Lo que de verdad da miedo

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No me da miedo que gobiernen quienes no piensan como yo. Me da bastante más miedo lo que estamos dispuestos a permitir cuando gobiernan los nuestros.

Me preocupa que un presidente del Gobierno pase meses sin comparecer ante los medios, sin someterse a preguntas incómodas, limitando el control parlamentario y que, cuando se acercan las elecciones, descubra de repente las bondades de la comunicación. Aparezca en todas partes, se muestre cercano y encuentre tiempo para entrevistas que antes parecían imposibles. La transparencia no debería ser una estrategia electoral.

Me preocupa que el principal partido de la oposición utilice la inteligencia artificial para suplantar a sus adversarios. Una cosa es la sátira y otra fabricar una realidad. Que podamos hacerlo no significa que debamos hacerlo. Hay límites que deberían preocuparnos a todos.

Me preocupa que se busquen fórmulas para aprobar lo que el Congreso ha rechazado, justificándolo con encuestas que supuestamente reflejan la voluntad mayoritaria de los españoles. ¿Desde cuándo las encuestas sustituyen a las urnas? Que algo sea legal no significa necesariamente que sea ético, ni democrático.

Me preocupa (y mucho) nuestra posición internacional. Hace unos días, en la inauguración del curso de la UNED, el periodista y corresponsal de guerra Antonio Pampliega, que pasó ocho meses secuestrado por Al Qaeda, decía algo tan duro como cierto: «Hay hijos de puta y luego están los civiles». Hablaba de niños que mueren por decisiones políticas, de escudos humanos, de guerras en las que siempre pagan los mismos. Y yo me pregunto: ¿en qué lado de la historia queremos estar? ¿Estamos dispuestos a justificar cualquier cosa dependiendo de quién la haga? ¿Vale todo si lo deciden los nuestros?

Pero, sobre todo, me asusta la polarización. Y aún más nuestra falta de espíritu crítico. Vivimos sometidos a algoritmos que no nos muestran la realidad, sino la realidad que queremos ver. Nos dan la razón, refuerzan nuestros prejuicios y nosotros nos dejamos llevar. Así resulta cada vez más fácil dividirnos en dos bloques, enfrentarnos y hacernos creer que solo existen dos maneras de pensar. Y lo bien que les funciona. Porque mientras discutimos entre nosotros, dejamos de exigirles explicaciones a ellos.

La política se ha alejado de la realidad. De nuestra realidad.

Tengo la sensación de que nuestros políticos parecen más preocupados por ganar el relato que por resolver problemas. Y nosotros hemos entrado en su juego, justificando en los nuestros lo que jamás perdonaríamos a los otros.

No creo que todos los políticos sean iguales. Ni quiero que piensen como yo. Quiero que expliquen sus decisiones, reconozcan sus errores y recuerden que están para representarnos, no para enfrentarnos.

No sé a ustedes, pero hace tiempo que siento miedo, miedo de una forma de hacer política en la que todo parece valer para ganar. Pero, sobre todo, miedo a que nos manipulen y que nosotros no solo lo aceptemos, lo defendamos.
María Coco

María Coco Hernando

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