En tiempos muy lejanos existía un príncipe que gobernaba un pequeño reino. Su ambición no tenía fin. Sólo anhelaba conquistar toda la tierra que pudieran abarcar sus ojos. Esa era su máxima.

Año tras año declaraba la guerra a aquellos que poseían tierras por él deseadas. Era joven, guapo y un gran estratega. Nadie ni nada se interponía en su camino. El tiempo pasaba y los reinos limítrofes claudicaban uno tras otro bajo su poder.

El príncipe ya no era tal sino un maduro rey. Tuvo muchos hijos y mujeres. A sus deseos obedecían nada menos que un millón de almas. Y riqueza… incalculable riqueza.

Un día ya anciano amaneció meditabundo y, asomando su porte imperial a la dorada balaustrada de su palacio al tiempo que contemplaba el mundo a sus pies, decidió que era el momento de dar un paso importante.

Desde tiempos inmemoriales había existido en el principado una tradición ancestral; todos los soberanos sin excepción, al final de sus días, debían rendir cuentas ante un consejo de sabios. Este consejo había existido siempre, desde que la vida era vida y el hombre era hombre. Estaba compuesto por siete ancianos doctos en diversos saberes: filosofía, astronomía, mitología, matemáticas, botánica y gimnasia. Cada uno de ellos juzgaban al soberano desde su saber.

Ese día se reunieron los nobles más importantes del vasto imperio, también clérigos, mercaderes, consejeros, burgueses, campesinos, condenados… todos querían presenciar el proceso. Dependía del mismo si pasaría a la historia como un buen o un mal soberano.

Llegó el rey, apoyado sobre su bastón, pero desafiante, confiado, altivo. Tomó asiento en su gran trono áureo dispuesto frente al consejo…silencio.

Los sabios deliberaron largo tiempo. Nadie de los presentes osaba si quiera respirar. De pronto los doctos susurros cesaron y los sabios pronunciaron su veredicto: ha sido un digno soberano y como tal pasará a la historia.

El júbilo se adueñó de todos y los vítores hicieron vibrar los mismísimos cimientos de la tierra.

Pero entre todo ese júbilo, torpemente, como si fuera lo último que haría en su larga vida, el séptimo sabio se hizo oír. No era docto en ninguna ciencia en particular, su ciencia era la vida. Nadie conocía con certeza sus años. Nadie recordaba que hubiera manifestado antes su padecer a pesar de que estaba por encima de cualquier mayoría.

Posando suavemente su pétrea mano sobre la cabeza del rey dijo:

Tres preguntas te formularé y sólo con que una contestes yo mismo clamaré a los dioses que eres el más digno soberano que conocerá la historia.

El rey, no sin cierta indignación, esperó impaciente:

Primera; ¿qué se siente cuando aprietas contra tu pecho a tu hijo recién nacido y sientes latir su corazón contra el tuyo?

Segunda; ¿y cuando sentado a la mesa contemplas los ojos de tu amada brillantes de felicidad?

Tercera y última; valdría renunciar a las mas bastas riquezas por sólo un “te quiero” sincero de boca de uno de tus vástagos?

El anciano rey, tras buscar entre los oyentes la respuesta adecuada, fue incapaz de contestar a ninguna de ellas, pues nada de aquello había sentido jamás.

Y el séptimo sabio, entristecido, y mirándole como si quisiera contemplar su alma, habló:

Es verdad que has sido un soberano capaz y poderoso. Pero nunca serás para el libro de la historia sino una página ajada. Porque no has sentido las pequeñas cosas que hacen que la vida sea tal. No has amado sino a ti mismo. No has llorado sino por ti. Has buscado la eternidad donde no existía, porque la eternidad es cada día, cada instante… no has vivido.

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