Segovia, la ciudad de las tres catedrales

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Ayer, 19 de octubre, se celebró el Día Internacional de las Catedrales. Y resulta que en Segovia no tenemos un solo motivo para conmemorar esta jornada, sino tres. Hay algo que quizá no todo el mundo conozca: antes de la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción y de San Frutos que hoy se alza sobre la Plaza Mayor, hubo en la ciudad otras dos catedrales que el paso del tiempo apartó del paisaje, pero no de la memoria.

Hay veces en las que conviene mirar el patrimonio desde otro lugar. Apartarse por un momento de la promoción turística, de la comunicación institucional, de las cronologías históricas y del ensalzamiento de lo propio para preguntarse qué significan realmente esos lugares para quienes habitan a su alrededor. Hay veces en las que hay que dejar espacio sencillamente al sentir local, a los recuerdos y a esa percepción colectiva que convierte un edificio de tanta importancia patrimonial en algo más que un conjunto de piedras. Al fin y al cabo, su figura atraviesa los límites de lo religioso y se mueven también en una especia de culto histórico, artístico y social.

En pleno corazón de Segovia, nuestra Catedral guarda una historia que se remonta mucho más allá de los cinco siglos que conmemoramos el año pasado. Su pasado no se limita a las piedras que hoy contemplamos, sino que se extiende a otras épocas y a otros rincones de la ciudad. Para comprender nuestra relación con ella, hay que mirar más allá de la Plaza Mayor y recorrer los lugares donde también latió la historia catedralicia segoviana.

El primer destino es la Alameda del Parral, junto al río Eresma. Allí se sitúa la primitiva catedral, un templo del que apenas quedan huellas visibles y cuya historia se pierde entre los pliegues de la memoria medieval. Su existencia y su emplazamiento nos llevan a un tiempo en el que el valle del Eresma acogía asentamientos y espacios religiosos muy anteriores a la ciudad que conocemos hoy.

La historia de esta primera catedral se vincula a los tiempos convulsos de la Antigüedad tardía (periodo de transición entre la Edad Antigua y la Edad Media) y a las transformaciones religiosas que marcaron aquellos siglos. Si no fuera por la persecución arriana del año 516, tal este primer templo podría haber permanecido en la alameda. Tal vez, permanezcan enterrados algunos de sus restos, susurrando al Eresma historias de tiempos remotos que acaben ahogados en el mar. Pese a su desaparición, su recuerdo nos invita a pensar en todo lo que pudo existir si no fuera por la guerra. Solo quedan edificios, comunidades y formas de vivir la ciudad que hoy solo podemos reconstruir parcialmente.

Tuvieron que pasar varios siglos hasta que, en el siglo XII, Segovia contara con una nueva catedral, esta vez de estilo románico. Llevaría por nombre Catedral de Santa María de Segovia. Su emplazamiento resulta familiar para cualquiera que haya paseado por el entorno del Alcázar. El templo ocupaba el espacio que hoy corresponde a la plaza de la Reina Victoria Eugenia. Así, catedral y fortaleza convivieron durante siglos, hasta que la Guerra de las Comunidades puso fin a esta vecindad.

En 1520, el conflicto alcanzó también a aquel edificio religioso, que sufrió graves daños. La catedral que había acompañado a la ciudad medieval durante generaciones quedó condenada a desaparecer del paisaje. Con ella se perdió buena parte de un patrimonio construido a lo largo de siglos, aunque algunos de sus elementos consiguieron sobrevivir a la destrucción.

Terminada la guerra, Carlos I de España y V de Alemania dispuso que la nueva catedral no se levantara sobre las ruinas de la anterior, sino en otro lugar. La orden de buscar un nuevo emplazamiento abrió una etapa decisiva para la historia de Segovia. Algunos elementos del antiguo templo, sin embargo, encontraron una segunda vida en el nuevo edificio. Entre ellos figuran el claustro gótico, trasladado piedra a piedra, y otros elementos que permiten establecer un vínculo material entre ambas catedrales. Ese vínculo vuelve a hacerse presente hoy con los trabajos de restauración de la Capilla de Cristo del Consuelo, en los que se interviene sobre elementos históricos relacionados con la antigua catedral.

El emplazamiento elegido para la nueva catedral fue la entonces llamada «Plaza Grande», uno de los puntos más altos de la ciudad. El 8 de junio de 1525 se colocó la primera piedra del templo que acabaría convirtiéndose en uno de los grandes símbolos de Segovia. La Catedral de Nuestra Señora de la Asunción y de San Frutos empezaba a tomar forma. Su construcción se prolongó durante generaciones, hasta que fue consagrado el 16 de julio de 1768, más de dos siglos después de aquel primer gesto fundacional.

Desde entonces, la Catedral ha permanecido en lo alto de la ciudad, presidiendo la Plaza Mayor y acompañando el devenir de Segovia. Ha visto cambiar las calles, las costumbres, las formas de vestir y de relacionarse. Ha sobrevivido a transformaciones políticas y sociales, y ha pasado de ser el centro de la vida religiosa a convertirse también en una referencia patrimonial, artística y sentimental.

Hoy, sus muros se enfrentan a preocupaciones bastante más cotidianas que las guerras y las persecuciones de otros tiempos. A veces, a quienes consideran buena idea hacer sus necesidades junto a ellos durante la noche; otras, al estruendo de algún gran concierto que se prolonga hasta la madrugada. La Dama, como tantos segovianos la llaman con familiaridad y orgullo, sigue ahí, imperturbable, mientras la ciudad continúa su vida.

Y esa vida transcurre a su alrededor. Somos muchos los que pasamos junto a ella cada día. Unos llevan la gorra de turista y levantan la mirada para descubrir sus pináculos; otros caminan con el paso despreocupado de quien conoce cada rincón. Están quienes se detienen a hacer una fotografía para llevarse un recuerdo, quienes la contemplan en silencio y quienes pasan de largo, absorbidos por la rutina. También estamos quienes, de vez en cuando, nos giramos para volver a mirarla y nos sorprendemos al recordar que tenemos algo así en nuestra ciudad.

Hay además algo especial en regresar a Segovia después de un tiempo fuera y buscar su silueta casi instintivamente durante un recorrido por el casco histórico. Como si necesitáramos comprobar que sigue en su sitio. Ahí estoy yo: deseosa e impaciente por volver a abrazar mi ciudad.

La Catedral también marca el ritmo de los días. No solo por las celebraciones religiosas que alberga, sino por sus campanas, que acompañan el discurrir de las horas y se mezclan con el murmullo de las terrazas, las conversaciones de la Plaza Mayor y el ir y venir de quienes cruzan el centro. Sus sonidos forman parte también de la banda sonora de la ciudad. Las ciudades cambian, pero algunos edificios permanecen como puntos de referencia compartidos.

La Catedral de Segovia es un monumento universal, visitado y admirado desde muchos lugares, pero también es la catedral de quienes viven aquí, de quienes crecieron contemplándola y de quienes regresan a ella después de haberse marchado. Y los segovianos, con nuestras rutinas, nuestros recuerdos y nuestras maneras de habitar la ciudad, también formamos parte de ella.

Quizá por eso merece la pena recordar que, antes de la que hoy contemplamos, hubo otras catedrales. Porque una ciudad no es solo lo que conserva, sino también lo recuerda.

A las tres catedrales de Segovia, a las que fueron y a la que permanece: felicidades. Gracias por formar parte de nuestra historia.

Noelia Garrido Noelia Garrido Mate

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