275 motivos para celebrar en el IES Mariano Quintanilla

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Últimamente se están sucediendo muchas conmemoraciones de aniversario en Segovia. Los 50 años de la Ronda Segoviana, los también 50 años del IES Giner de los Ríos y de la FES, los 40 años de Titirimundi, que cada mes de mayo llena de ilusión y alegría las calles y plazas de la ciudad, o uno del que nos hemos enterado recientemente: el Grupo Scout Siete Picos se prepara para conmemorar sus 45 años, que cumplirá este mes de octubre.

Más allá de centrarnos en los problemas y las polémicas que arrastra la ciudad de Segovia (cosa que, por supuesto, hay que seguir haciendo), está bien poner el foco de vez en cuando en aquellos motivos que también deberían ser motivo de orgullo para la sociedad segoviana. Porque hay instituciones, asociaciones y grupos que permanecen año tras año sosteniendo la vida cultural, social y educativa de la ciudad. Así que sí: Segovia también tiene motivos para celebrar.

Hoy me gustaría hablar de una institución académica que forma parte, de manera indiscutible, de la historia de esta ciudad.

En 1751, don Diego Ochoa de Hondategui, un potente industrial lanero de la Segovia de mediados del siglo XVIII, legó en su testamento parte de sus bienes para la construcción de un colegio de niños huérfanos y unas escuelas. Así nació el Colegio para los Niños Huérfanos, conocido en distintos documentos como Colegio de San Diego, Colegio Hondategui o Colegio del Fundador, que se levantó sobre el solar donde actualmente se encuentra el IES Mariano Quintanilla.

Este es el punto de partida de un centro educativo que, 275 años después, continúa ligado de una manera muy profunda a la ciudad de Segovia.

Las primeras edificaciones estaban formadas por dos edificios diferenciados, con un patio entre ambos que debía coincidir básicamente con el actual Patio de Cristales. Para cualquiera que haya estudiado allí, este espacio no es simplemente una parte más del edificio. Es el lugar de los encuentros, el refugio durante los recreos de los días de lluvia, el escenario de exposiciones y también una plazuela donde se celebran actos (siempre he pensado que el Patio de Cristales es para el instituto lo que una plaza es para un pueblo).

A mediados del siglo XIX, las autoridades segovianas llevaban tiempo planteándose la necesidad de construir un edificio para el Instituto de Segunda Enseñanza y pusieron sus ojos en los edificios de la Fundación Ochoa Hondategui. Los bienes de la fundación fueron transferidos al instituto y comenzó un nuevo esfuerzo arquitectónico, con la rehabilitación de los espacios y la incorporación de nuevos elementos, como la verja de hierro que todavía hoy rodea el jardín.

mientras el edificio permanecía, la ciudad cambiaba. Es curioso cómo los espacios pueden acumular memoria… La historia no solo está en los libros, también en las fachadas de sus edificios.

No fue hasta 1885 cuando comenzaron a impartirse las clases en este nuevo espacio. Desde finales del siglo XIX y hasta prácticamente finales del XX se sucedieron distintas intervenciones arquitectónicas que terminaron dando forma al centro que conocemos hoy. Aunque, tal y como explican desde el propio instituto, desde 1885 el edificio ha mantenido esencialmente la misma imagen, especialmente en el exterior.

En 1969 pasó a convertirse en el actual IES Mariano Quintanilla, tomando el nombre del destacado profesor, político, poeta, filósofo, historiador y académico segoviano, fallecido precisamente ese mismo año.

Y así, mientras el edificio permanecía, la ciudad cambiaba. Es curioso cómo los espacios pueden acumular memoria… La historia no solo está en los libros, también en las fachadas de sus edificios. Porque, sí. Recorrer la historia de este edificio es, en cierto modo, recorrer también la historia de Segovia. Por sus aulas han pasado figuras tan destacadas como Antonio Machado, que impartió allí clases de francés y da nombre a una de las aulas más emblemáticas del centro, o María Zambrano, que cursó allí sus estudios.

Pero quizá lo más interesante no sean únicamente los nombres ilustres que aparecen vinculados a sus paredes. Lo verdaderamente importante es que el edificio continúa acogiendo y graduando a alumnos. Y eso, precisamente, es lo que hace que su historia siga viva y lo que hace que se mantenga su legado.

