Cuando no hay palabras
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Hoy es uno de esos días en los que sobran las palabras. En los que cuesta incluso escribirlas. Días en los que un país entero se queda en silencio porque no hay nada que pueda explicar tanto dolor. Porque resulta incomprensible que tantas familias tengan que despedirse de quienes salieron de casa pensando que regresarían. Hoy somos un país herido. Un país que vuelve a llorar a sus muertos, cuando todavía tenemos tan reciente el dolor de otras tragedias.
Y en medio de tanto dolor hay también miedo. Porque, además de las vidas truncadas y de las familias destrozadas para siempre, algo más se ha roto. Se ha roto la confianza. Esa confianza cotidiana con la que subimos a un tren sin plantearnos siquiera que quizá no lleguemos a nuestro destino. La confianza en un sistema que debería protegernos y que, una vez más, sentimos que nos ha fallado.
No tenemos todavía todas las respuestas. Y quizá debamos esperar para conocerlas. Pero el dolor no puede convertirse en una razón para guardar silencio, ni el respeto a las víctimas en una excusa para evitar responsabilidades. Todo lo contrario porque, independientemente de quién tomara cada decisión, de quién diera la última orden o de quién estuviera al frente, cuando un sistema falla de esta manera, alguien tiene que responder. Porque las responsabilidades existen, también cuando no son fáciles de asumir. Y porque una tragedia de semejante magnitud obliga a revisar mucho más que sus causas inmediatas: las decisiones, las inversiones, las prioridades y la gestión de aquello que debería garantizar nuestra seguridad..
No se trata de señalar culpables antes de tiempo. Se trata de comprender que la responsabilidad política también existe cuando las cosas salen mal. Que gobernar no consiste únicamente en celebrar los aciertos, sino también en dar la cara ante los errores, asumir lo que corresponda y hacer todo lo posible para que no vuelvan a repetirse. Hoy no necesitamos enfrentamientos ni discursos que nos dividan todavía más. Necesitamos humanidad, coherencia y respeto. Necesitamos sentir que quienes tienen la responsabilidad de protegernos comprenden la dimensión de lo ocurrido. Que detrás de cada cifra hay una vida, una familia, una historia y un futuro que ya no será.
Las heridas de un país no se cierran con declaraciones institucionales. Ni la confianza se recupera pidiendo que sigamos confiando. Se recupera con hechos, con decisiones y con responsabilidades. Y con la verdad. Esa palabra tan sencilla y, a veces, tan difícil. Esa necesidad de saber, aunque conocer las respuestas pueda resultar todavía más doloroso.
Quizá esa sea también una forma de respetar a quienes ya no están: no conformarnos con lamentar su pérdida, sino hacer todo lo posible para que nadie más tenga que despedirse de alguien que simplemente había salido de casa para coger un tren.
Este jueves la vida seguirá. Los trenes volverán a circular, las estaciones recuperarán su actividad y la tragedia dejará poco a poco de ocupar las portadas. Pero habrá familias para las que nada volverá a ser igual. Y un país que tendrá que recuperar una confianza que nunca debió perder.vEl respeto a las víctimas no termina con el silencio, y la responsabilidad no puede desaparecer cuando se apagan los focos.

