¿Qué es un pueblo sin bar?

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Hay pueblos que van perdiendo la batalla contra la despoblación. Contra el abandono. Contra la falta de recursos y, en ocasiones, contra la desprotección de organismos e instituciones.

Hay pueblos que poco a poco quedan relegados a ser meros complejos vacacionales durante los meses de verano. Residencias temporales para quienes huyen de la ciudad y buscan conectar durante unos días al año con eso que llamamos «la esencia rural». Pueblos que se llenan durante las fiestas patronales y algunas otras festividades que salpican el calendario, pero que después vuelven a quedarse en silencio.

Y hay pueblos que pierden peluquerías, farmacias, tiendas, bares… Localidades que ven desaparecer, poco a poco y de forma alarmante, buena parte de su actividad comercial. Lo que implica no solo se pierde un servicio, sino que condiciona la calidad de vida de quienes viven en ellos.

«¿Qué es un pueblo sin bar?». Así abríamos ayer una noticia relacionada con la búsqueda de una persona que se haga cargo del único bar de Estebanvela, localidad perteneciente al municipio de Ayllón. Porque sí, hay pueblos que pierden sus locales. Pero también hay otros que se niegan a ver cómo aquellos espacios que llenan de vida sus calles bajan la persiana.

En Estebanvela, el asunto va mucho más allá de la hostelería. Va de la vida en el pueblo. Desde la Asociación La Matilla, propietaria del establecimiento, explicaban a Segoviaudaz que «cuando desaparece un servicio así en un pueblo pequeño, no solo se pierde un negocio: se pierde también un espacio de convivencia y, poco a poco, se va perdiendo vida en el pueblo». Y ese es el verdadero problema. Que detrás del cierre de un bar, de una tienda o de cualquier otro pequeño negocio hay un problema de fondo mucho mayor: el abandono rural.

Me duele especialmente ver cómo nos escriben a los canales del periódico para comunicarnos que hacen falta trabajadores para mantener abiertos determinados comercios en zonas rurales. Aunque ello también implica que se abren vacantes para aquellos interesados en iniciar una actividad comercial en un pueblo. Por una parte, algo en riesgo de perderse; en contra, una posible oportunidad laboral. Funcionaría si al menos hubiese un relevo generacional suficiente en los pueblos.

Casos similares al de Estebanvela existen en otras tantas localidades del ámbito rural. Muchas de ellas viven bajo la sombra de la despoblación. Los jóvenes, en su mayoría, se marchan. La población envejece. Y quienes permanecen ven cómo se pierde el relevo generacional.

Hace más de un año conté también la historia de la tienda de Marisol, en Navas de Oro. Después de más de 35 años de actividad, su propietaria defendía que aquel local se había convertido en mucho más que un lugar donde vender productos. Había empezado un negocio que, con el paso del tiempo, terminó sosteniendo buena parte de la vida cotidiana del pueblo.

Y así, otros tantos casos.

Por eso, os animo a vosotros, pequeños comerciantes, a que nos contéis vuestras historias. Porque, por un lado, queremos ayudaros a dar visibilidad a las dificultades a las que os enfrentáis. Por otro, creemos que es importante dar voz a esos relatos que muestran cómo, poco a poco, se van debilitando frente al crecimiento de las urbes las estructuras que durante décadas han sostenido la vida de nuestros pueblos. Hace falta mostrar. Hace falta reflexión. Hacen falta soluciones. Y, ya de paso, quizá consigamos ayudaros a encontrar a esa persona que pueda tomar el relevo en vuestros comercios.

Porque, al mismo tiempo, parece que existe otra corriente. Una que reivindica la vida en los pueblos, que busca regresar a ellos, recuperar los ritmos pausados y esa cercanía que en las ciudades ya es difícil encontrar. Pero para que alguien pueda volver a un pueblo o permanecer en él, primero tiene que poder vivir en él. Y esto ya va mucho más allá del cierre de comercios.

Faltan viviendas. Falta inversión en determinadas infraestructuras. Falta conexión en transporte. Faltan espacios culturales. Se abandonan algunos oficios tradicionales. Cada vez cuesta más mantener determinadas festividades y tradiciones.

En una conversación con Eva María González Rodríguez, alcaldesa de Cedillo de la Torre, me expresaba su incomprensión al comprobar cómo las afectaciones en el transporte público de Madrid podían convertirse en noticia nacional mientras que la falta de conexiones de transporte público en determinadas zonas rurales de España apenas encontraba espacio en los medios.

Y no hace falta irse demasiado lejos para verlo. Hay pueblos de Segovia que están muy lejos de contar con una conexión realmente efectiva con otras localidades o con la capital. Bien lo saben en el nordeste de la provincia, donde disponer de vehículo propio se convierte prácticamente en una necesidad para desplazarse hasta Segovia, ya sea para realizar gestiones, acudir al médico o acceder a determinados servicios.

Y si hay algo que me toca especialmente la fibra sensible es escuchar a vecinos de pequeños pueblos que se quejan, precisamente, de la incapacidad de los medios de comunicación para dar visibilidad a las problemáticas que padecen. Como periodista de un medio de comunicación provincial, no puedo más que reconocer que también formamos parte de esa realidad. A veces, los recursos de los que disponemos no nos permiten desplazarnos hasta todos los municipios, dedicar horas a cada historia o cubrir sobre el terreno todas las peticiones que recibimos. No es una justificación. Es una realidad.

Pero tampoco quiero que eso se convierta en silencio. Porque sí, os merecéis que aquello que os afecta sea reconocido, contado y difundido.

Por eso, queridos vecinos de los pueblos, os animo también a que nos contéis aquello que echáis en falta en vuestro territorio. Aquello que os impide desarrollar vuestro día a día con normalidad. Aquello que hace que vivir en la provincia, en vuestro propio pueblo, no resulte tan fácil como debería.

Ya sabéis que en Segoviaudaz, la noticia eres tú.

Y aunque en ocasiones no podamos cubrir sobre el terreno todas vuestras peticiones, hay otras formas de hacerlo. Una llamada telefónica. Un correo electrónico con información que podamos contrastar. Una fotografía que evidencie aquello que, de otro modo, podría pasar desapercibido. Lo bueno de la tecnología es que nos conecta. Aunque, paradójicamente, a veces pueda hacernos sentir más lejos.

Queridos pueblos, cuidad de lo vuestro. Proteged vuestros comercios, vuestras tradiciones, vuestros espacios de encuentro. Y, sobre todo, no dejéis de reclamar aquello que consideráis necesario. Porque conformarse con perder poco a poco aquello que hace que un pueblo esté vivo no puede ser una opción. Caer en la conformidad en algo que no podemos permitirnos.

Así las cosas, la pregunta no es solo «¿qué es un pueblo sin bar?». Quizá deberíamos preguntarnos qué queda de un pueblo cuando todo lo que sostiene la vida rural baja la persiana.

Noelia Garrido Noelia Garrido Mate

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