Actualmente, el instituto tiene que hacer malabares con el espacio disponible para acoger a todos sus estudiantes. Durante los últimos años ha reorganizado aulas y salas para darles cabida porque, debido a las limitaciones de su ubicación urbana, el edificio no puede crecer arquitectónicamente. La cafetería tuvo que convertirse en aulas y, más recientemente, también la biblioteca ha tenido que transformarse en un espacio en el que dar clases. Puede parecer una cuestión meramente arquitectónica, pero dice mucho de la realidad de un centro que sigue teniendo alumnos, profesores y actividad. El edificio tiene límites. La educación, no. Así que sí, el IES Mariano Quintanilla continúa reorganizándose en detrimento de espacios que consideraba muy valiosos, pero siempre (en la medida de lo posible) en favor de sus alumnos.

Lo verdaderamente importante es que el edificio continúa acogiendo y graduando a alumnos. Y eso, precisamente, es lo que hace que su historia siga viva y lo que hace que se mantenga su legado.

Desde que terminé Bachillerato en el IES Mariano Quintanilla hace ya cinco años (¡cinco años!), muchas cosas han cambiado. Pero me alegra saber que todavía hay otras que permanecen. Los alumnos de los primeros cursos siguen compartiendo los recreos en el jardín del instituto, mientras que los más veteranos disfrutan de sus ratos libres en la Plaza del Salvador. Algunas clases continúan impartiéndose en el Aula Machado, allí donde el poeta daba sus clases de francés. Y todavía permanecen algunos profesores que me dieron clase.

Recuerdo especialmente aquel segundo de Bachillerato en el que algunos compañeros ya tenían prácticamente calculadas las notas que necesitaban para acceder a las carreras que querían estudiar. Otros, en cambio, todavía intentábamos decidir qué pasos daríamos después de recoger nuestro diploma. Fue una profesora de Lengua y Literatura quien me dio algunas pistas. Y ahora estoy escribiendo aquí estas líneas, en parte, gracias a ella. Porque la labor de un docente no consiste únicamente en impartir clases. También consiste en guiar y orientar. No solo resuelve las dudas académicas que aparecen en un aula; en ocasiones, ayuda a resolver futuros.

En mi caso, soy consciente de que mi actividad profesional es también resultado de aquellos profesores que me animaron a potenciar mis puntos fuertes y a superar los débiles. Todos hemos tenido algún profesor con el que no compartíamos su manera de gestionar las clases (por decirlo de una manera amable). Todos hemos tenido alguna asignatura que hemos terminado odiando por culpa de quien la impartía. Pero también hemos tenido profesores que nos han hecho reconciliarnos con el instituto. Yo, por ejemplo, contaba las horas para que volviese a tocar Literatura Universal, una optativa que creo que ahora ni siquiera se ofrece.

la labor de un docente no consiste únicamente en impartir clases. También consiste en guiar y orientar. No solo resuelve las dudas académicas que aparecen en un aula; en ocasiones, ayuda a resolver futuros.

Por eso tengo claro que cuando un instituto celebra un aniversario no está conmemorando únicamente el paso del tiempo. Está celebrando, sobre todo, la actividad educativa que se ha desarrollado entre sus paredes. Las generaciones de alumnos que han pasado por sus aulas. Los profesores que han dedicado allí buena parte de su vida. Las amistades que comenzaron en un descanso entre clases. Las vocaciones que quizá nacieron en un aula. Las decisiones que se tomaron en un pasillo cuando alguien preguntó por primera vez qué quería hacer con su futuro.

La enseñanza es una forma de guiar a las nuevas generaciones. Y ellas son el futuro. Por eso no deberíamos descuidarlas.

Cuidar nuestros institutos es invertir en el mañana. Cuidar a nuestros docentes es garantizar que quienes vienen detrás tengan las herramientas necesarias para construir algo mejor. Y cuidar edificios como el Mariano Quintanilla es también conservar una parte de la memoria colectiva de Segovia.

Porque un edificio puede tener 275 años. Pero mientras siga entrando alumnado por sus puertas cada mañana, mientras haya profesores escribiendo en sus pizarras y mientras alguien salga de allí sin saber todavía qué quiere hacer con su vida, seguirá siendo un edificio joven. Por eso celebro los 275 años del IES Mariano Quintanilla: el instituto más antiguo de Segovia, la casa de ilustres figuras y, sobre todo, un centro que, 275 años después, continúa estando vivo.

Noelia Garrido Noelia Garrido Mate

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