente ampliado a monasterio dominico, y favoreció la fundación de una nueva villa en 1395 junto a su esposo, Enrique III. Su implicación fue tal que algunos historiadores la consideran la auténtica «alma» de la localidad, actuando como promotora, protectora y fundadora del enclave.

Un templo al servicio de la fe… y de la historia
La colegiata (integrada en el conjunto monástico) destaca por su claustro gótico de transición, levantado entre finales del siglo XIV y principios del XV, cuyas decenas de capiteles esculpidos ofrecen un retrato minucioso de la sociedad medieval: escenas agrícolas, motivos religiosos y representaciones de la vida cotidiana.
Sin embargo, la relevancia del templo no se limita a su arquitectura. La iglesia fue también escenario de un episodio clave en la historia de la monarquía hispánica: la muerte de Blanca I de Navarra en abril de 1441. La reina, que falleció en la villa durante un viaje, fue enterrada en la capilla mayor del templo, donde permaneció durante siglos.

Este hecho convirtió a la Soterraña en un mausoleo provisional de una de las grandes figuras de la Corona, reforzando su papel como espacio vinculado a la realeza y a los acontecimientos históricos de primer orden.
Devoción, poder y territorio
La relación entre Catalina de Lancaster y la Soterraña va más allá del patrocinio arquitectónico. La reina fomentó activamente la devoción a esta advocación mariana, que se extendió por numerosos territorios de la Península gracias, entre otros factores, al impulso de la propia nobleza.
Además, la fundación de la villa respondió también a una estrategia política: atraer población mediante privilegios fiscales y consolidar un núcleo económico en la zona. De este modo, lo que comenzó como un enclave religioso se convirtió en un centro urbano con actividad artesanal y comercial.
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